Miles de kilómetros, caminos prácticamente intransitables, comunidades indígenas y una forma de vivir la fe muy distinta a la que conocemos en Albacete. Lo que comenzó como un viaje desde la Diócesis de Albacete ha terminado convirtiéndose para un grupo de albaceteños en una experiencia que, según reconocen, les ha obligado a mirar de otra manera lo que tienen, lo que viven y hasta su propia fe. El destino ha sido Guatemala y algunas de sus comunidades más alejadas.
Nueve albaceteños, acompañados por el sacerdote y delegado de Misiones de la Diócesis de Albacete, Fernando José Zapata, y la secretaria de la Delegación, Pilar García, viajaron durante el pasado mes de agosto hasta Guatemala en una experiencia que les ha transformado. Un viaje que nació con un propósito concreto: conocer de primera mano la realidad en la que desarrollan su labor los misioneros vinculados a la diócesis albaceteña y compartir durante varias semanas su vida y su misión.
Guatemala no ha sido un destino escogido al azar. La Diócesis de Albacete ha contado históricamente con una importante presencia misionera en el país, entre ellos destacan las figuras de Heliodoro Picazo, Alfonso Ruescas, y actualmente, Jesús González, joven misionero laico con quien la expedición tuvo la oportunidad de reunirse.

Precisamente, la experiencia comenzó a gestarse tiempo atrás a partir del contacto con el padre Heliodoro Picazo, misionero regresado que actualmente se encuentra en La Herrera y que desarrolló durante muchos años su labor en tierras guatemaltecas. “Todos los años en las Delegaciones de Misiones de toda España van surgiendo lo que llamamos ‘Verano de Misión’, especialmente destinado a trabajar experiencias misioneras con jóvenes”, explicaba el sacerdote Fernando José Zapata.
En esta ocasión, la expedición misionera se desplazó hasta la parroquia de San Pedro Mártir, situada en Poptún, en plena selva del Petén. Una parroquia con una realidad difícil de imaginar desde Albacete, ya que cuenta con cerca de 70 comunidades, muchas de ellas indígenas y algunas situadas a 50 o 60 kilómetros y a varias horas de distancia por caminos en unas condiciones muy complicadas.

Comunidades indígenas de Guatemala donde un sacerdote puede tardar meses en llegar
Durante su estancia en Guatemala, el grupo se dividió en dos para poder convivir durante varios días con las distintas comunidades. Un viaje que no ha sido una simple visita turística ni un recorrido por los lugares más conocidos del país. Los albaceteños han tenido la oportunidad de adentrarse en comunidades alejadas, quienes les abrieron las puertas de sus casas y compartieron con ellos su vida cotidiana.
“Nosotros vamos a buscar a Dios y a encontrarlo allí”, recordaba Zapata que les explicaba a los integrantes de la expedición de la Diócesis de Albacete antes de comenzar esta experiencia ante las expectativas personales que planteaba la aventura. Sin embargo, el viaje terminó adquiriendo un significado diferente al que algunos habían imaginado: “Pensábamos que íbamos a llevar a Dios y descubrimos que Dios estaba allí”, relataba a El Digital de Albacete.

La realidad que encontraron fue la de comunidades que, en algunos casos, pueden pasar entre cuatro y cinco meses sin recibir la visita de un sacerdote. Allí, los misioneros acompañan a los fieles, celebran los sacramentos, visitan a los enfermos y atienden las necesidades pastorales de unas comunidades enormemente dispersas. Una especial situación en la que juegan un papel fundamental los laicos, quienes no dudan en ayudar en las tareas que precisa la comunidad.
En algunas de estas comunidades hay familias que todavía conservan tradiciones y creencias mayas y donde una parte de la población ni siquiera habla castellano. En una de ellas, recordaba la secretaria de la Delegación de Misiones, Pilar García, que “el 80% de sus habitantes” no utilizaba esta lengua.
“Nos teníamos que separar en dos grupos porque la gente nos acogía en sus propias casas”, explicaba, destacando el carácter acogedor, abierto y altruista que demostraron estas comunidades. De hecho, recordaba que durante su estancia tuvieron la oportunidad de visitar varias comunidades y compartir momentos que jamás olvidarán con niños, jóvenes, familias, mayores, enfermos, catequistas…

La sorpresa de los albaceteños
Una de las grandes conclusiones del viaje ha sido precisamente la que menos esperaban. El grupo llegó con la intención de compartir, acompañar y ayudar, pero sus integrantes aseguraban haber regresado con la sensación de haber recibido mucho más de lo que llevaron.
“Fuimos allí a darles muchas cosas y nos encontramos con que es al revés, con que te lo dan todo ellos”; resumía Fernando José Zapata. Y es que la acogida fue, según ambos responsables de la Delegación de Misiones de la Diócesis de Albacete, uno de los aspectos que más les impresionó: “Nos han acogido como si fuéramos uno más de ellos”, señalaba el sacerdote.

Pilar García recordaba especialmente cómo fue cambiando de forma progresiva la relación con los miembros de una de las comunidades que visitó este grupo de albaceteños. “Al principio, apenas levantaban la mirada”, porque no sabía quiénes eran aquellos visitantes, pero días después la situación cambió por completo. “Tras tres días allí te daban abrazos y besos”, relataba la albaceteña, incidiendo en la hospitalidad y el carácter cercano de quienes han abierto su vida de par en par para acoger a estos misioneros de Albacete.
Para García, la experiencia demuestra hasta qué punto la presencia, la escucha y el cariño pueden convertirse en una forma de misión. “Muchas veces los gestos y la atención a la gente pueden hacer mucho”, explicaba.
Una lección de fe a miles de kilómetros de Albacete
Esta experiencia también les ha permitido compartir una manera de vivir la fe muy diferente a la que se conoce en la Diócesis de Albacete. Mientras que en Albacete el acceso a la Eucaristía puede formar parte de la vida cotidiana, algunas de estas comunidades guatemaltecas apenas cuentan con unas pocas celebraciones al año. Al respecto, señalaba Pilar García que “nosotros tenemos la suerte de tener Eucaristía todos los días del año; ellos no. Ellos a lo mejor tienen cuatro al año”.

Sin embargo, a pesar de esa dificultad, los laicos mantienen vivas sus comunidades. Se forman como catequistas, cuidan a los enfermos, organizan celebraciones de la Palabra y mantienen espacios de oración como la Hora Santa.
“Nos ha impresionado muchísimo cómo allí los laicos se forman, cómo tiran hacia adelante para que sus comunidades sigan vivas”, explicaba Pilar García. Y esa capacidad de perseverar es precisamente una de las enseñanzas que los albaceteños aseguran haberse traído de vuelta a casa.
Pero hay además una palabra que ha quedado especialmente grabada en Fernando José Zapata: “animar”. Al respecto, compartía que “nos decían que les teníamos que animar, y ha sido al revés, ellos han sido quienes nos han animado y alentado a nosotros”. Y es que aseguraba el sacerdote que han regresado de Guatemala con las pilas cargadas.

La historia de una niña que dejó sin palabras a este sacerdote de Albacete
Entre las experiencias vividas durante el viaje hay algunas que permanecerán especialmente grabadas en la memoria y en el corazón de sus protagonistas. Para Fernando José Zapata, una de ellas fue el bautismo de 23 niños en una misma ceremonia; otra de ellas está relacionada con las confesiones, a las que acudían numerosos jóvenes y niños.
Sin embargo, hubo una conversación que, reconocía el sacerdote albaceteño, le dejó sin palabras. Una niña de unos 16 años se le acercó para contarle que no sabía cómo conseguir que sus padres perdonaran. En este punto, compartió con él que “cuatro meses antes habían asesinado a su hermano y el presunto asesino seguía en la calle”.

La joven no hablaba solamente del dolor de la pérdida. Hablaba también de la dificultad de sus padres para perdonar. Entonces le explicó al sacerdote qué había ocurrido con ella.
“Me dijo: ‘Le he pedido a Dios que me ayude a perdonar y desde entonces puedo respirar. Sé que no me va a quitar el dolor por la pérdida de mi hermano, pero puedo respirar’”, recordaba. Para Zapata, aquel encuentro resume en buena medida la profundidad de una experiencia que va mucho más allá de un viaje o de una acción de voluntariado.
Por su parte, Pilar García también ha quedado especialmente marcada por las historias de las familias que conocieron, algunas atravesadas por situaciones de enorme dureza, y por la manera en que esas personas afrontan el sufrimiento desde la fe y la comunidad. Además, exponía que la esperanza de vida es considerablemente inferior a la que existe en España y la diabetes, una enfermedad con tratamiento en nuestro país, constituye uno de los principales problemas sanitarios que encontraron.

La misión que vuelve a Albacete con una nueva mirada
La experiencia vivida en Guatemala no se queda únicamente en el recuerdo de quienes participaron en el viaje. A su regreso a Albacete, la Delegación de Misiones quiere dar continuidad a lo aprendido allí y poner en marcha un proyecto destinado a formar agentes de pastoral en las comunidades que visitaron.
La iniciativa busca preparar a catequistas, ministros de la Comunión y otros laicos para que puedan asumir responsabilidades pastorales y mantener viva la vida de las comunidades cuando el sacerdote no pueda desplazarse hasta ellas. “Como cada vez tenemos menos vocaciones, tenemos que también un poco los laicos intentar tirar para adelante y ayudar a nuestros sacerdotes para que, al final, nuestra Iglesia siga viva”, explica Pilar García.

Una iniciativa que nace del proyecto planteado por el párroco de San Pedro Mártir. Antes de viajar, Fernando José Zapata reconoce que lo veía inicialmente como una petición de ayuda económica más. Sin embargo, conocer directamente la realidad de las comunidades hizo que cambiara su perspectiva.
“Cuando hemos estado allí la perspectiva ha cambiado porque te das cuenta de que necesitas esa formación, que necesitas formar a laicos”, señalaba. Una necesidad que, además, conecta con una realidad que también perciben en la Diócesis de Albacete: la importancia de contar con laicos preparados que puedan colaborar activamente en sus parroquias y ayudar a los sacerdotes allí donde no pueden llegar.

“Valorar todo lo que tenemos”: lo que los albaceteños de esta experiencia misionera
El regreso a Albacete ha dejado una conclusión compartida en todos los integrantes de esta experiencia misionera: valorar de otra manera aquello que en el día a día puede darse por hecho.
“Valorar todo lo que tenemos, empezando por la Eucaristía”, resume Pilar García. La experiencia también les ha llevado a reivindicar la importancia de la formación y del compromiso con quienes tienen alrededor. Porque, según explican, no es imprescindible viajar miles de kilómetros para descubrir la misión.

“Muchas veces no tenemos que ir tan lejos para darnos cuenta de que hay muchos enfermos, mucha gente sola en las casas sin visitar”, subrayaba Pilar García. Una idea que también comparte Fernando José Zapata. Su recomendación para quienes quieran acercarse a una experiencia misionera comienza, precisamente, mucho más cerca de casa: la parroquia.
“La primera animación es que se acerque a la parroquia, que empiece a rezar, que empiece a poner a Dios en medio”, reconocía. Desde ahí, sostiene, pueden empezar a aparecer otras palabras como el perdón o el servicio y, poco a poco, descubrir realidades que también están presentes en Albacete. Y es que cerca de nosotros también “hay niños que lo están pasando mal, hay familias rotas, hay jóvenes que están sufriendo. Eso está a nuestro alrededor y está aquí en Albacete, en cualquier pueblo, en cualquier rincón de cualquier barrio”, explicaba.

Una experiencia que quieren repetir y que recomiendan vivir a los albaceteños
A pesar de las dificultades del viaje, el balance de los participantes ha sido tan positivo que ya piensan en repetir la experiencia. “De los 11 que hemos ido, todos decían: podíamos quedarnos otra semana, podíamos organizarlo otra vez el año que viene”, relataba Zapata. Para él, no hay demasiadas dudas sobre si recomendaría una experiencia de este tipo. “No lo recomiendo al cien por cien, sino al mil por mil”, concluía.

Quizá por eso, cuando hablan de Guatemala, ya no lo hacen como quien cuenta un viaje que queda atrás. Lo hacen como quien habla de algo que se ha quedado dentro. Porque entre caminos imposibles, comunidades alejadas, abrazos de personas a las que acababan de conocer y testimonios de una fe vivida en condiciones que para ellos eran inimaginables, estos once albaceteños han descubierto que la misión también consiste en dejarse transformar.
“Pensábamos que íbamos a llevar a Dios y descubrimos que Dios estaba allí esperándonos a nosotros”. Una frase que, al regresar a Albacete, resume mejor que ninguna otra lo que se han traído de Guatemala: la certeza de que, a veces, para cambiar la mirada sobre la propia vida hay que estar dispuesto a salir de casa, cruzar miles de kilómetros y dejar que sean otros quienes nos enseñen lo que de verdad importa.














/Fotos cedidas: Delegación de Misiones de la Diócesis de Albacete/

