4 de enero de 1977. 13:05 horas. Un Mirage F1 del Ala 14 con base en Los Llanos (Albacete) se estrella en las cercanías de Lezuza,(Albacete). El piloto, el capitán Marco Antonio García Gea, fallece en el acto.
Hay historias que permanecen durante décadas en la memoria de un pueblo, historias que pasan de padres a hijos, de las que se cuentan en voz baja pero no se olvidan. Es el caso del capitán Marco Antonio García Gea, piloto del Ala 14 de Albacete que falleció el 4 de enero de 1977 en un accidente aéreo en el término municipal de Lezuza (Albacete). Hoy, varias décadas después, Miguel Ángel Rubio, escritor y profesor de Lengua y Literatura, ha recuperado la historia del capitán con su recién publicado libro ‘El capitán Marco Antonio García Gea en la conquista de su eternidad’. Un libro que nace, precisamente, de la memoria de un pueblo y de un recuerdo que acompaña al profesor desde que apenas era un niño.
La tragedia aérea de Lezuza en los años 70 llegó a Miguel Ángel Rubio a través de su padre, Ramón Rubio, que había realizado el servicio militar en el Ala 14, tal y como señala el autor a El Digital de Albacete. “Llegué a García Gea por la puerta de la memoria familiar”, explica el escritor. Desde entonces, el nombre de García Gea quedó ligado a su infancia y, con el paso de los años, se convirtió en una historia que necesitaba ser contada.

El hombre detrás del uniforme: la historia del capitán García Gea, el piloto que marcó la memoria de Lezuza
En la mañana del 4 de enero de 1977, un Mirage F1 del Ala 14 con base en Los Llanos (Albacete) se estrelló en las cercanías de Lezuza. El piloto falleció en el acto. “Según la nota oficial del Ministerio del Aire, el avión se estrelló contra el suelo a unos 5 kilómetros del pueblo, en una zona de cerro”, manifiesta Miguel Ángel. “Fue el primer fallecido del Ala 14 en acto de servicio”, sostiene.
Marco Antonio García Gea nació en Torrevieja (Alicante) y desarrolló una trayectoria que le llevó hasta las cabinas de los Mirage F1. Precisamente, el capitán estuvo entre los pilotos que llevaron a Los Llanos, en 1975, los primeros aparatos que marcarían una nueva etapa para el Ala 14. Pero Rubio no ha querido quedarse únicamente en la trayectoria militar. A lo largo de su investigación ha tratado de recuperar también al hombre que existía detrás del uniforme.

“Era, en esencia, un hombre que encarnó las tensiones de una España en transformación”, apunta Rubio. Un piloto de enorme preparación y talento que, al mismo tiempo, mantenía una profunda conexión con las personas que le rodeaban. Durante la investigación para escribir el libro, Rubio ha entrevistado a más de un centenar de personas que conocieron al capitán. Y hay tres palabras que, según cuenta, se repiten en muchos de los testimonios: “lo buena persona que era, lo feliz que era y lo profundamente enamorado que estaba”, asegura. “Si cuando uno se marcha de este mundo es ese el legado que deja, seguro que hizo las cosas bien”, afirma.
“El capitán García Gea no era un nombre cualquiera en mi casa; era una sombra que planeaba sobre ciertas conversaciones, un silencio que se hacía denso cuando se mencionaba Lezuza”, asegura Rubio, y señala que, fue por esa curiosidad por la que años después “empecé a tirar de ese hilo”. “Lo primero que me llamó la atención no fue el accidente en sí, sino la magnitud del silencio que lo rodeó. Un hombre que volaba a la altura de los dioses, que representaba la punta de lanza de la aviación militar española, desaparecía de repente… y todo quedaba enterrado bajo un sudario burocrático. Esa desproporción entre la magnitud del vuelo y la pequeñez del eco”, sostiene.

El accidente: 4 de enero de 1977, 13:05 horas, Lezuza (Albacete)
El accidente en el que perdió la vida el capitán García Gea tuvo lugar pasado el mediodía del 4 de enero de 1977. El avión se estrelló cerca de Lezuza en una tragedia que todavía se recuerda con tristeza en el municipio.
Para reconstruir la historia de aquel día, que ya forma parte de la memoria colectiva de este pueblo de Albacete, el autor ha acudido a documentación oficial. Pero sobre todo, ha acudido a la memoria de quienes estuvieron allí en aquella mañana de enero. “La documentación más valiosa no estaba en los archivos”, asegura Rubio, que sostiene que “estaba en la memoria vida de quienes lo conocieron: compañeros, amigos y familiares”. Entre todos ellos, el escritor destaca el testimonio de Antonio López Ramos, primo y compañero que «llevó la caja negra a Dassault y que se enfrentó al silencio más absoluto. Su frase -«Fue un naufragio en seco”— resume la investigación mejor que cualquier informe técnico”, apunta.

El escritor sostiene que no hubo un único elemento que explique lo ocurrido, sino una combinación de circunstancias relacionadas con la niebla, la orografía, las condiciones del vuelo y determinados problemas técnicos que, según su reconstrucción, pudieron contribuir al desenlace. “Al capitán ese día le falló todo menos su valor”, afirma Rubio.
El día que un Mirage F1 cayó sobre Lezuza: la tragedia que conmocionó a Albacete
Para el escritor, Lezuza ocupa un lugar esencial en esta historia. No es simplemente el punto geográfico donde cayó el avión, sino el lugar donde la tragedia quedó vinculada a la memoria de varias generaciones. Su propio padre regresó al cerro del accidente después de terminar la mili. Aquel recuerdo permaneció en la familia y terminó llegando hasta Miguel Ángel cuando apenas tenía cinco o seis años. “Lezuza es mucho más que un escenario. Es el lugar donde la historia se ancla a la tierra”, explica.
Entre los vecinos todavía permanecen recuerdos de aquel día: el ruido del avión, el estruendo del impacto y la conmoción que provocó la tragedia. Una memoria que, según Rubio, ha sobrevivido de manera fragmentaria durante casi cincuenta años. “Es una forma de reparar ese silencio, de devolverle al pueblo una historia que también le pertenece”, señala.

Y por ello, para Rubio recuperar las voces de quienes lo conocieron y vivieron aquella tragedia era fundamental. No quería escribir únicamente sobre un piloto de combate o sobre un accidente, sino sobre una persona, sus sueños, sus relaciones y el dolor que dejó su muerte. “Es un acto de justicia”, manifiesta, y explica que “he intentado reparar los circuitos rotos de la historia, devolverle a un héroe el lugar que merece. Porque hay vidas que no pueden morir, y hay silencios que, tarde o temprano, se rompen”.
Casi cincuenta años después de aquella mañana de enero, el nombre de Marco Antonio García Gea vuelve a escucharse en Lezuza. Ya no solo como el del piloto que perdió la vida en aquel cerro, sino como el de un hombre con una historia, una familia, unos sueños y muchas personas que todavía guardan su recuerdo. Con su libro, Miguel Ángel Rubio ha querido que esa memoria no se pierda y que el paso del tiempo no convierta su vida en una simple fecha. Porque, como él mismo recuerda, “hay vidas que no pueden morir” y, en este caso, la memoria de García Gea sigue volando, casi medio siglo después, entre las calles de Lezuza y los recuerdos de quienes un día lo conocieron.

