El recuerdo de una visita a Albacete debería quedarse en una fotografía, no adherido al mobiliario de todos. El tótem con el nombre de la ciudad situado en la plaza del Altozano presenta varias pegatinas, restos de adhesivos y pintadas que deslucen este rincón del corazón de la capital. Una forma de dejar huella que recuerda al viejo «yo estuve aquí» y que convierte un elemento pensado para representar a Albacete y acompañar las fotografías de vecinos y visitantes en un soporte para firmas y distintivos particulares.

Pegatinas y grafitis sobre las letras de Albacete
Las fotografías que acompañan esta información muestran adhesivos circulares colocados en diferentes puntos de la estructura roja, tanto sobre sus letras como en el corazón que completa el conjunto. También se observan restos de papel pegado, marcas y firmas realizadas directamente sobre la superficie.
No se trata, por tanto, únicamente de retirar unas cuantas pegatinas. Las imágenes reflejan también la necesidad de limpiar las pintadas y eliminar los residuos que permanecen adheridos, con un tratamiento adecuado para conservar el acabado del tótem.
Algunos de los diseños remiten a nombres o distintivos de grupos. Sin embargo, que una pegatina reproduzca una denominación no permite identificar a quien la colocó ni atribuir automáticamente la responsabilidad a la peña o colectivo al que pueda aludir. Las fotografías acreditan el estado del conjunto, pero no cuándo se produjeron las pegadas ni quién las realizó.
El resultado sí está a la vista: una intervención particular termina formando parte del paisaje y de las fotografías de quienes se acercan a este enclave del Altozano.

Del «yo estuve aquí» de los noventa a la firma adhesiva
La voluntad de dejar constancia del paso por un lugar es muy anterior a las pegatinas. Las inscripciones con nombres, fechas y mensajes como «yo estuve aquí», tan reconocibles en los años noventa, ya expresaban esa misma intención: convertir una superficie compartida en testimonio de una visita individual.
El adhesivo permite reproducir ese gesto con rapidez. Basta despegarlo y colocarlo para dejar un nombre, un emblema o una imagen que puede repetirse en numerosas ciudades. Cambia el formato, pero permanece la idea de hacerse visible en un lugar por el que también pasan los demás.
No existe, sin embargo, un único origen documentado para todas estas prácticas. En ellas confluyen la propaganda, la publicidad, la identificación de grupos y distintas expresiones de cultura urbana. Dentro del llamado sticker art, uno de los antecedentes más conocidos es la campaña de pegatinas que el artista estadounidense Shepard Fairey inició en 1989 con la imagen de André el Gigante, posteriormente vinculada al universo Obey.
Ese antecedente ayuda a comprender la difusión del adhesivo como lenguaje visual, pero no demuestra que las pegatinas del Altozano procedan de aquella corriente artística ni que todas respondan a una misma motivación.

Una tontería que deja trabajo a los demás
La crítica a estas conductas tiene una explicación sencilla: el deseo de exhibir un nombre o dejar constancia de una visita se impone sobre el cuidado de un espacio compartido. Lo que quien pega puede considerar una broma o una pequeña tontería obliga después a otra persona a dedicar tiempo y recursos a retirarlo.
El tamaño del adhesivo tampoco elimina su impacto. Varias pegatinas, sumadas a firmas y restos de papel, alteran progresivamente la apariencia de un elemento urbano. Y arrancarlas parcialmente no siempre resuelve el problema: pueden quedar residuos que mantienen la sensación de suciedad.
En Santiago de Compostela, por ejemplo, la prensa local ha cuestionado la presencia de estos distintivos en el mobiliario urbano, señalando que su lugar tendría más sentido entre las pertenencias personales de sus propietarios. El debate de fondo es el mismo que plantea el Altozano: el espacio público no es un álbum particular de recuerdos ni un expositor gratuito para cualquier grupo.
Eso no permite hablar de una protesta vecinal organizada en Albacete, de la que no se aportan testimonios, pero sí explicar el reproche cívico que suscita esta manera de apropiarse visualmente de lo que pertenece a todos.

De Madrid y Barcelona a Salamanca y el Camino de Santiago
El caso del Altozano tiene paralelismos en diferentes puntos de España, aunque no todos los adhesivos tengan el mismo contenido o finalidad.
En Madrid, el deterioro de la señalización turística por pegatinas y pintadas está documentado desde hace años. En 2013 ya se describían indicadores del centro cuyas inscripciones quedaban parcialmente ocultas, con el consiguiente perjuicio para quienes intentaban orientarse durante una visita.
En Barcelona, la retirada de carteles y adhesivos forma parte de las tareas de conservación del espacio público. Un balance municipal difundido en diciembre de 2025 recogía más de 60.000 actuaciones de limpieza de elementos entre marzo y diciembre, dentro del Plan Endreça, sobre superficies como fachadas, señales, farolas y mobiliario.
En Salamanca, también se ha documentado el uso de pegatinas con firmas de grafiteros como una forma rápida de repetir una marca en distintos lugares de la ciudad.
Y en Santiago de Compostela y su entorno jacobeo, el afán por dejar testimonio de la llegada aparece tanto en el mobiliario urbano como en señales del recorrido. El cartel de entrada a la ciudad por San Lázaro es uno de los ejemplos publicados de acumulación de pegatinas y otros objetos. La documentación informativa del Camino difundida por el Ayuntamiento navarro de Esteribar recuerda expresamente que la señalización debe respetarse, sin pintadas ni adhesivos.
Son situaciones distintas con un resultado común: una superficie destinada al uso colectivo acaba ocupada por mensajes particulares. En algunos casos, además de afearla, estos dificultan la lectura de la información.

Limpiar pronto para evitar que se acumulen más
Ante el estado que muestran las fotografías, sería recomendable que el Ayuntamiento de Albacete revisara el tótem del Altozano y acometiera la retirada de las pegatinas, los restos de adhesivo y los grafitis cuanto antes.
La intervención debería acompañarse de un seguimiento periódico. La acumulación puede actuar como reclamo para nuevas pegadas, al transmitir la impresión de que ese soporte ya se utiliza para colocar distintivos y de que una incorporación más carece de importancia. No es una consecuencia inevitable, pero sí un riesgo que aconseja evitar que las primeras marcas permanezcan y se multipliquen.
La limpieza temprana permitiría recuperar la imagen del conjunto y contribuiría a que estas actuaciones no se normalicen en uno de los espacios más representativos del centro de Albacete.

Avisar a la Policía Local si se presencia una pegada
La colaboración ciudadana también puede ayudar. Si alguien presencia cómo se colocan adhesivos o se realizan pintadas sobre el tótem o cualquier otro elemento público, lo recomendable es avisar a la Policía Local, indicando la ubicación y describiendo los hechos observados para que los agentes puedan comprobarlos y actuar según corresponda.
No es necesario enfrentarse a quien esté realizando la acción. Un aviso concreto resulta más útil que una discusión y permite trasladar lo sucedido a quienes tienen competencias para intervenir.
Cuidar el Altozano exige mantenimiento municipal, pero también respeto por parte de quienes lo disfrutan. Para recordar una visita a Albacete basta con llevarse una fotografía; no hace falta dejar una marca que otros tengan que borrar.
FOTOS








/ Fotos: Pilar Felipe /


