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Lo crió una manada de lobos cuando era un niño y no aguantó el confinamiento en Hellín; la increíble historia de este hombre

TOyota

/Redacción/

Marcos Rodríguez Pantoja, el cordobés abandonado en un monte que pasó doce años entre animales salvajes, vive hoy en la aldea de Rante (Ourense), en la que toca el órgano, pasea y aúlla. En la pandemia, durante el confinamiento estricto, ha ecado de menos a los lobos, y a su noble comportamiento, más que nunca.

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Conocido como el Niño Lobo de Sierra Morena, este hombre de 72 años no necesita redes sociales para evadirse y el móvil lo utiliza en contadas ocasiones.

En el bar cercano a su vivienda todos saludan y conocen a este septuagenario amante de las canciones de Antonio Molina y del cine. Saben su historia al dedillo: que se murió su madre, su padre se fue con otra mujer y lo vendió, que el cabrero con el que después convivió falleció al poco tiempo, que convivió con una manada de lobos durante más de una década hasta que fue descubierto por la Guardia Civil; y la llegada hasta tierras gallegas de la mano de un policía jubilado.

Marcos, que tiene cierto recelo sobre el género humano, pues, cuenta, sufrió maltrato, engaños y abusos, subsiste con su pensión no contributiva y con el conforto que le ofrece la buena gente. Le encanta ir a los colegios y hablar a los niños de su historia vital, la cual ha sido objeto de estudios antropológicos, de libros e incluso fue llevada a la gran pantalla.

Pese a no tener estudios “oficiales” de música, -es él el que lo aclara-; maneja muy bien el teclado de su instrumento predilecto y demuestra la misma maña en la rehabilitación del hogar que ocupa.

Pese a ello, su adaptación a la vida “humana” no ha hecho que se olvide de cómo se aullaba, cuando no caminaba erguido, ni usaba ropa -se cubría con pieles- y tampoco cubiertos. Se emociona y se muestra orgulloso de los sonidos, los cuales no duda en reproducir, que utilizaba habitualmente en su infancia salvaje, seguida de una adolescencia en los mismos términos.

El confinamiento le sorprendió en Hellín, en Albacete, donde recibió la ayuda de su colega, la cantante Rosalez, pero no se acostumbró a permanecer allí entre cuatro paredes y con un clima distinto. Por eso cogió un taxi y volvió a su casa de Rante, donde podía ver el verde y respirar con cierto alivio.

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El de Marcos es uno de los pocos casos documentados de menores criados en el monte. Gerardo Olivares vio en su historia la trama perfecta para su película “Entrelobos” (2010).

No le gustan a Marcos Rodríguez Pantoja las fábulas que colocan el adjetivo “feroz” tras la palabra “lobo” pues él trabó amistad con esa especie. “Yo creí que iban a matarme allí mismo, cuando todo empezó, pero no. Le quité la carne a un cachorro y una ‘mamá loba’ me dio un manotazo. Me arrinconé allí, pues no tenía salida, así que simplemente nos miramos. Fue el día que más miedo pasé pero también el más alegre de mi vida cuando me aceptaron”, recuerda con nostalgia.

Dice en cambio que las penurias comenzaron para él cuando llegó a la civilización y, por ende, a las convenciones sociales. Cuando aterrizó en ese otro mundo, que es el de todos, apenas sabía hablar ni utilizar utensilio alguno e incluso mordía para defenderse. Tuvo que aprender y también a “currar” para ganarse el pan. Se fue dando cuenta de que la gente se aprovechaba de él “no en pocas ocasiones”.

Hay experiencias que todavía recuerda con temor. No sabía, por ejemplo, lo que era cortarse el pelo; hasta tal punto llegaba su desconocimiento que pensó que el barbero quería acuchillarle. Tampoco conocía lo que eran unos zapatos y se caía. Y mucho menos comprendía por qué se necesitaba dinero para comprar comida.

“Lo pasé muy mal cuando me trajeron. Fue une etapa terrible”, rememora. El primer plato en su punto, una sopa con pollo, lo lanzó por los aires. “¡Porque no sabía que estaba caliente! Y metí la mano y me quemé”.

Ahora, después de más de cuarenta años viviendo entre la llamada humanidad inteligente, todavía añora a su otra familia y se pregunta por qué tenían que separarle de los lobos, con los que ahora podría comunicarse pero ya no se le acercarían, porque huele a “humano” y se perfuma. “Era una vida mucho mejor que esta”, sentencia alguien que “nunca” se sintió solo entre los animales a los que acompañaba a buscar comida y con los que sorteaba todo tipo de situaciones.

Pasó Marcos por Madrid, Mijas, Mallorca y Fuengirola hasta que el agente retirado Manuel Barandela, su protector, pensó que estaría mejor en el norte. Cuando se produjo el deceso de su “jefe”, como se refería a Manuel, los vecinos, enternecidos con su relato, le cedieron una casa, desde la que Marcos tiene su propia visión de esta emergencia sanitaria.

“Es una guerra sin cañones”, la cual atribuye, como otros males, a una cotidianidad frenética, a un estrés, que no acierta a comprender mientras, otra vez más, reivindica su pasión, su inextinguible amor por la naturaleza y por quienes moran en ella. “Los animales se pelean, pero sólo por hambre y por la comida. Los seres humanos, por otras cosas”, reflexiona.

Para conocer a un lobo, basta conocer a Marcos; y para conocer a Marcos, basta con acercarse a Rante. En la fachada del que es su domicilio se puede leer: “Quien me busca, me encuentra… El niño de Sierra Morena”.

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Un comentario

  1. ¡Qué historia más bella y cuánta sabiduría de este hombre! No hay más que verlo en la foto, se aprecia su amor hacia el perro y a la naturaleza, la verdadera universidad.

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