La torería reposada de los puretas, un regalo para el Cotolengo

Albacete regresa al pasado en el 36º festival del Cotolengo, que reunió a varios viejos rockeros del toreo en una tarde emotiva y de mucho frío; gran faena de un genial Antón Cortés

El festival del Cotolengo de este año, que celebró este domingo su edición número 36, llegó a final de temporada como broche al curso taurino en Albacete, con el primer día de frío de este otoño de juguete que llevamos. Para la ocasión se convocó a varios reservistas, seguramente por imitación de lo vivido hace un año en Las Ventas con Curro Vázquez y César Rincón. Y sin entrar en resultado artístico, en tristes orejas o en insulsos datos, ha sido un éxito. Volver a disfrutar del pellizco de Antón Cortés, de ese estilo tan clásico y tan torero de Sergio Martínez, de la sapiencia de Abraham Barragán y del poso de un figurón del toreo como César Jiménez. Deberían repetirlo más veces y tratar de liar a Manuel Caballero, a Manuel Amador y, si un novillo es mucho, buscar algún añojo para que peguen dos tandas los viejos califas. Estoy pensando, claro, en Sebastián Cortés, pero hay muchos más toreros de Albacete con el pelo ya blanco y con una tauromaquia desconocida para muchas generaciones de jóvenes que, ahora sí, se han interesado por los toros. Este festival ha sido una clase magistral de historia del toreo de principios de nuestro siglo. Un regalo para la afición y, sobre todo, un presente para el Cotolengo, que sigue trabajando sin descanso para que muchos caídos en desgracia puedan comer caliente. En el recuerdo, por supuesto, Dámaso González y María Zamalloa, la hermana María, ese tándem que creó este festival por el que han pasado todos los grandes toreros de los últimos 40 años y gracias al que han comido decenas de miles de personas olvidadas por el sistema.

Por las cosas del toreo, no siempre las carreras son perfectas del minuto 1 al minuto 90, el final de Antón Cortés fue silente y sin el reconocimiento merecido para un torero que, de manera fugaz pero con una intensidad brillante, paseó el nombre de Albacete por todo el planeta de los toros con ese plus que da siempre al arte la torería de los gitanos. Con toda su pureza intacta, deleitó a los presentes con detalles de una categoría sideral en el tercer novillo de la tarde. Tradicionalmente medrosos los toreros calés, Antón no hizo gala de ello. Se quedó quieto ya en el recibo para ligar varios lances a la verónica con el alma. Hay toreros que tienen algo que contar con las muñecas y seguro que a Antón Cortés se le quedaron muchas historias encerradas dentro. Algunas de las que duelen, de las que dejan huella y que solo con un toro son capaces de salir y quebrar los sentidos. Y así, hubo varios momentos en los que el torero manchego se acordó de las raíces.

Por supuesto, en el brindis a su padre, Sebastián Cortés, que hoy tenía a sus hijos taurinos vestidos de corto, porque de Sergio, de Abraham, de Antón y de Andrés fue profesor. Muchos kilómetros, mucha chapa y muchas polvisqueras en tantos años de esfuerzo y de docencia. El inicio de faena fue prodigioso, con la figura encajada y girando la cadera para dejar varios muletazos de la firma. En un cambio de mano, se le escapó el estaquillador de la mano y se quedó la muleta colgando de la espada. ¿Qué hizo Antón? Una trincherilla con el estoque a modo de palillo. Uno de los momentos de mayor inspiración artística de la temporada. Un prodigio de torería que si lo hace uno de La Puebla escriben un libro. Por la derecha llegaron las cotas más altas de la faena, gracias también a la clase del novillo de San Isidro, que protestó algo más sobre el pitón izquierdo. Se gustó mucho llevándolo por abajo con temple y mando, pero sin perder nunca la composición y el sentido estético. Un auténtico viaje en el tiempo a aquellos albores de este siglo, en los que Antón Cortés deslumbró al mundo del toro con su genialidad. Duró poco, pero lo de hoy en Albacete ha servido para recordar que ha sido uno de los toreros de la tierra con más y mejor cartel de cuantos han existido. Esa gran familia, Amador y Cortés. Familia de paz. Familia de torerazos.

La tarde de los puretas sirvió también para retrotraernos a aquellos años, no hace tantos, en los que César Jiménez dominaba esta plaza como nadie. En su momento, llegó a batir el récord de puertas grandes consecutivas que tenía Dámaso González. Luego llegó Rubén Pinar y los pulverizó a todos, pero César, de los extranjeros, ha sido uno de los toreros más laureados en Albacete. Una mano izquierda prodigiosa y una capacidad para hacer el toreo en cualquier sitio y con cualquier tipo de toro. Un torero con mayúsculas que no tuvo suerte con el cuarto torillo de Garcigrande, un zombie con cuernos que casi pedía permiso para moverse. Brindó su faena a Tete Moragón, que soñó con ser torero y que triunfa ahora como percusionista de la artista manchega Rozalén. Lo mejor, un inicio de rodillas, intangible en el repertorio del matador madrileño. El ultimo festival que toreó en Albacete fue el que se celebró en homenaje al difunto Manuel Montoya. Aquella tarde, también de octubre, fue César Jiménez uno de los culpables de que Dámaso González, alma torera del Cotolengo, bajara de paisano a pegar tres tandas como tres monumentos al toreo. Y fue César el primero en quitarse el sombrero y lanzárselo a Dámaso. Un déjà vu permanente.

Otro de los instantes más emotivos del festejo fue la aparición de Abraham Barragán, alejado muchos años del toro, que supo prosperar fuera de esta industria y que ahora se ha reenganchado en la parte empresarial. Tuvo que estoquear al sobrero de San Isidro -el titular de Los Chospes acusó algún defecto en la visión- y estuvo con él como si de hoy dependiera la firma de 20 contratos para la temporada del año que viene. Decidido desde que puso un pie en la arena, haciendo todo con mucho sentido y buscando siempre lo mejor para el toro. Brindó a sus hijos y se quedó en el sitio para ligar tandas de gran intensidad, toreando con todo el cuerpo. Conectó rápido con los tendidos, especialmente a la hora de salir de las tandas, como sorprendido de lo que estaba haciendo. La torería, como montar en bici, no se olvida, pero los años pasan y la inactividad siempre deja rastro. Barragán se lució, se le vio disfrutar y nos contagió a todos de ese veneno que es poder pegarle dos o tres muletazos a un toro como a uno le da la gana. Pinchó dos orejas que no sirven para nada, pero que le hubieran sabido a gloria. ¡Está para torear!

Abrió la tarde Sergio Martínez, en una especie de celebración por sus 25 años de matador de toros, cumplidos en septiembre. Ojalá el novillo elegido de Los Chospes hubiese tenido mejor condición, pero sirvió igualmente para que el profesor Martínez resolviera problemas, tal y como enseña a hacerlo cada tarde en la plaza de toros a los múltiples chicos que sueñan con poder llegar algún día a hacer lo que en tantas ocasiones consiguió Sergio, hacer el toreo bueno.

No tuvo tampoco mucha suerte Andrés Palacios, que hoy igualaba a Dámaso González con 15 paseíllos por el Cotolengo. Lidió un samuelón a medida de Castillo del Montizón que embistió con más brusquedad que bravura y que no derrochó demasiado estilo. Lo fue haciendo desde el principio con el capote, genuflexo y buscando alargar el viaje de salida. Enseñándole a embestir, básicamente. Lo mejor, una media con el sello Palacios. Si Andrés hubiera nacido en algún pueblo de Sevilla en vez de en Lleida, quizá hoy tendría el Cayenne aparcado en la puerta de la finca. O la mejor moto del mercado, él que es aficionado. Qué susto nos dio aquella mañana antes de bordar el toreo con un toro de La Quinta hace ya 9 años. Un torero de los pies a la cabeza con una facilidad para sublimar el toreo y parar los relojes como pocos hay en el escalafón. Robó algún natural caviar, pero estuvo más tiempo peleando por depurar las embestidas. Lo consiguió, pero después de dos años sin verlo torear, supo a poco.

Cerró el festival un alumno de la escuela taurina, Neyzan Espín, que nos devolvió a esta tauromaquia moderna de las ‘-inas’. Espaldinas, arrucinas, y muchas, demasiadas ‘-inas’. Le salió el mejor novillo del festejo, un eral de San Isidro al que no le dieron la vuelta al ruedo no sé muy bien por qué. Fue bravísimo, encastado, tuvo motor y calidad para que el joven torero manchego se luciera en varias tandas ligadas y de mucho poderío. Destacó sobre todo con el capote, que meció con autoridad y con un regusto que linda también con esa torería calé. Es el alumno aventajado de la escuela y el año que viene tiene que dar un paso adelante. Debutará en la feria de Albacete y tiene que funcionar para levantar la cantera manchega, que lleva varios años en el dique seco, Navalón aparte.

FICHA DEL FESTEJO
Domingo 18 de octubre de 2026. Albacete. Festival extraordinario a beneficio de la Institución Benéfica Sagrado Corazón de Jesús (Cotolengo). Menos de media plaza. Novillos donados por los ganaderos de Los Chospes (1º), San Isidro (2º bis, 3º y 6º), Garcigrande (4º) y Castillo de Montizón (5º). Los mejores, los de San Isidro, especialmente el 6º, que mereció la vuelta al ruedo.

Sergio Martínez, oreja.
Abraham Barragán, oreja.
Antón Cortés, oreja.
César Jiménez, oreja.
Andrés Palacios, oreja.
Neyzan Espín, dos orejas.

Mapfre

Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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