“La Segunda”, 80 años y al pie del cañón

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/Mari Cruz Soro/Fotos: Pilar Felipe/

Hablar de “La Segunda”, como los albaceteños la conocen, es hablar de trabajo, tesón y sacrificio. Su nombre completo es Segunda Cifuentes García, una mujer que, a sus 80 años, aún sigue al pie del cañón.

Natural de Argamasón y criada entre esta localidad y la de Santa Ana, los orígenes de “Secundiña”, como algunos también la llaman, se sitúan en el campo. A una edad muy temprana, esta humilde mujer comenzó a trabajar realizando faena pesada, como tantos otros de su generación, a los que la guerra les robó demasiadas cosas. Dormía en el terreno durante meses enteros -era lo que tocaba-, gran parte de su infancia la pasó de “rastrojo en rastrojo” y, de vez en cuando, en la huerta o vendimiando en El Pozuelo. “Mis hermanos labraban con las mulas con 6 ó 7 años”, apunta. “Hemos penado. Inflados de comer sí; pero penar, también”, agrega.

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Desde bien pequeña mamó el afán por el trabajo, una constante durante toda su vida; por parte de su padre, al que le tocó batallar en la guerra durante tres años, pero especialmente por la de su madre, que además de trabajar en las labores agrícolas, tenía que encargarse de la crianza de los hijos. A ocho dio a luz, ahora quedan vivos siete y ninguno de ellos tuvo la oportunidad, ni siquiera, de ir al colegio. “Me hubiera gustado estudiar”, relata Segunda.

Se casó con 19 años y tuvo un hijo; no quiso tener más porque “tenía que ir a ganar”, sostiene. Si su situación hubiera sido la misma en este tiempo, afirma que seguramente se hubiera divorciado. “Del marido se harta uno pronto”, menciona, a la vez que añade, entre risas, que “seguramente no le hubiera querido dar nada”.

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Estadía en Francia

Empujada por la situación económica en España y huyendo del trabajo del campo se fue a Francia, donde pasó 15 años. Llegó al país galo cuando gobernaba Charles de Gaulle y empezó a trabajar como limpiadora y ejerciendo algunas tareas de mantenimiento en los ministerios. Ahí manifiesta que ya ganaba lo suficiente, pero que quiso seguir trabajando los fines de semana para un notario, con lo que pudo ahorrar bastante dinero.

A su regreso a la patria grande, todavía inmersa en la época franquista, invirtió “las perras” que adquirió en abrir su negocio –a partir de entonces, no pudo echarse las siestas que tanto había anhelado durante su estancia en la República Francesa- y hasta compró un piso en Valencia, pensando que Albacete disponía de poca vida como para quedarse y barruntando que en la ciudad de la luz podría ganar más dinero, aunque finalmente la tierra pudo más. “Luego esto tira, la tierra de uno”, relata. Pensaba volver a Francia si le iba mal en España, “me traje todos los papeles para volver”, comenta, pero como ella misma asevera, “donde me pongo a trabajar yo, esto marcha, porque, aunque reviente, sigo”.

Los que empezaron por entonces con negocios “se han hecho multimillonarios”, mantiene Secundiña, pero “no han trabajado ni la mitad”, recalca. De todos modos, ella confirma que ha logrado tener lo que pedía y que es más de lo que esperaba. En este punto rememora cuando tenía que irse en los trenes de madera durante tres o cuatro días, con una maleta de cartón y un vencejo atado. “He llegado a Barcelona y me he estado toda la noche en la estación por no gastarme quince pesetas en una pensión”, ratifica. Eran otros tiempos.

Casa Segunda

Comenzó con una tienda pequeñita que mantuvo durante unos 35 años. Por aquel entonces, su local era “uno de los mejores, porque teníamos un estilo un poco francés”, cuenta esta mujer valiente. Durante su permanencia en París aprendió cosas que luego implantó en su negocio. El tema de la apertura en festivos es uno de ellos. “Allí, los festivos, se abre. Lo único que, a lo mejor, se cierra un lunes”, indica. Empezó ofertando lo que había entonces: tocino, arroz suelto, pimentón, galletas… Poco a poco fue modernizando el local y, posteriormente, adquirió el establecimiento de ahora, donde el ambiente familiar se respira nada más entrar.

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En la que es como su casa, Segunda ha dispuesto una hamaca y un reposapiés. Ahí se sienta cuando la clientela no se encuentra en la tienda, a la vez que mira uno de los televisores que presiden la entrada. Lleva 45 años tirando del carro y confiesa que no se jubila por su hijo, a pesar de que su familia la insta a ello continuamente. Es consciente de la difícil situación que tienen en este país las personas con más de 50 años para encontrar trabajo y siente que tiene que estar ahí, apoyándolo. “Me ha ayudado él a mí toda la vida para levantar cabeza”, añade.

En este ultramarinos donde todo es “de marca buena y a muy buenos precios”, las ventas han disminuido considerablemente en los últimos años, algo que Segunda achaca a la feroz competencia, “con tantos supermercados, casi no nos tenemos de pie. Nos salvamos por los domingos y festivos” y a que las personas tampoco disponen de mucho dinero. Con resignación manifiesta que, aunque la vida sea dura, “hay que seguir”. Entre su clientela hay mucha gente del barrio a la que conoce de toda la vida, pero también del resto de la ciudad.

La clave de su éxito radica en sus horarios de apertura; Casa Segunda abre sus puertas a las 07.30 y cierra a las 23.00 horas, normalmente; en la multitud de productos que albergan sus baldas: “Cuando quieren una cosa, vienen y aquí está”, declara esta luchadora; pero, sobre todo, en el tiempo que dedica. “Abrimos los 365 días del año”, señala esta mujer curtida en mil batallas, que ha llegado a estar trabajando 15 horas diarias.

Nunca se ha planteado abrir más locales en la ciudad y sí ha especulado con la idea de echar el cierre. “Ahora se pagan muchos impuestos y tenemos que echar muchas horas. La juventud ya no quiere eso. Eso lo hago yo, pero es duro”. Después de cerrar al público, hay que reponer todo lo vendido. “Muchas veces he estado durmiendo una hora o dos”, dice. También le ha tocado combatir con otra de las caras más amargas de este mundo, pues ha sufrido robos, algunos con violencia, de los que prefiere no hablar.

Esta autodidacta lee a duras penas y confiesa que ahora está aprendiendo a utilizar el datáfono y la calculadora, aunque la verdad es que no le hace falta. En una cuartilla o un folio y con su bolígrafo, Segunda saca adelante todas las operaciones que quedarían almacenadas en la máquina registradora que se encuentra a su derecha y que no necesita en absoluto.

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Recuerda con nostalgia aquellos años en los que podía fiar y donde, según ella, “había más buena gente”. Hoy ya no lo hace, porque asegura que no vuelven.

La cuarta de esos ocho hermanos, me cuenta que le gustaría irse a vivir a Santa Ana, donde tiene una casa y una huerta, pero “no va a ser, porque tampoco puedo vivir sola”, resalta. No cambiaría nada de su vida, “me encuentro bien, aunque vieja”, a pesar de que, según manifiesta, no ha ido nunca a ningún sitio; “no he visto los invasores, ni el hospital, ni el campo de fútbol”. Su vida transcurría entre las paredes de su tienda y los desplazamientos que hacía a Argamasón y Santa Ana, algo que no pudo seguir haciendo con frecuencia.

En estos retazos de existencia que esta aprendiz, a la que tanto le ha enseñado la vida, comparte conmigo, me comenta que tendría que haber sido presidenta, “porque hubiera comido el que trabaje”, enfatiza.

Cuando Segunda Cifuentes García falte, que ella espera sea “de repente”, será su hijo, Rafael, el encargado de proseguir con el negocio. Quién sabe si después de la que será la segunda generación habrá una próxima. Lo que está claro es que esta ciudad habrá quedado huérfana al perder a una de las mujeres más emblemáticas de Albacete. Esperemos que la vitalidad que la caracteriza la ayude a mantenerse durante otros tantos años al pie del cañón.

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Un comentario

  1. El puto amo quien haya hecho la entrevista. Viva la segunda!

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