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“Mi madre se suicidó” y no tengo por qué esconderlo

TOyota

/El Digital de Albacete/

Hasta El Digital de Albacete ha llegado la siguiente carta de un lector con el ruego de su publicación para intentar concienciar sobre una realidad muchas veces silenciada y estigmatizada por la sociedad. Un tabú que impide poder abordar con naturalidad maneras de prevención del suicidio.

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“Mi madre se suicidó” y no tengo por qué esconderlo

Llevo varias semanas pensando en plasmar la historia de la huida de mi madre. No sabía seguro si quería hacerlo o no, pero uno va leyendo historias tras historias por las redes y por internet, y cuando sucede un caso como el mío, tienes dos opciones: una, es conformarte con lo que ha pasado, afrontarlo silenciosamente y aguantarte pensando que has tenido la mala suerte de que te ha tocado a ti, y que tienes que vivir con ello para siempre, en una pesadilla constante, en que todas las mañanas al abrir los ojos, se te llene la mente con ese horror, y la otra opción es gritarlo, contarlo, hacerlo saber, y no solamente por mi madre, que haciendo esto no la puedo devolver a la vida, sino por las personas que van a morir por el mismo motivo que mi madre hoy, mañana, pasado mañana, y así cada día. Por las 10 personas que se van a quitar la vida mañana. Porque esos son los datos reales del suicidio en España, datos escabrosos. Es terriblemente increíble que cada 2 horas y media, una persona se quite la vida en España, y el estado no solamente no dice nada de eso, sino que no hace nada.

Si he llegado hasta este punto es para dar una voz de auxilio por lo abandonado que me he sentido durante todo el proceso en el que mi madre tomó la decisión de que no quería seguir viviendo, que no es lo mismo que quererse morir. Una persona que se encuentra así quiere vivir, mi madre quería vivir, pero no podía soportar el sufrimiento de una enfermedad invisible y en la que llevaba sumergida durante casi 20 años. La depresión viene sin avisar, la ansiedad viene de sorpresa, y nos puede tocar a cualquiera. Y puede ir a más, y más sufrimiento hasta que toma las riendas de tu cabeza y te hace cometer actos que piensas que son la solución, cuando no lo es.

Mi madre se suicidó. La mañana del 24 de octubre de 2020 mi madre tomó la fatal decisión de quitarse la vida de una vez, tras dos intentos fallidos, gracias a nosotros y, por supuesto, a los servicios de emergencia del hospital. Mi madre murió, sí. Pero esa decisión no era de mi madre como tal, sino de una especie de terrorista que se metió en la mente de mi madre. Un terrorista que le daba igual inmolarse, que le hizo alejarse tantísimo de sus emociones y sus sentimientos que ni yo era capaz de creerlo. ¿Me quería menos mi madre por hacer lo que hizo? ¿Por qué no pensó en mí y en mi hermana mi madre antes de saltar? Mi madre no pensaba en nada, en nadie, solo pensaba en su tranquilidad, en su paz y, aun estando equivocada, eligió la muerte.

Y digo saltar, porque mi madre se ahorcó. Se ahorcó ella sola por la mañana mientras yo me fui al trabajo. Y necesito contarlo, y elevar la voz a modo de queja para denunciar la falta de recursos que yo me he ido encontrando durante los peores dos meses de mi vida.

En España, si te rompes una rodilla, lo tienes fácil, vas al médico, te ponen una escayola, o te operan, y solucionado. O una mano, o el brazo. Pero ¿y si esa enfermedad no se ve? Ni con una radiografía, ni con una analítica. Entonces te toca salir a luchar al ring, como nos tocó salir a nosotros.

El 5 de septiembre ese terrorista hizo que mi madre consumiera un elevado número de pastillas para quitarse de en medio. Yo estaba viviendo fuera. Mi hermana me alertó. La salvamos entre todos. Estuvimos a tiempo. Yo no entendía nada. ¿Mi madre había intentado abandonarme? No. Mi madre estaba enferma.

Y es ahí cuando comenzó nuestro calvario. Pasamos de ser hijos a ser policías. Mi madre ingresó en psiquiatría después de su primer intento de suicidio, y lo peor: Solo la tuvieron ingresada una noche. Al día siguiente, a casa, con nosotros, racionándole las pastillas a diario por miedo a una recaída, a un segundo intento. Ojalá nunca, nadie, tuviera que pasar por esa situación de salir de casa, aunque fuesen un par de horas, y pensar que al regresar, te fueras a encontrar a tu madre inconsciente, muerta, o quien sabe cómo. Y nosotros teníamos esa sensación a diario. A diario.

Continuamos yendo a psiquiatras de manera ambulatoria durante las siguientes semanas del mes de septiembre, comenzamos a buscar ayuda psicológica. Por lo privado claro, porque la lista de espera por lo público… sin comentarios. Y ahí es cuando te sientes abandonado.

Pasan algunos días más. Y otra vez. Mi madre se intenta quitar la vida por segunda vez a modo de pastillas. Y esta vez lo ha hecho mejor, ha estado más tiempo inconsciente, y ha ingerido más pastillas. Corriendo. La salvamos entre todos, otra vez. Estuvimos a tiempo, aunque por los pelos. Y a punto de inducirla en un coma tras no despertar durante casi 10 interminables horas. Sobrevive.

Esta vez ingresa en psiquiatría por segunda vez, pero nos dicen que como máximo, mi madre solo puede permanecer en el hospital en torno a 15 días. 15 días. ¿Una persona que no quiere vivir y está haciendo lo posible por no salvarse, va a conseguir en 15 días curarse de una enfermedad que no se ve? ¿Y de la que no se habla? ¿Y de la que ni siquiera sale en televisión?.

Continúo mi calvario. Desde ese 25 de septiembre que mi madre lo vuelve a hacer comienza mi búsqueda de clínicas privadas para ingresar a mi madre e intentar salvarla. Salvarla de ella misma. Algo que parece imposible. El problema viene cuando desde el hospital NADIE me da una posible solución para AYUDAR  a mi madre enferma, y de la que ni siquiera me saben dar un diagnóstico como tal de la enfermedad que puede tener mi madre. “Puede ser un tipo de depresión” “Puede ser algún tipo de trastorno” “Tu madre está bien, pero no quiere vivir”. Respuesta que recibo en el hospital. Respuesta que no me sirve para nada, y que eso ya lo sé yo. Desde hace años.

No me saben decir ni siquiera el nombre de alguna clínica a la que yo pueda echar mano. Ningún psicólogo o terapeuta se molesta en hablar con mi madre en los 15 días que mi madre estuvo ingresada en la unidad de psiquiatría. En esos 15 días a mi madre la empastillaban. Fin. Ella misma era la que me decía que no tenía apoyo psicológico. Y yo me encargué de llamar al hospital y quejarme: Mi madre, además de pastillas para su enfermedad, necesita hablar. Hablar. Contar. Y sobre todo, mi madre necesita que la escuchen. No solo que la droguen. Porque eran palabras de mi madre: “Me tienen todo el día drogada”.

Cambio de medicación para ver si le hace efecto. Y a los 15 días tu decides que haces con tu madre. Ellos se desentienden. Llamé a TODA España. A decenas de clínicas, buscando ayuda, hablando con muchos, muchísimos psiquiatras, buscando el mejor sitio para intentar curar, o al menos rebajar esa enfermedad, y que mi madre, viera un poco de luz en la vida, y que se aferrara a las mismas ganas que yo tenía de que ella viviera. Y que se quedara conmigo. Porque me quedaban muchos, muchos años con mi madre. Y muchas cosas que hacer. Pero nadie nos ayudó. Tuvimos que hacerlo nosotros.

¿Por lo público? Sin comentarios. Me llegaron incluso a dar la opción de incapacitar a mi madre. ¿Voy a incapacitar yo a mi madre con 46 años? Sabía perfectamente lo que estaba haciendo, sabía perfectamente que estaba enferma, sabía perfectamente que estaba sufriendo. Y yo sabía perfectamente que mi madre no era una egoísta por no pensar en mí cuando tomaba estas decisiones. Lo hacía porque no lo soportaba. Igual que yo ahora no soporto pensar que tendríamos que haber tenido más ayuda por parte de los profesionales.

Que en España a día de hoy, todavía no existe ningún programa ni ninguna ley de prevención al suicidio a nivel estatal. Sí los hay en algunas comunidades autónomas, que no en todas, y en los que la tienen, no están dotados de medios económicos ni de personal adecuado. Que los recortes de sanidad, afectaron sobre todo a la salud mental. Que se necesitan más profesionales, que se necesita más ayuda, que se necesitan más psicólogos, que se necesita más seguimiento en personas que están en riesgo de suicidio, y no abandonarlas, y sacarlas de un hospital y ser tú solo, sin ayuda de nadie, el que tiene que decidir qué hacer con la vida de mi madre. Porque la vida de mi madre, estaba en mis manos, en la de mi hermana, en la de mi padre, y en la de mi familia. En nadie más.

A mi madre le cambiaron el tratamiento, cambio de pastillas, y para tu casa. Conseguí encontrar la clínica ideal, y por un precio desproporcionado, en lo que no daban ni siquiera opción a que te pudieran ayudar económicamente. Suerte la nuestra de que tenemos una familia ejemplar y que pudimos llevarlo adelante. Mi madre ingresó, pero el ingreso era voluntario. Tardó dos días en salir. Así pues, a casa de nuevo, conmigo, con mi hermana, y a esperar un tercer intento, porque todo seguía igual.

“A la tercera va la vencida”. Yo estaba aprendiendo a reducir todas las posibilidades de que mi madre se quitara la vida. Con lo que yo no contaba es que ella también estaba aprendiendo a hacerlo cada vez mejor. Y en ese ring que os hablaba antes, fue donde me llevé el golpe más duro que me dejó en el suelo. Y me convertí en el perdedor. El terrorista me ganó el último asalto. El asalto de mi vida. Pero el de la muerte de la mujer de mi vida, la que tanto me había cuidado y con la que tanto me quedaba por vivir y compartir. Me ganó.

Esa mañana vi, sin yo saberlo, por última vez a mi madre, con cara de sueño que todavía se quedaría un rato más en la cama. Y nunca, jamás, he vuelto a ver a mi madre. Ese terrorista además de matarla, la secuestró, para siempre.

Que mi madre no merecía morir ya, ni de esa manera. Y ahora mi madre pasará a ser un número mas del INE, y ya está. Y no quiero eso, quiero que la muerte de mi madre no quede en vano, y sirva para ayudar a las próximas víctimas que van a hacer lo mismo cada día. Que cada 2 horas y media se destroza una familia en este país por culpa del suicidio, que sigue siendo la primera causa externa de muerte en España. Que son más del doble las víctimas que mueren por suicidio que por accidentes de tráfico.

Estamos desatendidos. Si estamos mal, tenemos que pagarnos un psicólogo privado. Y el estado sigue siendo cómplice de todo lo que está pasando con esas 3.600 personas que se suicidan al año. Que no entiendo esos corazones de hierro, cuando me dicen que a mi madre no la pueden tener a largo plazo en ese hospital, que tengo que buscar YO una solución.

Que hay que hablar del suicidio, no hay que esconderlo. Hablar del suicidio puede salvar vidas, no propician más victimas.  Y es la OMS la que desde hace bastantes años, defiende que hay que hablarlo como tal. Y que salga a la luz. Es una sangría, los datos son desbordantes, y me reitero: estamos abandonados.

Hace tres meses fue mi madre, mañana puedes ser tú, o tu madre, o algún familiar, y te tendrás que enfrentar a todo lo que nos hemos tenido que enfrentar mi familia y yo. No a tu madre, sino a una lucha constante, a una pesadilla por salvar a una persona de sus pensamientos, de su enfermedad invisible.

Días después de la muerte de mi madre, comencé yo con los ataques de ansiedad y las visitas a urgencias del hospital. En las que me tiraba horas, con un lorazepam y un diazepam debajo de la lengua, me derivaron al psiquiatra, y me aconsejaron un psicólogo privado. Privado. Porque para ir al psicólogo por la seguridad social, ya sabéis.

Contarlo, me hace más fuerte, y gritarlo aún mas. Y hay que luchar, y pienso luchar lo que haga falta, por hacer llegar a la luz las cifras de este problema que tenemos en España. Por mi madre, y por las diez personas que hoy se han quitado la vida, y las diez de ayer… Y doy gracias que leo, y leo, y leo todos los días, artículos acerca de este tema, encuentro gente que ha pasado por lo mismo. Pero sobre todo, lo que me ha ayudado a chillar en este aspecto, es el testimonio y la lucha de Roman Reyes, un actor madrileño que se encuentra incansable y luchador por la misma pérdida que he tenido yo.

Se han creado plataformas de recogida de firmas para llevarlo adelante. Se están intentando llevar a cabo leyes estatales para la prevención contra el suicidio. Y necesitamos la voz de todos los demás, porque nos puede pasar a cualquiera.

Necesitamos que se sigan firmando. En la plataforma de www.change.org hay una recogida de firmas. Hay que hablar del suicidio. Hay que ayudar a las personas que están pasando por lo que pasó mi madre. Hay que quitar ese estigma.

Hay teléfonos de ayuda, el teléfono de la esperanza (717 003 717), al que yo tuve que recurrir varias veces para pedir socorro para mi madre. Y para mi.

Y no, mi madre no se quitó la vida porque me quisiera más o menos, o porque no tuviera amor hacia su familia. La conducta suicida es un fenómeno multicausal y complejo, influido por diferentes factores emocionales, individuales o sociales entre otros, y que, por supuesto, esos factores pueden superar el amor.

Mi madre me quería, la enfermedad de mi madre, no quería a mi madre.

Mi madre era orden, limpieza, rectitud, estabilidad. No sentarse en camas, recoger ropas, era un “¿tenéis algo para lavar de blanco?” diario. Era obsesiva, impaciente. Era casa, y era hogar. Un sitio al que siempre querías regresar. Su cuerpo era nuestra calma y sus abrazos, un templo. Ahora mi madre es silencio.

Y quiero que todas las madres que están pasando por esto, sigan siendo templo para sus hijos, ya que a la mía no se le dio ni la oportunidad, ni la ayuda necesaria. Y eso es matar a las personas.

Y hay que gritar.

Carlos Pérez

Enero 2021, Chinchilla de Montearagón

Mapfre

2 comentarios

  1. Nuestros políticos sólo se dedican a lucrarse y a inventar problemas ficticios para tener a los tontos entretenidos, como la «violencia de género» y otras tantas pamplinadas.

    Mientras tanto la gente sigue padeciendo e incluso muriendo por problemas reales como la salud mental.

  2. Sin palabras….gracias por tu valentía de contar lo que has contado, gracias al Digital por compartirlo con sus lectores…y mucho ánimo.

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