Hay servicios que parecen pequeños hasta que desaparecen. En muchos pueblos y pedanías de la Sierra del Segura en Albacete, disponer de una panadería cerca de casa no es algo garantizado. Y cuando no existe, son los propios panaderos quienes se encargan de acercar el servicio a los vecinos.
Lo hacen como antes, con una furgoneta cargada de pan y dulces y pitando en la plaza. Y ese es el caso de Pablo González, panadero de Piensa en Dulce, en Elche de la Sierra (Albacete), que cada semana carga su furgoneta para recorrer las pedanías de Villares, Vicorto y Peñarrubia. Una actividad que recuerda a aquellos tiempos en los que el panadero recorría los pequeños núcleos de población y se convertía en una figura habitual para sus vecinos.

La jornada de Pablo, de la panadería ‘Piensa en Dulce’ de Elche de la Sierra, comienza mucho antes de que el sol asome por la Sierra del Segura. De madrugada se pone manos a la obra para dejar preparado todo aquello con lo que después llenará la furgoneta: panes, dulces y productos recién hechos. Cuando todo está listo, arranca el motor y comienza su ruta hacia las pedanías. Al llegar a la plaza, o a alguno de los puntos habituales de cada aldea, un toque de claxon basta para anunciar que el panadero ya está allí. Poco a poco, los vecinos salen de sus casas y se acercan a la furgoneta, algunos para comprar el pan del día y otros, quizá, también para echar un rato de conversación. Porque en cada parada hay tiempo para preguntar qué tal están, hablar de los hijos, de los nietos, del verano o simplemente compartir unos minutos. Un pequeño ritual cotidiano que, en estos pueblos, acaba siendo mucho más que hacer la compra.

Una tienda sobre ruedas que lleva mucho más que pan
Su ruta no solo permite comprar una barra de pan sin necesidad de desplazarse. Para algunas personas, especialmente para quienes son mayores y viven solas, supone contar con un servicio esencial y conservar parte de su autonomía. “Con este servicio tienen un poco más de independencia, sobre todo las personas mayores. Que vengamos cada día les permite quedarse en su casa, en su aldea y quizá estirar el verano un poquito más”, comparte Pablo con El Digital de Albacete.
Una tarea que Pablo no realiza solo, ya que cuenta con la ayuda de su madre, Alicia Sánchez, y su mujer, Irene Molina, por lo que todo queda en casa. Eso sí, Pablo y su familia conocen bien las particularidades de cada pedanía. A Villares y Vicorto acuden de lunes a sábado, mientras que a Peñarrubia, algo más alejada, se desplazan dos días a la semana. “En julio y agosto hay mucha gente. Pero ahora ya a partir de septiembre está la cosa mucho más tranquila y hay menos vecinos”, señala.

La distribución tampoco es sencilla. En Peñarrubia, por ejemplo, las viviendas están muy dispersas. “Tiene cuatro casas aquí, otras cuatro más allá. Vamos a casi toda la aldea y voy parando hasta en siete sitios distintos”, cuenta.
En Vicorto realizan tres o cuatro paradas, además de otra en La Salera, mientras que en Villares el punto de encuentro habitual es la plaza. Pero la ruta no se limita a un único lugar. “Vamos por todos los barrios porque están bastante alejados unos de otros. Y generalmente, la gente es mayor y tampoco tiene muchos medios para moverse”, explica.

Pan, dulces y conversación: “A lo mejor es con la única persona con la que hablan ese día”
La furgoneta de Pablo es, en cierta manera, una pequeña tienda ambulante. Y es que este panadero y su familia endulzan a varias localidades no solo con el pan del día sino con todo tipo de dulces: desde rollos y magdalenas hasta tortas de limón, cañas de chocolate y empanadillas, entre otros.
Pero detrás de este mostrador nómada hay mucho más que una simple compra: hay muchas conversaciones. Pablo explica que en las pedanías “nos conocemos todos” y que el boca a boca ha hecho que prácticamente todo el mundo conozca su servicio. Con el tiempo, la relación con los clientes se ha convertido en algo mucho más cercano.

Además, señala que en estas localidades hay menos gente, por lo que para algunas personas esos minutos de conversación pueden tener un valor enorme. “También es un desahogo para ellos porque hay muchos que viven solos”, explica Pablo. Y añade una reflexión especialmente significativa: “A lo mejor eres la única persona, quizá en invierno, con la que hablan durante el día”.
Pablo y su ruta por los pequeños pueblos de Albacete
Por eso, el sonido del claxon de la furgoneta de Pablo supone mucho más que una oportunidad para comprar alimentos. Es también una visita que rompe la rutina.
Pablo González explica que muchos vecinos aprovechan el mercadillo semanal de Elche de la Sierra para acercarse al pueblo en autobús y realizar la compra, y aclara que el servicio de la panadería permite tener el pan y otros productos disponibles con mucha más frecuencia, sin depender de un único desplazamiento semanal. Y esa diferencia puede ser importante para quienes quieren continuar viviendo en sus aldeas. “Hay gente que estira un poco más el verano porque nosotros damos servicio todos los días”, destaca González.

Cada día, la furgoneta de Pablo sale cargada de pan, dulces y productos salados. Pero vuelve con algo más difícil de medir: las historias de los vecinos, los saludos, las conversaciones y la confianza construida durante años. Porque hay lugares donde el panadero no lleva solo el pan, lleva un ratito de charla, compañía y autonomía.

