Y cuando parecía que no iba a pasar nada… pasó Morante

La tarde más esperada de la Feria de Albacete caminaba hacia la decepción hasta que Morante de la Puebla encontró a ‘Chulo’ y convirtió la espera en una de esas faenas que permanecen en la memoria

Hay tardes en las que uno entra en una plaza convencido de que va a ocurrir algo. No sabe exactamente qué, ni puede tener la certeza de que finalmente vaya a suceder, pero todo lo que rodea al festejo invita a pensarlo. El sábado era una de esas tardes en Albacete. Las entradas estaban agotadas, la expectación llevaba días creciendo y buena parte de las conversaciones de la Feria terminaban desembocando en un mismo nombre: Morante de la Puebla.

Había habido dudas sobre su presencia, rumores y comentarios de todo tipo en los mentideros taurinos, pero Morante llegó a Albacete y ocupó su sitio en el cartel. Sin embargo, conforme avanzaba la corrida comenzó a instalarse una sensación muy distinta a la que se había vivido durante las horas anteriores. La tarde más esperada de la Feria amenazaba con convertirse simplemente en una tarde más, una de esas en las que las expectativas alcanzan una altura que luego la realidad no consigue igualar.

El primer toro de Morante había dejado algunos detalles, porque en sus manos siempre aparece algo capaz de llamar la atención, pero no había sucedido aquello que miles de personas habían ido a buscar. Paco Ureña había tenido delante un buen toro y Borja Jiménez volvía a demostrar capacidad, oficio y disposición, aunque el festejo seguía avanzando sin encontrar ese momento capaz de justificar por sí solo una entrada, una tarde entera de espera y todo lo que se había hablado durante los días anteriores.

Fue entonces cuando salió ‘Chulo’, cuarto toro de la tarde y segundo del lote de Morante, y todo cambió.

Morante comenzó la faena sin prisas, dejando que el toro le enseñara sus posibilidades y construyendo poco a poco una obra que terminaría levantando a toda la plaza. Cuando encontró la distancia y los terrenos adecuados aparecieron varias tandas con la mano derecha y otra al natural en las que el tiempo pareció discurrir de otra manera. Toreó despacio, con profundidad y con esa personalidad que hace que determinados muletazos suyos no se parezcan a los de ningún otro torero.

La Plaza de Toros de Albacete pasó entonces de la expectación a la emoción. El público entendió que estaba asistiendo a algo diferente y la faena fue creciendo hasta provocar una reacción que Morante llevaba muchos años esperando en este coso. No hacía falta conocer todos los secretos técnicos del toreo para percibirlo, porque hay momentos en los que una plaza entera comprende al mismo tiempo que lo que está ocurriendo delante tiene una dimensión especial.

Morante llevaba 28 años de relación con la Plaza de Toros de Albacete desde su debut y nunca había conseguido atravesar a hombros su Puerta Grande. Aquella cuenta pendiente terminó el sábado después de cortar las dos orejas de ‘Chulo’, aunque reducir lo ocurrido a los trofeos sería contar solamente una parte de la historia. Lo importante fue comprobar cómo una plaza llena, que llevaba buena parte de la tarde esperando algo que justificara tanta expectación, terminó completamente entregada al torero.

Durante la vuelta al ruedo fueron cayendo puros desde los tendidos, uno de esos gestos tan taurinos que suelen acompañar a las grandes tardes, mientras los aficionados celebraban lo que acababan de presenciar. Incluso Carlos Herrera, situado en el palco del Ayuntamiento, terminó dejándose llevar por el momento y gritando “¡Viva Morante!” ante una plaza que ya había olvidado las dudas previas, los rumores de los días anteriores y el temor de que aquella tarde no estuviera a la altura de todo lo que se esperaba de ella.

Eso es precisamente lo que tiene el toreo y lo que explica muchas de sus tardes más recordadas. Nadie puede garantizar que vaya a suceder algo extraordinario por mucho que el cartel reúna todos los ingredientes para ello. Se puede llenar una plaza, reunir a las figuras, escoger una ganadería de prestigio y alimentar durante días la expectación, pero después todo depende de unos minutos irrepetibles entre un toro y un torero. La entrada no garantiza la emoción, únicamente ofrece la posibilidad de estar allí si finalmente aparece.

En Albacete apareció el sábado. Morante encontró un toro con posibilidades, lo entendió y consiguió que miles de personas sintieran al mismo tiempo que estaban contemplando una de esas faenas que no necesitan demasiadas explicaciones. Hubo un momento en el que todo lo que se había hablado antes de la corrida dejó de importar, porque la propia faena se encargó de responder a todas las expectativas que se habían generado alrededor de la tarde.

La corrida continuó después. Paco Ureña terminó cortando una oreja y Borja Jiménez también paseó un trofeo tras mostrar durante todo el festejo su disposición. Sin embargo, la tarde ya había quedado marcada por lo sucedido con el cuarto toro, porque hay faenas que cambian la percepción de una corrida y convierten todo lo que viene después en una especie de epílogo de aquello que realmente se recordará.

Dentro de unos años quizá muchos no recuerden con exactitud todos los detalles del cartel, el orden de lidia o lo sucedido con cada uno de los seis toros. Lo que probablemente permanecerá será el recuerdo de una plaza llena, de una tarde que parecía empezar a escaparse entre las manos y de un torero que terminó haciendo que todo cobrara sentido. Porque cuando parecía que no iba a pasar nada en la tarde más esperada de la Feria de Albacete, pasó Morante.

/Fotos: Nestor Robayna/

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Javier Romero

Director y fundador de El Digital de Albacete. Nacido en Albacete. Más de 15 años de experiencia en medios de comunicación en radio, televisión y prensa digital, como Intereconomía radio, Cadena SER, Punto Radio, ABTeVe y VOZ Castilla-La Mancha.
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