Este miércoles teníamos en el callejón al obispo de Albacete, Ángel Román, que no necesita IA para la homilía. Me cuenta Miguel Yeste, micrófono azul celestial, que a Albacete le ha tocado la lotería con monseñor, un hombre divertido y que conecta con la ciudad en cada sermón. Que interpela al pueblo y le invita a hacerse preguntas. Una iglesia conectada con la realidad y no pensada para unas élites de fe impostada y de creencia pecadora. Ya me advirtió el alcalde de Arganda del Rey, el amigo Alberto Escribano, que a Albacete venía un paraguas para el pueblo, un hombro en el que apoyarse y un hombre al que arrimarse. Un pastor que, benditos seamos, también viene a los toros.

Estaría bien que diera el salto del burladero de la delegación gubernativa al palco presidencial, pero no tiene pistola. Podríamos hacer el experimento de subir al ChatGPT a dirigir una corrida. Festejos dirigidos por una usÍA. Milagros no sé si haría, pero al menos tendríamos la certeza de no tragar con el gato por liebre de cada tarde. Eso fue lo que pasó este miércoles con la corrida de Jandilla, una burla a la historia y a la tradición en Albacete. Una corrida de Murcia. Delante, Daniel Luque, al que sí se le puede dar la categoría de maestro y que cuajó una faena inconmensurable con un toro infumable. Castella se negó a pasear una oreja que le fue concedida de manera bochornosa tras un navajazo que rajó al toro y acabó enfrentado a un palco que no correspondió hasta en dos ocasiones el saludo protocolario de los toreros.

Se abrió la corrida con un toro melocotón muy espectacular de Jandilla. El ganadero cuenta siempre que no es muy amigo de estos pelajes tendentes al jabonero, tan aparatosos cuando rompen a sangrar, pero si los mantiene será por algo. Mbappe y Vinicius también son dos imbéciles, pero a ver quién los deja ir. Un toro sin más, muy justito de presentación, flacucho, montado y con las puntas de los cuernos como bolas de billar. Lógico, hoy es corrida torerista y se deben aprobar todos los toros para que estén los maestros a gusto, o eso dice el palco de los días pares. Toro galopón, fijo y obediente, un caramelo para Sebastián Castella, que estuvo a placer con él. Tenía el animal su codicia y un punto de casta cuando se le dejaba la muleta en la cara, que iba siempre humillada. En definitiva, un buen toro. Estos que tienen picante le vienen de fábula al francés, que gusta de mandar en las embestidas. Lo consiguió a ratos, porque entre el viento y la falta de acople estuvo más veces corrigiendo enganchones que toreando. Al natural no quiso, pero por el pitón derecho sí fue capaz de someterlo, que no es lo mismo que cuajarlo. Faltó temple, ajuste y estética. Una faena violenta y acelerada, cantando los cites a viva voz. Se asustó hasta el speaker de Viveros Santi, el Donald Trump del paseo de la Feria. Algunos toreros podrían ser sordomudos. Para acabar, ración de ‘-inas’. Manoletinas, lo nunca visto. Destempladas y con el toro por un sitio y el torero, por el otro. Estocada entera y caída muy eficaz, pero que tardó en derribar al toro, bravo hasta la muerte. Otro toro de triunfo en esta feria y ya van ni se sabe cuántos. Se fue arrastrado entre ovaciones, previas a una petición estupefaciente que el palco, con excelente criterio por una vez en la tarde, no atendió. Castella, saludando a la presidenta, le espetó, con su habitual mala baba, un «levántate». Quizá pensaba que acababa de hacer la faena de la feria y le habían robado el rabo. Ojalá se hubiera puesto tan valiente con el toro como se puso con el palco.

El segundo era otro toro torerista, una birria infame que jamás debió pasar el reconocimiento, pero como hoy hay figuras, el palco de los días pares pasó por el aro. Pequeño, flaco, feo y con los cuernos como el pelo de los vigilantes de la playa en Ceuta, bien degradados. Un insulto, uno más, a Albacete. Le tocó a Daniel Luque, que dejó un quite por chicuelinas muy poderoso antes de un tercio de banderillas poco lucido, con el toro embistiendo a la defensiva y haciendo hilo en cada lance. Brindó al público en mitad de un vendaval y se quedó en la puerta grande para ligar muletazos por alto sin moverse del sitio, jugando con el envés de la muleta y rematando aquello con un trincherazo torerísimo. Gran actuación de Luque, que fue afianzando al toro con mucho temple y con esa natural inteligencia que posee. Dejando la muleta ligeramente cóncava para abrirle una ventana de alivio al de Jandilla, que iba poco a poco sacando el fondo y embistiendo mejor. Los muletazos fueron todos de gran elegancia. Los remates, de enorme ajuste. En un momento dado le pegó un pase de pecho circular que fue más allá de los 360 grados, muy emotivo para el público, pero devastador para el toro, que ya nunca más fue lo que, parecía, iba a ser. Empezó a aburrirse y a echar el freno, pese a la excelente invitación de Daniel Luque para embestir. Le funcionó la cabeza y cortó lo fundamental para entrar en el terreno de lo accesorio, pero ya era tarde. Lo mató perfecto al segundo intento. Si computa para premio por ser segunda estocada, no ha habido otra igual en toda la feria.

Tercer toro, tercera aberración de la tarde, que salió bajo la banda sonora de las protestas y los gritos de «vaya novillo». Menos mal que aprueban estos chotos para contentar a todo el mundo. Parecía un torete de posguerra, escuálido. Otro de pinta melocotón, aunque en el programa pusieron que era negro meano. Como las series de Netflix. Derribó al caballo en el primer puyazo y Manuel Caballero decidió ponerlo otra vez. Con buen criterio, pese a la bronca. El animal estaba intacto del primer encuentro con el peto. Empujó con clase en esta segunda tentativa y salió de allí dando esperanzas. Pese al pírrico tamaño, el Jandilla era armónico y de bellas hechuras. Lo lidió perfecto ‘Candelas’, siempre ligado a los toreros de Albacete, un seguro de vida con la capa. En mitad de un huracán, Caballero se fue a los medios a brindar al público, tan frío como siempre con los toreros de la tierra. Qué estupidez medir así a nuestra cantera. Empezó con muletazos para ir abriéndole al toro los caminos con una rodilla en tierra y se fue a los medios, pese al viento. Ligó tandas por ambos pitones de mucha exposición, pero de poco ajuste. Supo templar y consiguió que todo tuviera mucha limpieza, pero los tendidos volvieron a mostrar esa inexplicable hostilidad. Es su cuarta corrida de toros. Estuvo más cómodo toreando sobre el pitón derecho y logró reunirse en una tanda postrera de mucha entidad, bajando la mano y llevado al toro muy toreado. Fue un buen toro, aunque ligeramente pegajoso y sin terminar de irse nunca del viaje. No ayudó en absoluto ese viento, que doblaba los flecos de la muleta como si fuera un toque extra del torero. En fin, matices y accidentes que no dependen del humano, pero que condicionan en gran medida el toreo. Lo mató perfecto y cayó la primera oreja de la tarde.

El cuarto toro, otro insulto al buen gusto. Parecía un bicho de la Camarga francesa. Fino de cabos, estrecho y muy montado, con los pitones para arriba. Tremendamente descarado. El toro y la estafa. Lo saludó Castella por chicuelinas, cortando el viaje ya desde el inicio. Empujó con celo en el caballo y tuvo después la suerte de ser lidiado por José Chacón, impecable como siempre. Brindis al público del francés, que le dio al botón de la lluvia. Empezó a jarrear y el torero se sentó en el estribo del 10 para esperar al toro, que empezó a embestir con celo y codicia. Faena populista y llena de trampas, abusando de circulares y de muletazos haciendo la noria y metiéndose en la oreja del toro para ligar sin dejar que parase. Efectismo barato que tampoco metió a la gente en vereda. Gran toro, otro más. Menudo lote se llevó Castella, que mató al toro enhebrando la espada en el costado y dejando una pavorosa raja de palmo y medio por la que asomaban las costillas. Espantosa estocada que precedió a una petición de oreja ridícula y de vergüenza ajena. Descanse en paz, Albacete. El palco accedió y concedió la oreja más ridícula de cuantas se han concedido en esta plaza. Aparte de que la faena fue un bochorno y una oda al pegapasismo, esa cuchillada al toro con la espada sería merecedora, como mínimo, de una bronca general. Castella, que lleva más de media vida en esto, recogió la oreja y se la guardó, sabedor de que aquello no era merecedor de trofeo. Vergüenza torera, se llama. Afición, que es lo que falta en los tendidos y en el palco. Gran toro de Jandilla, que se fue en silencio. Ese sí merecía premio.

El quinto estaba igualmente escuálido, pero se tapaba por la cara y por su mayor envergadura. Otro toro fino y con mucha alzada. Se parecía a Manute Bol. Daniel Luque, otra vez, sobrado, solvente y portentoso. Todo a favor del toro y sin una gota de sudor. Pocos matadores hay en el escalafón con la capacidad del sevillano. Se fue a los bajos del tendido 4 a iniciar la faena, algo más cobijado del insoportable viento que azotaba la plaza. Lo fue liando por bajo con autoridad, pero de nada sirvió. No descolgó ni medio centímetro el pívot de Jandilla, que le llegaba a Luque por la frente. Fue más malo que feo y mira que era difícil. Hizo un esfuerzo el torero por no aburrirse y acabó poniendo a embestir a la bestia. El milagro del temple. Una faena puro Dámaso. Metió de lleno a unos tendidos que segundos antes le estaban pidiendo que lo matara. Qué esfuerzo, qué mérito. Qué pedazo de torero, Daniel Luque. Sin ceder un palmo de terreno, ligando en el sitio naturales y cambiados con poderío. Se impuso al toro y regaló a Albacete una de esas obras que quedan en la retina del aficionado de verdad. Nos acordaremos de cómo estuvo Luque con aquel buey de Jandilla. Acabó por luquesinas desafiando al viento. Las luquesinas las inventó precisamente él en una corrida de la prensa en Madrid para zafarse del viento. La faena fue un DeLorean. Lo mató igual que lo toreó, perfecto. Faenón de dos orejas que nadie pidió. Qué le vamos a hacer. Una triste oreja que no hace justicia a la enorme tarde de toros que dio Daniel Luque en Albacete. Se fue el torero molesto con la presidenta, que no guardo la cortesía de saludar en pie al torero cuando este le hace el gesto desmonterado.

El remiendo de Luis Algarra que hizo sexto era bastorro y grandón. Las sombras que proyectan los focos distrajeron en exceso al animal y pusieron en aprietos a los toreros. Urge quitarlos y poner luces normales. Manuel Caballero estuvo dispuesto y voluntarioso, pero el toro no tenía un ápice de casta. Lo fue liando con habilidad en una faena larga que no llegó arriba. Se puso a llover y eso complicó más si cabe la película. Se atascó con la espada y saludó una cariñosa ovación.
FICHA DEL FESTEJO
Miércoles 16 de septiembre de 2026. Albacete. 9ª de la feria de la Virgen de Los Llanos. 3/4 de entrada . Toros de Jandilla y Luis Algarra (6º), de infame presentación, protestados toros de salida y muy sospechosos de pitones. Destacaron 1º y 4º, bravos y con calidad.
Sebastián Castella: vuelta al ruedo tras aviso y oreja.
Daniel Luque: ovación y oreja.
Manuel Caballero: oreja y ovación.
/Fotos: Nestor Robayna / Director: Javier Romero/ Abogado: Mariano López Ruiz/





































































