ASÍ SUENA | Tranquilos cuando veis borroso

Artículo de opinión de Humberto del Horno

((Siempre estáis tranquilos cuando veis borroso; solo habláis de Larios, os lo bebéis todo Campeones del Mundo – Novedades Carminha)) 

Sirva de aviso, la entrega de hoy se alargará más de la cuenta, y es que necesita tres actos para llegar a la conclusión. Por si quieren quedarse o por si no: vamos a hablar de fútbol.

ESCENA PRIMERA: BILARDO Y EL PISOTÓN

Bilardo, todo personalidad, todo pasión, no había poro en su piel que no exudara puro fútbol. Casi una deidad en Argentina, también dejó su sello en España, donde ocupó en dos tandas diferentes el banquillo del Sevilla. Jugaba bien aquél equipo, pero si por algo se le recuerda en Nervión es por su famoso ‘Pisalo, pisalo’, que empezó como orden de entrenador y acabó como cántico de toda una granda y de muchas más. Aquel mantra nació en Riazor, en un partido contra el Dépor. Maradona chocó con Albistegui, lance del que el jugador deportivista salió peor parado. Hasta el fisio sevillista salió de su banquillo a atenderle. «Los nuestros son los colorados. Qué me importa el otro. ¡Pisalo, pisalo!», espetó Bilardo, sin saber que esa petición acabaría ilustrando parte de la historia del fútbol español.

ESCENA SEGUNDA: RAMÓN COBO Y PETÓN

Ramón Cobo Arroyo fue futbolista a medias, hijo de otro Ramón Cobo que sí que triunfó en la década de los 50 mandando en la defensa del Atlético de Madrid. El pequeño de los dos se formó en el Carabanchel y pasó a militar en el Castilla, paso previo a su primera incursión en Segunda División, donde jugó 35 partidos y metió dos goles. Los cuatro años posteriores, en los que volvió al Castilla y salió después al Getafe, le sirvieron para sumar un total de 99 partidos en la categoría de plata, pero no para marcar más goles. Pero Ramón Cobo fue también profesor universitario, lo que le llevó a dictar en la Facultad de Ciencias de la Información la asignatura de Información Deportiva. Lo hacía bien, sus clases eran de lo más didáctico que recuerdo de mi paso por aquél mamotreto brutalista de la madrileña Ciudad Universitaria. El profesor solía traer a buenos compañeros de viaje para disertar en su aula, y así fue como conocí a Jose Antonio Martín ‘Petón’. El exfutbolista llenó el espacio en una de las clases en la que nos contó el histórico canto que se fraguó en la grada de La Romadera, en aquella semifinal contra el Chelsea que preludió la final de París en la que Nayim se empeñó en traer la Recopa. Tras un 3-1 en Standford Bridge, la eliminatoria pintaba en bastos, pero dos goles de Esnáider y otro de Pardeza después le dieron la vuelta, quizá el partido más icónico que jamás pudo contemplar la Virgen del Pilar a orillas del Ebro. Los seguidores ingleses, no sé si atiborrados de Cerveza Ámbar, terminaron el partido casi a palos con la policía. Desde el otro fondo, los Ligallos y el resto de la grada rememoraron a Bilardo y entonaron a coro: ‘Pisalo, pisalo’. Los londinenses, en uno de los mejores errores de traducción que se recuerdan, entendieron el mandato por el lado contrario, y lo que de las bocas de los maños era una declaración de guerra llegó a los oídos de los ‘blues’ en forma amor. ‘Peace and love, peace and love’, interpretaron antes de romper a aplaudir y dar por finalizada la guerra.

ESCENA TERCERA: LA GRAN AFICIÓN DEL ALBA EN EL SARDINERO

Como buen santanderino consorte, tengo el privilegio de, por obra y gracia de mi compañera de vida, poder presumir de Cantabria a veces como lo hago de Cuenca y de Castilla-La Mancha. Tanto, tanto, que me siento del Racing desde chiquitito, aunque lo sea solo desde hace un lustro. Y ocurrió este pasado sábado que era día de partido; 16.15 horas y ese sol que solo luce así si lo hace en el norte. Me hacía ilusión poder ver al Racing contra el ‘Alba’, y la santanderina que me soporta me regaló dos entradas y su compañía. No le gusta el fútbol, a pesar de ser nieta de Francisco Pis, uno de los jugadores que hicieron al Racing subcampeón en la primera de las ligas que se jugó en España. Con el partido empezado, entré por la puerta 21 con el corazón dividido. Tanto, que ocupé mi asiento ya con el 0-2 y no supe si reír o llorar. El azar de las pocas entradas que quedaban a última hora hizo que mi particular escaño estuviera junto a los 200 albaceteños que cruzaron dos mesetas para plantarse en la franja cantábrica. Y yo, que ya sé entonar ‘La Fuente de Cacho’ sin desafinar al inicio de los partidos de mi Racing, me costó a veces evitar seguir a puro tarareo los cánticos de mis paisanos. ‘¡A por el gol, Albacete Balompié!’. Cómo animaron. Se lo digo yo. Está bonito el ‘Sardi’ en días de partido. Qué color, qué afición. No sé si sabían que allí caben, ni uno más ni uno menos, 22.222 espectadores. Pero contra el Albacete, hubo uno que no llegó a ocupar su asiento. Un racinguista y habitual de Juventudes Verdiblancas, los ultras radicales que animan al equipo, tuvo que cambiar por un mal golpe el estadio por el tanatorio. Una pena. Ya lo sabrán ustedes porque son asiduos a este digital, el que primero informó de todo. Al infortunio le precedió una pelea. El fallecido y otros tres se cruzaron en el camino con J.V., también santanderino pero ex del Alba, que se dirigía al campo vistiendo los colores del que fue su equipo hasta hace muy poco. Al ser increpado por su indumentaria e intentando zafarse, el empujón derivó en una caída que acabó siendo fatal.

Lamento la muerte, por descontado, como lamento que el fútbol se convierta en demasiadas ocasiones en un ecosistema propicio para dar cabida a este tipo de episodios. Y no puedo llegar a entenderlo. Ya no sé si el deporte que sigo amando es el vehículo o la excusa para que aficionados radicales se empeñen, jornada tras jornada, en pintar de odio el ambiente desde el anonimato cobarde que les ampara desde la grada. Sin querer repartir o quitar culpas, que eso ya lo hará el juez, solo me queda despejar la incógnita de si sigue mereciendo la pena acudir a un estadio, donde el puñado de gañanes que gritan e insultan hacen sombra a los miles de aficionados que van a disfrutar de su equipo, su deporte y su ciudad. Y, con todo, encuentro la respuesta. Hay que seguir. Que los valores del deporte y la mayoría silenciosa que los disfrutamos sean suficientes para doblar la mano de los imbéciles que se abrazan a lo que sea para ser más imbéciles todavía.

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