Salen de la lavadora aparentemente limpias, huelen bien durante unos minutos y, sin embargo, poco después aparece ese característico olor a humedad que puede resultar especialmente desagradable. Es un problema bastante habitual con las toallas y no siempre significa que estén mal lavadas.
En muchas ocasiones, el origen está en un gesto cotidiano al que apenas se presta atención: doblarlas o guardarlas antes de que estén completamente secas. Basta con que quede algo de humedad entre las fibras para que, una vez apiladas en un armario o cajón con poca ventilación, aparezca ese olor que asociamos inmediatamente a ropa húmeda.
El error puede empezar mucho antes de la lavadora
El problema no surge únicamente después del lavado. También influye lo que se hace con la toalla tras utilizarla. Dejarla hecha un ovillo sobre la cama, dentro de un cesto cerrado o colgada de manera que apenas pueda airearse favorece que permanezca húmeda durante muchas horas.
Lo recomendable es extenderla después de cada uso para que tenga la mayor superficie posible en contacto con el aire. Cuanto antes pierda la humedad, menos posibilidades habrá de que termine desarrollando malos olores.
Esto adquiere todavía más importancia en verano, cuando las duchas son más frecuentes y las toallas pueden utilizarse varias veces a lo largo del día.
Más detergente no significa necesariamente más limpieza
Cuando una toalla empieza a oler mal, una reacción frecuente consiste en añadir más detergente en el siguiente lavado. Sin embargo, abusar del producto puede conseguir un efecto no deseado.
Las fibras gruesas de las toallas pueden retener restos de detergente si se utiliza una cantidad excesiva o el aclarado no es suficiente. Con el paso de los lavados, esa acumulación puede hacer que el tejido pierda capacidad de absorción y favorecer que conserve humedad durante más tiempo.
Por ese motivo, utilizar más producto del necesario no garantiza que la toalla vaya a salir más limpia ni que conserve durante más tiempo el olor del suavizante.
El suavizante tampoco siempre ayuda
El suavizante proporciona un tacto agradable y un aroma intenso, pero su uso continuado puede dejar una película sobre las fibras. En las toallas, precisamente diseñadas para absorber agua, esto puede terminar reduciendo progresivamente su capacidad de secado.
Una toalla que absorbe peor también puede tardar más en secarse después de cada ducha, lo que vuelve a crear las condiciones perfectas para que aparezca el olor a humedad.
Además, cuando este tipo de tejidos se lavan constantemente con grandes cantidades de productos perfumados, el buen olor de la colada puede ocultar temporalmente el problema sin solucionarlo realmente.
La lavadora también puede ser responsable
Hay ocasiones en las que el olor no procede directamente de las toallas. La goma de la puerta, el cajetín del detergente o determinadas zonas del tambor pueden acumular humedad y residuos con el paso del tiempo.
Dejar durante horas la ropa mojada dentro de la lavadora después de finalizar el programa tampoco ayuda. Sacarla cuanto antes y permitir que el electrodoméstico se ventile puede evitar que el olor termine pasando nuevamente a la ropa recién lavada.
También conviene revisar periódicamente las indicaciones de limpieza y mantenimiento del fabricante de cada lavadora.
La clave está en que estén completamente secas
Después del lavado llega el paso decisivo. Ya sea al aire libre o en secadora, las toallas deberían guardarse únicamente cuando están totalmente secas, prestando especial atención a las zonas más gruesas y a los bordes.
A simple vista pueden parecer secas y conservar todavía humedad en el interior del tejido. Si se doblan inmediatamente y se colocan unas encima de otras, esa pequeña cantidad de agua queda atrapada.
La solución, por tanto, puede ser mucho más sencilla de lo que parece: extender bien las toallas después de utilizarlas, no dejarlas húmedas durante horas y asegurarse de que estén completamente secas antes de devolverlas al armario.
Un pequeño cambio de rutina que puede evitar tener que volver a lavar una toalla que, en teoría, acababa de salir limpia de la lavadora.


