El joven torero que maravilló a una afición que estaba huérfana de chavales que quisieran ser como Dámaso en los años 80 ha muerto. Gonzalo González, al que llamaban ‘Lalo’, nació en Albacete en 1968 y mamó el toreo por la vía de su tío ‘Antoñés’, fallecido en enero de este año, que fue quien le llevó a las capeas de los pueblos y que pronto le inoculó el veneno del toro, que se llevará al cielo y que ha sabido exportar también a decenas de jóvenes aspirantes a torero. Entre ellos su hijo Alejandro, que al menos pudo cumplir el sueño que ya logró su padre hace 39 años, salir por la puerta grande de Albacete y que él lo viera. Su carrera ha sido larga y fructífera, sobre todo en la parte de ayudante y formador de toreros, con una capacidad inabarcable de trabajo y con un enorme talento para moverse por las mejores ganaderías del campo bravo.
En 58 años de vida ha hecho de todo, pero fue en 1985 cuando empezó a aflorar la vena torera del ‘Lalo’, saliendo de tapia en varios festejos de promoción y haciéndose hueco entre sus compañeros. El más destacado por entonces, Rafi de la Viña. No fue hasta 1986 cuando el nombre de Gonzalo González tomó vuelo en los mentideros taurinos de Albacete. Fue el 5 de julio, en horario golfo, casi con la medianoche encima, cuando cuajó su primera gran actuación, con un novillo de Sánchez Cajo. Le cortó una oreja, pero acabó dando dos vueltas al ruedo.
Entonces, el director de la escuela taurina era Manuel Amador, que repitió a Gonzalo en la siguiente clase práctica. Toreó dos becerros de Mariano Cifuentes, acompañado en la brega por otro joven, Mariano de Mingo, pronto De la Viña, que ya tenía claro que lo suyo era la plata. Aquella noche, su padre, Mariano senior, lloraba en el callejón, abrazado a Amador, porque estaban viendo que su trabajo, por fin, daba sus frutos, después de años complicados y de muchas críticas. Los que vinieron después no fueron menos. A los dos años, Sebastián Cortés se acabó convirtiendo en director de la escuela hasta que, precisamente Gonzalo, de la mano con Sergio Martínez, cogieron el testigo. Gonzalo dio una noche formidable, apuntando grandes cualidades, dando sitio a los animales, citando de largo y corriendo la mano, especialmente al natural, con gran destreza.
DEBUT EXITOSO EN LAS VENTAS
Toreó varios festejos por España en esos meses de verano, pero destacó por lo novedoso el que tuvo lugar el 31 de julio. Originalmente, estaba anunciado en Hellín, pero su tío ‘Antoñés’ le tenía preparada una sorpresa mayúscula. Gonzalo González se presentó nada menos que en Las Ventas para torear la última de las novilladas que organizaba la Escuela Taurina de Madrid. Alternó junto a Ignacio Martín y a Fernando José Plaza -padre del matador en activo Fernando Plaza- para lidiar seis erales de Nicolás Mateos, que fueron excelentes. El triunfador fue Gonzalo, que dio dos vueltas al ruedo y que, de no ser por la espada, podría haber salido en hombros. Volvió a brillar en el toreo al natural y fue cogido de manera muy violenta, algo que iba a ser una constante en su corta carrera de oro.

El 1 de noviembre remató la temporada en Jerez de la Frontera, toreando la final del certamen de Escuelas Taurinas de España, una novillada matinal que se televisó para toda España y que supuso su gran presentación en público. Vestido de gris plomo y oro, consiguió cortar una oreja al sexto novillo del Conde de la Maza, un manso que le pegó una fortísima voltereta. No le sirvió para ganar el certamen, que se lo llevó el salmantino José Ángel Méndez, pero sí le puso de alguna manera en el escaparate después del runrún que traía de Madrid. Incluso para que algunos aficionados de Albacete se sintieran defraudados. Eran años de damasismo exacerbado y a los jóvenes les aplicaban el mismo e injusto rasero.
TRIUNFADOR DE LA FERIA DE ALBACETE
Todo ese ambiente que se había generado fue un suflé prematuro, porque en la temporada de 1987 tuvo que esperar hasta el 9 de septiembre para ponerse el vestido de torear.

Fue en su presentación en la feria de Albacete, con una novillada de Guardiola. Volvió a reunirse en el ruedo manchego el tándem Gonzalo-Mariano, que deleitó a los abonados. González, con la pureza y la suavidad en su muleta, capaz de inmortalizar a un excelente utrero en una faena que quedó para siempre en el recuerdo, pero que no tuvo la rúbrica de la espada. Aun así cortó la oreja. Mariano de la Viña ya se había desmonterado tras poner banderillas con ese, pero el destino le tenía guardado en sexto lugar un animal al que tuvieron que ponerle banderillas negras. Él fue el encargado de lidiarlo y lo hizo a la perfección. Estaba la gente caliente y Gonzalo consiguió imponerse al feo estilo del novillo. Volvió a pincharlo, pero el público se lo llevó a hombros junto al malogrado Lorenzo Franco ‘El Loren’, que sería asesinado a sangre fría tres años después en Cieza junto a sus dos compañeros de la escuela Andrés Panduro y Juan Carlos Rumbo.

Tal y como recordó el restaurante El Callejón en una publicación en sus redes sociales este pasado sábado, a aquella faena de Gonzalo González se le otorgó el primer premio a la mejor faena de la feria, una tradición que se mantiene hasta nuestros días. Ese galardón estaba destinado a matadores, pero el jurado quedó deslumbrado por la actuación del alto novillero albaceteño. No fueron los únicos premios que se llevó, también fue reconocido por el Ateneo Albacetense y por la peña ‘Tomillo y Romero’, que lo distinguió como el hecho taurino más relevante del serial.

EL APODERADO EQUIVOCADO
En la campaña de 1988 emerge otro torero que iba a marcar de manera decisiva la historia taurina de Albacete y la carrera profesional de Gonzalo, Manuel Caballero. Ambos iniciaron esa temporada como las dos promesas de la tauromaquia local. Pronto encontraron además apoderado, pero en el caso de González, le iba a traer más problemas que soluciones. Se trataba del sevillano Manolo Acevedo, que no consiguió rentabilizar ni el triunfo en Albacete. Ese año, Gonzalo se quedó fuera de la feria por la inexistente relación entre Acevedo y el empresario Javier Martínez Uranga. En cualquier caso, la noticia del apoderamiento con este prestigioso taurino sevillano sí generó una sobrerreacción que tuvo su punto álgido el 29 de mayo, cuando se presentó en La Maestranza de Sevilla, compartiendo cartel con Domingo Valderrama, lo cual generó cierta guasa en el paseíllo por la diferencia de estatura entre ambos. La tarde, con novillos de Félix Hernández, se la llevó Valderrama. Gonzalo no tuvo su día, aunque consiguió que sonara la música durante la faena de muleta gracias a un valor seco y del que se utiliza para torear. Los sevillanos, tan exquisitos, no le perdonaron ser tan alto.

Sevilla era clave en su temporada, dado que el resto de plazas de prestigio, Madrid aparte, le estaban vedadas por ser su apoderado quien era. Dado que no hubo un triunfo importante, el futuro se complicó mucho. Lo más destacado de aquella campaña fue una faena antológica a un novillo de Samuel Flores en el festival a beneficio del asilo ‘Madre Amparo’ en Villarrobledo, celebrado el 30 de abril. Festival en el que, por cierto, debutó el recordado Juan Cantos ‘El Pimpi’ como encargado de la cuadra de los caballos de picar. Ese día, el mundo conoció a ‘Atila’, que tantas tardes se enfrentó a los samueles en la feria de Albacete. Gonzalo cortó dos orejas gracias a un prodigio al natural que incluso hizo volverse locos en el callejón a sus compañeros en el cartel, que no eran precisamente los más palmeros del escalafón: Dámaso, Espartaco y Víctor Mendes, además de Manuel de Paz, Pedro Lara y Espartaco Chico. Esa faena fue una demostración de lo que podría haber sido Gonzalo con más y mejor suerte. En esas semanas hubo tres acontecimientos en Albacete que marcaron el debate. En los toros, la faena de Gonzalo González en Villarrobledo. En el fútbol, la toma de posesión de Rafael Candel como presidente del Albacete, que viviría a partir de ahí sus años de gloria. Y en la sociedad, el nuevo proyecto que se acababa de poner en marcha, la construcción del circuito de Velocidad en La Torrecica.

Pasó por la feria de novilladas de Arganda del Rey sin éxito y, fuera de la feria de Albacete, remató su temporada presentándose en Las Ventas. Fue el 9 de octubre, día de la Comunidad Valenciana. Y ese día, el gran torero valenciano de todos los tiempos, Enrique Ponce, terminó de conquistar Las Ventas, pese a que no cortó orejas por pinchauvas. Y aquella tarde, sin que ellos lo supieran, arrancó otro idilio. Porque si Ponce triunfo de oro, brilló la plata de Mariano de la Viña en banderillas. Gonzalo no tuvo suerte con su lote de ‘El Torero’ y volvió a llevarse un porrazo que, de milagro, no fue a mayores. El utrero le prendió por el estómago en varios segundos que se hicieron interminables. Completó esa temporada un total de 7 novilladas y pasó a 1989. Su siguiente compromiso sería otra vez en Madrid.

DECLIVE ACELERADO
El 7 de mayo toreó su segunda novillada picada en Las Ventas, un encierro de Aldeaquemada que resultó espantoso e imposible para, al menos, justificarse. Una tarde de calor bochornoso, pero con todos los tendidos de sombra hasta la bandera. Saludó una ovación de ley con su primero, después de una faena de mucho gusto y no menos valor. Sufrió otra espectacular voltereta que no le cambió el gesto. En la crónica de aquel festejo, Vicente Zabala Portolés escribió en ABC que su estilo era «amanoletado, con muy buena planta, recordando a Frasquito, el de aquel inolvidable alboroto sevillano de finales de los años cuarenta; torea muy bien y corre la mano con gusto». Lo emborronó todo con la espada, otra vez.
El día 21 de ese mismo mes regresó a Sevilla, bien colocado por su apoderado, que le preparó una de las novilladas más cotizadas de entonces, que era la de Torrealta. En el cartel, dos andaluces, el algecireño Antonio Caba y el ecijano ‘El Pere’. Los animales no fallaron, pero los humanos no estuvieron a la altura. Gonzalo no anduvo fino con los aceros y pasó de puntillas por la que sería su última actuación en plaza de primera como matador. Volvería muchas veces a Sevilla como banderillero. Le quedaba entonces quitarse una espinita, que era la de volver a Albacete.
DONDE ESTÉ UN PADRE, QUE SE QUITE EL APODERADO
Pudo hacerlo en la novillada del 24 de junio, la de San Juan, cuya confección estuvo envuelta en polémicas. Eran fijos en ella Manuel Caballero y el difunto Manuel Montoya, pero faltaba un tercero. La ciudad quería que fuera Gonzalo, pero sabía que la empresa no estaba por la labor. Llegaron a forzar al torero para que rompiera con el apoderado, pero al final no hizo falta llegar a tal extremo. Como los hermanos Martínez Uranga no querían ni ver a Acevedo, tuvo que ser el padre de Gonzalo González el que negociará la inclusión de su hijo en aquel cartel. Aquello se materializó y regresó a Albacete con una novillada santacolomeña de Flores Albarrán. Cortó una oreja, pero la crítica y la afición convinieron en que tuvo un lote como para haber estado mucho mejor. Gastó aquel cartucho, pero le quedaba una última bala. La pólvora, idéntica, Santa Coloma. Una vez más, Flores Albarrán, pero en esta ocasión no dieron muchas opciones. Hizo lo que pudo Gonzalo que, cosas del destino, vio como su último novillo de luces en Albacete iba a ser castigado con banderillas negras, igual que el que le abrió su única puerta grande en la plaza de su vida. Ese día el que triunfó fue Finito de Córdoba.
Aquella temporada de 1989 no fue una más en Albacete. Fue la primera en dos décadas en la que no había ni rastro de Dámaso González, que disfrutaba de su primera retirada. Por tanto, había ansia en la afición local por cubrir ese hueco. Gonzalo era uno de los elegidos, pero ni hubo paciencia con él ni seguramente abundó la ambición. Después de la feria rompió el apoderamiento con Manolo Acevedo, que solo le firmó 10 contratos en dos años. Se casó en Medina Sidonia (Cádiz) con Verónica, su primera esposa, con la que tuvo un hijo, y tuvo que intercalar sus entrenamientos en aquel invierno echando una mano en la discoteca Xandro’s, tan de moda en el tardofranquismo en Albacete.
Su última aparición como matador tuvo lugar en el festival del Cotolengo de 1990, al que accedió por sorteo. Eran tantos los aspirantes a torearlo que los organizadores decidieron elegirlo por votación. Fue Gonzalo González, por encima de Manuel Caballero, el elegido. En las quinielas, otros como El Loren, ‘Ramoncín’ o Fidel Ángel Montero. No obstante, aquel 1990 fue el año de la eclosión de Caballero, que salió a hombros por la puerta grande de Las Ventas y por la puerta del Príncipe de Sevilla. Lidió Gonzalo un novillo de Juan Pedro Fernández con el que estuvo muy digno y en el que mostró por última vez su gran clase toreando. Y, las cosas del destino, fue un festival del Cotolengo el último festejo que vio Gonzalo González en la plaza de toros de Albacete.

En esos tres años de carrera no tuvo mucha regularidad en la plaza –toreó únicamente 14 novilladas-, pero sí puso la semilla de lo que sería después su carrera como acompañante de toreros. Gracias a la amistad que forjó con Acevedo, se asentó en Medina Sidonia y pudo asistir a cientos de tentaderos y fincas ganaderas. Siempre amable, generoso y dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, tuvo luego las puertas abiertas de las mejores ganaderías de España para regresar con los que han sido sus toreros. Por supuesto, Manuel Caballero, pero también Miguel Tendero, con el que pasó varias temporadas que hicieron soñar a la afición albaceteña. También ayudó mucho a novilleros como José Miguel Valiente o Filiberto, que acabó tomando la alternativa en Albacete y brindándole el toro al propio Gonzalo. Después, ya como profesor de la escuela taurina, codo con codo con Sergio Martínez, ha preparado multitud de tentaderos para formar buenas personas. Serán o no serán toreros, pero no cabe duda de que habrán tenido todos los mimbres para ser hombres hechos y derechos. Para el recuerdo, miles de anécdotas de un personaje divertido y carismático que siempre fue con la verdad por delante. Descanse en paz, torero.

