A las 5.40 de la tarde nos dijo el gerente, infatigable Ángel Gómez, que quedaban 21 entradas por vender para colgar el ‘No hay billetes’. En ese momento apareció Simón Casas por el callejón, con su moreno naval. Albacete interrumpe sus vacaciones en el mar, pero no porque sea empresario sino porque viene como apoderado de Talavante. «Compra las 21 que quedan, Simón, que no digan que se ha llenado por Roca», le dije. Simón Casas, mi mejor enemigo -así me bautizó- se puso a hablarme de cómo cambió el mundo hace 25 años. Dice que lo llamó un amigo que andaba por Nueva York y estaba chillando: «Simón, se caen las togges gemelas». Y Simón, a sus cosas, preocupado por la rueda de prensa que tenía para presentar luego la feria de Zaragoza con el general Patón. «La suspendí, y aún así me insultaron», siempre tan querido el productor, que, pese a la imagen común que pueda tener, es un tipo entrañable y un magnífico conversador. Ha formado un tándem sólido con Manuel Amador y han conseguido rentabilizar la feria. Mañana van a agotar el papel y el domingo con los rejones, también. Un hito que sería histórico. Aprender a robar un banco o crear uno viene a ser lo mismo. En esta industria se cumple la máxima. El toro es la fuente y el resto, caudal, pero aquí lo único que fluye son los billetes a costa de un animal al que mutilan con el consentimiento de aquellos que dicen ser garantes de la ley. Los toros, tanto que se nos llena la boca con la cultura, siguen regidos por Interior. No hay más que encender la tele para ver cómo está Interior… A las 18.00 llegó Amador: ya no quedaban entradas por vender. Empresario contento, ahora había que darle motivos para sonreír al apoderado. Y Samuel Navalón nos puso a todos de acuerdo. La faena de la tarde, de la feria y de muchas ferias, eso sí, llevó el sello de Alejandro Talavante. Una obra deliciosa. Lo que pasó en el quinto toro, un bochorno. Una faena que debería ser precintada e investigada por la UCO y por Asuntos Internos.

El primer toro de Daniel Ruiz conocía ya las plazas de toros. Había estado de sobrero en Sevilla por abril, como siempre reseña el ‘big data’ de Luis Miguel Parrado, catedrático del toro bravo. Normal que fuera sobrero en una plaza que acostumbra a lidiar el toro bonito. Era alto, feo, grandón y desgarbado. Mal presentado en cuanto a belleza, porque tamaño tenía para aburrir, como un delantero yugoslavo. Una birria sin casta ni fuerza. Le duró a Talavante menos que un cigarro. Lo mató al sexto intento y acabó descabellando. Bronca para los dos.

El segundo era el primer remiendo de la tarde, un animal de hechuras hipnóticas. Escurrido y por debajo del trapío que requiere Albacete, sí, pero de una belleza sideral. Acucharado de pitones, fino de cabos y con una cara de bravo que ya se adivinaba por la mañana en corrales. Salió galante, deslizándose por el albero como una culebrilla. Se embebió en el capote de Roca Rey con una calidad, una humillación y una profundidad superlativas. Lo cuajó el peruano con una autoridad y una solvencia abismal. Intercaló verónicas con el compás abierto, otras a pies juntos, chicuelinas, serpentinas y revoleras. Un auténtico alboroto. Se complicó el tercio de varas porque el animal se quedó encelado en el culo del caballo y nadie era capaz de sacarlo del negro beso. Se gastó demasiado el guapo ‘Lastimado’. Como anillo al dedo el nombre. Lo esperó bien en la lidia Viruta para dosificarlo y que se recuperará del esfuerzo, pero después llegó el matador y volvió a enterrar la calidad para hacer esa espantosa noria en varias tandas que no llegaron ni a populistas. Había brindado al público y, de rodillas, cuajado un inicio con espaldinas vibrante y muy comprometido. A Roca Rey, que en sus inicios fue tan asceta como su Santa Rosa de Lima, le queda ya obsoleto el ‘grace under pressure’ de Hemingway. Salvo en Bilbao y alguna tarde aislada, Roca pasa junto al toro y no al revés. A eso añadimos que, a lo largo de sus últimas temporadas, los toros pasan más veces por sus omóplatos que por la barriga. En Albacete fue así. Pases y más pases sin fundamento ni planteamiento. Asfixiando al toro en la cercanía en lugar de darle sitio y distancia para que se viniera al galope. Destacaron un puñado de naturales muy poderosos y de mano baja, pero nada más. Otros cinco pinchazos y ovación final para que justifiquen algunos el precio de la entrada. El toro se fue con las orejas al cielo de los bravos. Uno más, Victoriano del Río.

El tercero de Daniel, otro sobrero de Sevilla, no tan basto como el primero, pero sin decir mucho por su presencia. Con las puntas de los pitones como un pulgar de Óscar Puente. Indigno de presentación, aunque se movió con celo en el capote de Samuel Navalón, que regresó a la feria toreando de rodillas a la verónica con todo el valor por delante. Siguió por chicuelinas y remató con un revolera templadísima que puso en pie a los tendidos. Lo fue mimando en la lidia para no minar ese pequeño resquicio que le iba dando el toro, siempre a más en cada embestida. En un quite por tafalleras fue cogido de manera pavorosa, colgado unos segundos del pitón a la altura del muslo, por la parte trasera. Se repuso y brindó la faena al público para quedarse de rodillas en los medios. Los alardes, convertidos en rutina. Se libró de milagro porque el toro se vino recto y le rozó el bajo vientre. Rápido en vertical, cambiado por la espalda y a torear. Intachable la actitud de Navalón, que cuajó al toro en varias tandas formidables por colocación y ajuste. Se pasó al toro por la faja en el toreo fundamental y, pese a aparentar altísimas revoluciones, fue capaz de templar las embestidas y ajustarse perfectamente al ritmo del toro, algo cambiante y muy a menos. Tenía cierta calidad, pero el fondo de una piscina infantil. Cuando tenía al público en el bolsillo, la traca final. Un arrimón de los de verdad, utilizando el valor para jugarse la vida y no para hacer como que tal y cual. Se dejó llegar al toro hasta quedar su cadera chocando con el testuz del animal, noble hasta decir basta. O noble hasta no decir casta, porque un toro encastado no te deja pisar esos terrenos. Lo mató de una estocada muy contraria, pero letal, al segundo intento y perdió el doble trofeo. Paseó un orejón.

La catarsis llegó con el cuarto, un toro afrodisíaco de Daniel Ruiz. Se llamaba ‘Juguetón’ y fue la perfecta explicación de por qué tantos y tantos criadores de toros bravos han ido a Alcaraz en busca del milagro de la bravura. Bravura en forma de clase y categoría embistiendo. No todos los días se ve a un animal coger los vuelos de una muleta volcando así la cara y haciendo trochas por el ruedo con el morro. Tenía además la hechura del típico toro de Daniel que tantas veces nos ha deleitado en esta plaza. Y es una suerte que un toro así caiga en manos de un torero como Alejandro Talavante, el mayor genio de este siglo vestido de luces. La personalidad es un rasgo en peligro de extinción y al extremeño le supura. Esperó a que el palco regresara de merendar más tarde de la cuenta. Mientras, se fumó medio paquete de Marlboro. Hay toreros que fuman y hay cigarros que se fuman a los toreros. Salió decidido a hacer historia, inspirado desde que vio embestir a ‘Juguetón’ en el primer capotazo. Le sopló media docena de verónicas soberbias, reduciendo la velocidad para probar hasta dónde podía llegar el toro sin soltar el vuelo del capote. Después, un pedazo de quite por chicuelinas rematado por una media tijerilla con el envés del capote rodeando al torero como si fuera una manta en invierno. Brindó al público porque sabía que el de Daniel le iba a regalar esos veinte muletazos para gozar. Empezó de rodillas templando al toro hasta casi llevarlo al paso. Lo sacó por la espalda en un par de ocasiones y coronó el prólogo con una arrucina seca ofreciéndole al toro su alma. Se puso en pie y empezó a decir el toreo con letras de oro y en mayúsculas. No se puede torear mejor ni con tanta creatividad. Le hizo de todo al toro, y se lo hizo a cámara super lenta. Iba ligando muletazos toreando casi con el palillo en perpendicular al suelo con remates para los que todavía no se ha inventado un nombre. Fue una obra maestra, la mejor desde que Alejandro Talavante regresó a los ruedos. Daniel Ruiz, al borde del colapso en el callejón, estaba emocionado viendo cómo cuajaban así a uno de los toros con más clase que ha lidiado en los últimos años. Faltaba un estoconazo para coronar las dos orejas. En otra época hubiera sido de rabo, pero no quedan quien valore lo superior sobre lo bueno. La faena de Talavante fue un hito. Dos pinchazos dejaron todo en una triste ovación. Ni le invitaron a dar la vuelta al ruedo. El toro se marchó en silencio. Todo mal.

Y después, todo peor. De la faena de ensueño de Talavante nos despertó una pesadilla de Roca Rey, que además se empeñó en dejarnos a oscuras. Se negó a salir al ruedo si no le apagan los focos LED que más que alumbrar asustan a la plaza. Con nocturnidad y alevosía trató de indultar a un toro de Daniel Ruiz sin casta alguna, pero repetidor y alegre en la muleta. Estuvo bien Roca durante dos minutos, pero la faena fue tan larga como Ben Hur. Dicen que al salir del cine, le preguntaron a un espectador que qué le había parecido el final de la película. Y contestó: «necesario». Hubo dos tandas de naturales muy vertical y llevándose al toro a la cadera que fueron brillantes, pero el resto de la faena fue una oda a la vulgaridad y al pegapasismo tramposo. Solo jalearon la faena el ganadero y el Niño de Belén. La gente, a oscuras, asistió en silencio a aquel extraño experimento. De repente, y tras una serie de banderazos para acabar tirando la muleta al suelo, explotaron los tendidos y se arrancó una cómica petición de indulto a la que dio coba el propio torero. Hasta el ganadero le pidió que lo matará. Lo hizo de forma horrible, con un metisaca propio de sin caballos. Lo peor estaba por llegar. El presidente Coy, ya con la luz encendida, debió despertarse de la siesta y vio a toda la plaza pidiendo los despojos. Pues allá que fue él y le concedió dos orejas, rebajando el nivel de la plaza de Albacete al fondo marino de Lanzarote, donde solo bucean los perros. Una felonía indigna que merece que alguien tome cartas en el asunto. Los aficionados de Albacete, alguno queda, protestaron ante el ridículo vivido.

El último toro de la tarde era otro remiendo de Victoriano del Río que había estado apartado con algunos de sus hermanos que fueron para Bilbao. Era un tío. Lo recibió Navalón a porta gayola y salió decidido a llevarse hoy todos los titulares. Pero llegó el tercio de varas y la tragedia sobrevoló la plaza. Un año más, un toro enterró el pitón por el único hueco que queda en el peto para que el picador pueda dar espuela al caballo. Se vio al instante la magnitud del percance.

Todos los monosabios del Pimpi quedaron conmocionados, tiraron las varas y asistieron resignados al ensañamiento del toro con ‘Manzanares’, así se llamaba el caballo, que le tiraba bocados como podía al enorme Victoriano que le estaba arrancando la vida. Óscar, el heredero de Juan Cantos, se jugó la vida y se fue a por el toro para tratar de salvar al equino. Cuando terminó la tarde seguían operándolo en la cuadra, pero difícilmente podrá salvar la vida.

Brindó Navalón la faena a Roca Rey, al que agradeció darle la oportunidad de poder torear con él, «un ídolo de la infancia». Después, Navalón terminó de demostrar por qué es el mejor torero y el más valiente de su generación. Una actuación madura, de poderío y de puro valor. Fue poco a poco tragando con el toro de Victoriano, que disipó la mansedumbre y rompió a embestir con casta y mucha exigencia. Un toro muy, pero que muy importante. Navalón estuvo a la altura, no se aburrió y consiguió momentos de gran toreo, bajando mucho la mano y llevando siempre al toro cosido a la muleta. Amenizado todo por el pasodoble de Javier López Galiacho, emocionado también en el callejón. Precioso pasodoble, dicho sea de paso. Falló Navalón con la espada y se le cerró la puerta grande.

FICHA DEL FESTEJO
Viernes 11 de septiembre de 2026. Albacete. 4ª de la feria de la Virgen de Los Llanos. Lleno de ‘No hay billetes’. Toros de Daniel Ruiz y Victoriano del Río (2º y 6º), desiguales de presentación y de juego variado. Los mejores, el excelente 2º, el categórico 4º el noble 5º y el muy bravo 6º.
Alejandro Talavante: pitos y ovación
Roca Rey: ovación y dos orejas protestadas
Samuel Navalón: oreja y ovación.
/Fotos: Nesgtor Robayna/









































































