A Alberto Abengózar todavía se le pone la piel de gallina cuando recuerda aquel penalti en Balaídos. Han pasado casi dieciséis años, ha cambiado de vestuarios, ha aprendido una profesión y ha conducido trenes por distintos puntos de España. Pero basta con preguntarle por aquel gol con la camiseta del Albacete Balompié para que el recuerdo vuelva intacto. «Es el momento más bonito de mi vida, por así decir, futbolísticamente. De hecho, te lo estoy contando y se me pone la piel de gallina».
Este jueves 29 de octubre, Alberto atiende a El Digital de Albacete poco antes de comenzar su jornada laboral. Tiene que entrar a las 11.10 horas. Ahora es maquinista, aunque sigue siendo delantero. El martes disputaba la Copa del Rey con el equipo de su pueblo frente al Málaga; esta mañana se prepara para trabajar con el dolor del accidente ferroviario de Urda todavía muy presente.
«Estoy un poco saturado», reconoce. En apenas unas horas se han sucedido la intensidad de una cita futbolística extraordinaria y la conmoción por una tragedia que le toca especialmente de cerca por su profesión. Entre ambas facetas aparece la historia de un hombre que encontró otra manera de ganarse la vida sin dejar de hacer lo que le apasionaba desde niño: jugar al fútbol y marcar goles.
Albacete, los años que no se olvidan
Nacido el 5 de julio de 1989 en Alcázar de San Juan, Alberto Abengózar Martínez tiene hoy 37 años. Su recorrido comenzó en el fútbol de su localidad, en el histórico Gimnástico, y pasó por el filial del Getafe antes de encontrar en Albacete la oportunidad que tantos jóvenes persiguen: llegar al fútbol profesional.
Su estreno en Segunda División se produjo el 13 de noviembre de 2010, frente al Rayo Vallecano, en el Carlos Belmonte. Tenía 21 años y fue titular en un encuentro que terminó con empate a uno. Una semana después llegó el episodio que conserva entre sus recuerdos más queridos.
El 21 de noviembre, en Balaídos, asumió la responsabilidad de lanzar un penalti ante el Celta. Lo transformó y puso el empate momentáneo en el marcador. El Albacete acabaría perdiendo por 3-1, pero aquel día Alberto escribió una página propia en la historia del club: había marcado en el fútbol profesional con la camiseta blanca.
Aquella temporada disputó cuatro partidos de Segunda División, tres de ellos como titular, y acumuló 279 minutos. Además del Rayo y el Celta, se enfrentó al Xerez y a Las Palmas. Un gol y cuatro encuentros que, para él, significan mucho más de lo que pueden explicar unas estadísticas.
«Siempre lo digo, para mí fueron los mejores años de mi vida, los mejores recuerdos que tengo», cuenta a El Digital de Albacete. «Al final es donde pude disfrutar del fútbol profesional».
El cariño permanece. Alberto sigue al equipo, continúa acudiendo al Carlos Belmonte y mantiene el contacto con personas de aquella etapa. El paso del tiempo ha cambiado su día a día, pero no su vínculo con el Alba.
«Yo de Albacete lo llevo en el corazón», afirma. Y lo acompaña de algo que convierte esas palabras en una relación viva: «Lo sigo y sigo yendo al Carlos Belmonte, y sigo manteniendo contacto con mucha gente de allí».

Un delantero con el gol como compañero
Su oportunidad con el primer equipo tuvo detrás el trabajo y los goles en el filial. En la temporada 2010/2011 firmó veinte tantos con el Albacete B, una cifra que permite entender la principal virtud de aquel delantero: su facilidad para encontrar la portería.
Ese olfato lo ha acompañado durante una carrera extensa. Su trayectoria incluye, además del Gimnástico, el Getafe B y el Albacete, etapas en el Villarrobledo, el Almansa, La Roda, el Teruel, el Ontinyent, el Olímpic de Xàtiva, el Internacional de Madrid y el CD Villa, antes de su actual vinculación con el Sporting de Alcázar.
Su historia tiene, por tanto, un importante recorrido por el fútbol de la provincia de Albacete. Al cariño por el club del Carlos Belmonte se suman las experiencias en Villarrobledo, Almansa y La Roda, campos y vestuarios en los que siguió desarrollando su carrera.
En un delantero, marcar es una cualidad decisiva. Alberto la mostró en el filial albaceteño y la ha seguido poniendo al servicio de sus equipos. El apelativo de «el maquinista del gol» le encaja por esas dos facetas que hoy conviven en su vida: la profesión que eligió para construir su futuro y una pasión futbolística que continúa muy presente.
La decisión que le llevó a conducir trenes
Hubo un momento en el que decidió mirar más allá del siguiente partido. Él mismo lo explica con naturalidad, sin renegar del camino recorrido. «Mi tío es maquinista de toda la vida y es verdad que, cuando llegó el momento en el que consideré que en el fútbol ya estaba llegando a mis niveles más altos, que ya era complicado seguir avanzando, decidí presentarme a la oposición, aprobé y ya llevo siete años como maquinista».
La referencia familiar abrió una posibilidad y Alberto trabajó para convertirla en su nueva profesión. El fútbol siguió a su lado: «Sigo compaginándolo con el fútbol, pero bueno, ya no como antes».
Durante cuatro años condujo trenes AVE. Después trabajó en Ciudad Real con servicios Avant y recorrió la línea en la que ayer miércoles se produjo el accidente de Urda. Actualmente tiene su residencia laboral en Alcázar de San Juan, su pueblo, y realiza servicios de media distancia con destinos como Madrid, Jaén, Alicante, Albacete y Ciudad Real.
Este jueves, según explica antes de incorporarse, tenía previsto viajar hacia Jaén, aunque el trayecto quedaba limitado a Valdepeñas por un corte.

El dolor de quien también se sienta en una cabina
La tragedia ferroviaria de Urda ha dejado una profunda huella en Alberto. El accidente se produjo ayer miércoles 28 de octubre, en la provincia de Toledo, e implicó a un AVE de Renfe y a un tren de Iryo en la línea de alta velocidad Madrid-Andalucía. El siniestro causó víctimas mortales y numerosos heridos, movilizó a los servicios de emergencia y obligó a interrumpir la circulación ferroviaria.
Para Alberto, la noticia alcanza también a su entorno profesional y a una tarea que conoce desde dentro. Al preguntarle cómo se encuentra, responde sin esconder la inquietud. «Regular, con días complicados porque ya no sabes si un día vas a ser tú al que le pueda pasar. Entonces, bueno, le das muchas vueltas a la cabeza».
Desea que lo sucedido no vuelva a repetirse y reclama que se adopten las medidas necesarias. «Que se pongan medios o que a quien le compete haga lo que tenga que hacer», expresa.
Pero también pide prudencia a la hora de hablar de las causas. En la entrevista insiste en que no dispone de elementos para establecer qué ocurrió y recuerda que es necesario esperar a conocer los resultados de las investigaciones. «Hasta que no se demuestre o salga todo, las cajas negras y todo, no se puede decir».
Su preocupación convive con la confianza en el medio de transporte al que dedica su jornada laboral. Preguntado por si considera seguro viajar en tren en España, responde que sí, aunque entiende las dudas que pueden surgir entre los viajeros tras lo sucedido.
El fútbol de su pueblo y otra noche para recordar
Dos días antes de esta conversación, Alberto había vivido una cita muy especial con el Sporting de Alcázar, el club del que es capitán. El martes 27 de octubre, su equipo recibió al Málaga CF, de Primera División, en la Copa del Rey.
El conjunto alcazareño, que milita en Preferente, mantuvo el empate hasta el minuto 71 y terminó cayendo por 0-3. Alberto fue titular y disputó 75 minutos. A los 37 años, seguía formando parte de una de esas noches que explican por qué el fútbol conserva su capacidad para ilusionar a toda una localidad.
La tragedia del día siguiente alcanzó también al calendario del Albacete Balompié. Su eliminatoria de Copa ante el Puertollano, prevista para el miércoles, quedó suspendida dentro de la decisión de la Real Federación Española de Fútbol de aplazar los 24 encuentros coperos de aquella jornada como muestra de respeto y solidaridad con las víctimas.
Para Alberto, esta semana ha reunido recuerdos, emociones y preocupaciones difíciles de ordenar. La Copa con el equipo de casa, el dolor por Urda y una jornada laboral que comienza mientras todavía intenta asimilar lo ocurrido.
Al hablar del Albacete, sin embargo, encuentra enseguida las palabras. Le salen los nombres de quienes siguen allí, las visitas al Belmonte y aquel penalti en Vigo. Casi dieciséis años después, el recuerdo todavía le eriza la piel. «Es algo único», dice sobre su gol en Balaídos. «Eso me lo llevo yo para mí».

