Diego Ventura revienta Albacete en la criminal masacre de un indigno Leonardo Hernández

Lidiaron una corrida mutilada de Los Espartales, que dio buen juego, pero que fue desaprovechada por los teloneros de Ventura; Leonardo Hernández, en vías de ser propuesto para sanción tras abusar de un toro al que desangró

Un domingo más, Albacete anunciaba la corrida de rejones de la feria para que los aficionados a los toros puedan descansar y visitar el recinto por la tarde. A cambio, lo de cada año, la ciudad sin ley de los caballos. En el sexto toro había un banderillero apoyado en las tablas con el animal desangrándose en la plaza hablando por teléfono con su ‘Tío Paco’, o eso decía el iPhone. Aquí vale todo y nada está mal. Fiel reflejo de una sociedad buenista como la que tenemos. Una sociedad enferma. Una sociedad que no se hace preguntas y que nada pone en duda. Una patada vital a seguir que condena a las generaciones que vienen por detrás. Si efectivamente transigimos con aquello de que una plaza de toros representa fielmente el estado de forma de una comunidad, nada como agachar la cabeza y asumir que han ganado los malos, aunque se disfracen de positivos y nos tachen a los demás de críticos y, en este mundillo, de talibanes. Vencen aquellos que tienen en la mesilla de noche -donde antes había un libro- un ‘diazepam’ como remedio a la nada más absoluta por la que han decidido conducirse. Esa chusma cuyas vidas van desde el «estoy de lunes» al «ya es viernes» y que cada domingo se juran que «van a dejar de beber». En el toreo, singularmente en el rejoneo, se encierran muchas de estas conductas. Empezando, claro, por el uso y abuso de los animales. Del animal toro, en concreto.

Circunscritas a nuestra tierra, hay dos obras literarias que reflejan perfectamente eso que se hace llamar ‘las dos Españas’, que son igualmente las dos tauromaquias de público y/o afición. «Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón«, escribió Antonio Machado. Aquí tenemos ‘las dos Manchas’, evidentísimas cada tarde de lleno en los toros. Y están en la biblioteca, que es ese lugar que algunos saben que está ahí al lado del pabellón del Parque, enfrente de los Escolapios, pero al que no entran por si acaso aprenden algo. ‘La Manchega’, del Marqués de Molins, y ‘Lo Manchego’, de Luis García-Herráiz. Lo segundo replica a la primera.

El Marqués de Molins, un señorito de cuna que da nombre a la calle más paseada de Albacete, vivió en la ciudad unos pocos años de su infancia. Nació aquí de rebote y señaló en ‘La Manchega’ una serie de añoranzas idílicas y un Albacete de color de rosa. Exactamente igual que pasa con la prensa taurina y el público de aluvión, que ve todo bien, incluso la manipulación de las astas, llevada al extremo en las corridas de rejones. El desconocimiento es la base de ese positivismo: vivir en una realidad paralela. Por ello, García-Herráiz, refugiado en un pseudónimo por miedo a las represalias que pudiera tomar el hidalguito Roca de Togores contra él, publicó ‘Lo Manchego’ tres años después con un objetivo claro: desmontar las tesis del ignorante marqués.

A García-Herráiz, como a algunos aficionados a los toros, le dolía Albacete y el carácter de una parte de sus paisanos. Ese caciquismo, ese señoritismo y, en esencia, una profunda incultura. En cualquier caso, el verdadero valor de aquella obra, a la que tanto le debemos los albaceteños, es la base del amor por su tierra y el deseo por volver a la pureza. Nada hay más positivo que la crítica bien concebida. A eso aspiran siempre estas líneas que firmamos en El Digital de Albacete. Es probable que, a nivel taurino, puedan considerarnos más Sancho Panza que Don Quijote, pero por eso siempre contamos molinos y no soñamos con gigantes que están desquiciando la tauromaquia y reduciéndola a la mínima expresión artística.

Hacía también García-Herráiz una crítica de los hidalgos, que son los hijos de algo. En el toreo, qué vamos a contar, con tanto apellido pomposo que está por lo que está. Aunque allá por dónde mires, te los encontrarás. La galopante ignorancia que va asentándose en el poder. ¿En cuál? En todos. Taurinamente y frente a ellos hay una figura indiscutible, único capaz de convocar a la masa crítica contra ese poder. Me refiero, claro, a Diego Ventura, al que han tratado siempre de demoler los «hermosos» señoritos y sus teledirigidos caciques. En Albacete hemos tenido suerte y esta es su plaza. Salvo Pamplona y Bilbao, todas las plazas de toros del mundo son de Diego Ventura, que hizo acto de presencia montando a Guadalquivir, un alazano careto majestuoso. Lo paró con autoridad y ya se dejó entrever el galope del toro de Los Espartales, de nombre ‘Canastero’.

Metía la cara en la grupa del caballo con una clase tremenda. Ojalá verlo 15 veces con una muleta. Dejó Ventura un único rejón de castigo para dosificar al toro y pasó a las banderillas para hacer lo suyo. A punto estuvo de empotrarse contra el burladero del 8 cuando montaba a ‘Quirico’. Se confío demasiado y acabó pisando el montículo de arena que sustenta la tabla. De milagro. La faena transcurrió con más destellos que brillantez. El toro no dejó de tocar al caballo en cada cite. Con ‘Quitasueños’ sí formó la mundial el rejoneador portugués, ejecutando quiebros imposibles poniendo al caballo casi perpendicular al toro y clavando con decisión, aunque no siempre en lo alto. Epílogo de rosas con ‘Brillante’, que le llegó con mucha facilidad al toro para que Ventura dejase después un rejón de muerte formidable. Dos orejas para él. Nadie se acordó del gran toro de Los Espartales, que quizá mereció la vuelta al ruedo. ¿A alguien le importa el toro en los rejones? A los mismos que ayer con Morante.

En quinto lugar saltó otro toro de Los Espartales de armónicas hechuras y buen galope, pero que también salió abanto y haciéndose el loco. Lo sujetó Diego Ventura con habilidad y quiso ponerle el rejón de castigo a contra querencia y haciendo un quiebro. No lo consiguió a la primera, así que buscó hacerlo al contrario, yéndose el a chiqueros y dejando al toro en la puerta grande. Ahí sí dejó el rejonazo, aunque excesivamente trasero. En banderillas arriesgó mucho con el caballo ‘Oro Negro’, pero el alboroto llegó con ‘Lio’, un clásico de su cuadra, con el que dejó un par al quiebro andándole al toro hacia atrás de enorme exposición. El toro a esas alturas ya era de triunfo y Ventura sacó la artillería. ‘Bronce’ al ruedo y fuera cabezada. Dejó un par llegándole mucho al toro y empezó el show, con el equino tirándole bocados al toro. Después, recorrió el ruedo marcha atrás, como entran los pasos de Semana Santa de vuelta a su templo. La plaza era un manicomio. Lo mató perfecto y la muerte fue solemne: toro y torero enfrentados cara a cara hasta que el primero cayó rodado. Ventura salió doliéndose con el meñique de la mano izquierda totalmente dislocado. Le pidieron el rabo, pero el palco estuvo en su sitio y no se dejó llevar por el triunfalismo. Esto no es una capea. Ojalá hicieran lo mismo con las figuras.

El primer toro se llamaba ‘Caracola’ y parecía hermano de Seve Felipe. Antes de que el luso Rui Fernandes se decidiera a intervenir se había dado ya siete vueltas completas al anillo de la plaza barbeando las tablas y amagando con saltar. Se movió como una vaca vieja, con un ritmo así mortecino, casi al paso. Tardó un mundo el jinete en hacerse presente de verdad e insistió en mover y mover al animal sin dejarlo parar. Para colmo, las cuadrillas, que más que de banderilleros, algunas parecen de temporeros, salieron a jugar un partido de tenis. Se iban pasando con el capote al toro del burladero del 2 al burladero del 10. Y el de Los Espartales, claro, iba poco a poco acusando el Ironbull. Lo mejor de la faena llegó con las banderillas cortas, pero no por la ejecución ni por nada relacionado con el arte de acuchillar al animal, cosa que hace bastante mal, sino por el caballo, un albino de ojos azules, la evolución más pura de los de capa cremella. Se llama ‘Iceberg’ y es una joya genética cuya belleza es difícilmente comparable con nada. Lo mató a lomos del mismo caballo y dejó un rejonazo entero en mal sitio, pero que fue letal. Cayó una oreja que no pidió nadie. Los rejones son la ciudad sin ley del triunfalismo.

El tercer toro era un belleza de hechuras, pero salió muy suelto y buscando el callejón, mucho más despejado que en los días pasados. Volvieron a él, por cierto, las cámaras de Visión Seis. Manda narices que a la única televisión que está todos los días cubriendo la feria taurina le nieguen el acceso los días que vienen otras televisiones a retransmitir los festejos por no se qué derechos. A ver a los caballitos o al novillero de turno no vienen, claro. Vienen a Morante. Negar la información a un medio local es del género tonto y alguien, no sé si depende del alcalde, de la Junta, de la empresa o del juez Peinado, debería acabar con tamaña estupidez. Consiguió Leonardo Hernández acabar encelando al toro, que mostró en los capotazos de los banderilleros que tenía mucha calidad para hacer el toreo. En el examen de fondo físico no llegó a notable el animal, que acabó echándose hasta en dos ocasiones en mitad de la lidia. Tampoco es que el jinete dijera nada con él, fue un trasteo básicamente aburrido. Se atrancó para matarlo y se lió a dar vueltas alrededor del toro buscando el momento de clavar, que encontró tarde, mal y nunca. El toro se echó justo donde estaba el ganadero viendo la corrida y Leonardo Hernández se acordó de la vaca del toro: «Vamos allá, hijo de puta», le dijo. No respetan nada. Para colmo, se fue a los medios él solo sin que nadie le aplaudiera ni le hiciera caso a saludar una ovación que no existió. Este es otro rejoneador hidalgo al que hace ya muchos años que solo le sujeta el apellido.

El cuarto tenía unas hechuras complicadas de ver, con el tamaño de un choto, pero con la badana de un Cuadri. Feo como él solo. Otra vez, Rui Fernandes se dio un paseo con los caballos sin hacer mucho caso del toro y siempre con distancia de seguridad. Tardó una eternidad en clavar el primer rejón y le dio al animal todas las facilidades para no acometer. Sacó en banderillas a un caballo que hacía muchas florituras, pero siempre a veinte metros del toro. No acertó a clavar ningún palo con pirueta incluida. Las banderillas cortas las puso por ponerlas. Tuvo que ir el padre de Diego Ventura a decirle que pusiera un par a dos manos y allá que fue Rui a pedirle permiso a Coy. Y el presidente le debió decir con el gesto que hiciera lo que le diera la gana, pero que se diese prisa, que aquí había venido la gente a ver al otro portugués. El par a dos manos fue un completo desastre y el toro no mató al caballo contra las tablas de purito milagro. Lo peor estaba por llegar, un rejón de muerte a la tercera que cayó a la altura de las costillas por el lado contrario al habitual. Un espanto.

Lo del sexto toro fue criminal. El animal se desangró en los primeros compases de la lidia en banderillas, dejando un reguero de sangre cada vez que se detenía. Amagando con echarse, completamente moribundo. Y allá que siguió clavando con alevosía Leonardo Hernández en un espectáculo deleznable. Cada vez que veo una corrida de rejones me hago más antitaurino, es una masacre lo que hacen con los toros. El público no dejaba de pitar para que matara al toro y él se fue a por otro caballo para seguir poniendo banderillas. Una vergüenza que merece sanción la de este Leonardo Hernández que no debe volver a pisar por aquí. Desde el burladero de la autoridad ya se estaban tomando medidas para sancionarlo y para mandar a revisión los rejones de castigo empleados.

FICHA DEL FESTEJO
Domingo 13 de septiembre de 2026. Albacete. 6ª de la feria de la Virgen de Los Llanos. Lleno. Toros de Los Espartales, mutilados y de buen juego, en general, salvo el 6º, que se desangró en el ruedo.

Rui Fernandes: oreja y silencio.
Diego Ventura: dos orejas y dos orejas con petición de rabo.
Leonardo Hernández: silencio con saludos y bronca.

/Fotos: Nestor Robayna/

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Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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