Alberto González aseguró tras la derrota ante el Real Oviedo que estaba “muy contento” con el partido de su equipo. La frase sorprende, no porque un entrenador tenga que salir a destruir públicamente a sus futbolistas cada vez que pierde, sino porque cuesta reconocer en esas palabras lo que realmente se vio sobre el césped del Carlos Belmonte.
El Albacete no cayó después de dominar durante largos tramos, ni después de encerrar al Oviedo, ni después de generar una colección de ocasiones que permitieran hablar de mala suerte. Tampoco transmitió la sensación de haber llevado el partido hacia donde quería. Lo que dejó fue otra cosa: un equipo con dificultades para construir, con poca claridad en campo contrario y con demasiados momentos en los que parecía esperar a que ocurriera algo en lugar de provocar que ocurriera.
Un cambio de sistema que no solucionó el problema
Alberto sí movió piezas. Después de apostar en las dos primeras jornadas por una estructura con tres centrales y dos laterales largos, ante el Oviedo regresó a una defensa de cuatro. Jesús Vallejo, titular en los dos primeros encuentros, comenzó esta vez en el banquillo. Era un cambio importante y, en teoría, una forma de buscar una versión diferente del equipo.
Sin embargo, el problema de fondo siguió siendo prácticamente el mismo. El Albacete tuvo dificultades para sacar el balón con claridad, le faltó velocidad en la circulación y volvió a mostrar muy poca continuidad en campo contrario. El dibujo cambió, pero las dudas permanecieron.
El Oviedo tuvo más balón durante buena parte del encuentro y el Alba esperó con las líneas más retrasadas que en las dos primeras jornadas. Esa decisión puede formar parte de un plan perfectamente válido si después existe una idea clara para hacer daño al recuperar la pelota, pero ese segundo paso apenas apareció. El equipo encontró alguna acción aislada, algún ataque puntual y algún momento en el que logró estirarse, pero nunca consiguió transmitir una sensación sostenida de peligro.
Faltaron ideas con balón
Ese fue probablemente el principal problema del Albacete. Cuando tenía la pelota, demasiadas veces daba la sensación de no saber cómo progresar. Faltaron apoyos, movimientos entre líneas, cambios de ritmo y mecanismos que permitieran superar la primera presión del Oviedo.
No fue únicamente una cuestión de precisión técnica. Hubo momentos en los que directamente faltó una idea reconocible. El equipo circulaba, retrocedía, volvía a empezar y terminaba buscando soluciones demasiado previsibles. Si el rival cerraba determinados espacios, el Alba tenía muy pocas respuestas alternativas.
Y eso, después de tres jornadas, empieza a ser una cuestión que merece atención. No porque la temporada esté sentenciada ni mucho menos, sino porque todavía cuesta identificar qué quiere ser este equipo cuando tiene que llevar la iniciativa.
La lesión de Munir tampoco puede explicarlo todo
La retirada de Munir en el minuto 17 condicionó el partido. Era su debut, había comenzado con un vendaje en el muslo izquierdo y tuvo que abandonar el terreno de juego después de sentir molestias. Perder tan pronto a uno de los futbolistas llamados a marcar diferencias afecta a cualquier planteamiento.
Pero tampoco puede utilizarse como explicación para todo lo demás. El problema del Albacete no empezó ni terminó con la lesión de Munir. Ya antes el partido había sido plano, con mucho respeto por parte de ambos equipos y muy poca producción ofensiva. Y después de su salida tampoco apareció una versión especialmente más ambiciosa.
El Alba siguió teniendo dificultades para encontrar espacios y para generar situaciones de ventaja. El Oviedo se sintió cómodo durante demasiados minutos y el equipo de Alberto nunca consiguió darle al encuentro una velocidad o una agresividad suficiente como para cambiar esa dinámica.
Por eso cuesta entender el “muy contento”
Es posible que Alberto González viera aspectos internos que desde fuera no se perciben de la misma manera. Puede estar satisfecho con determinados comportamientos defensivos, con la actitud de algunos futbolistas o con la ejecución de alguna idea concreta trabajada durante la semana. Todo eso forma parte del análisis de un entrenador.
Pero cuando la valoración general es estar “muy contento”, cuesta no preguntarse si esa lectura es demasiado complaciente. Porque el Albacete volvió a ofrecer una imagen muy pobre con balón, volvió a generar poco y volvió a dejar más preguntas que respuestas.
Un entrenador no tiene obligación de salir a pedir perdón después de cada derrota. Tampoco tiene que señalar futbolistas ni alimentar un clima de crisis cuando apenas se han disputado tres jornadas. Pero reconocer que el equipo estuvo lejos de su mejor nivel no debería ser un problema. Incluso puede ser una forma de mandar un mensaje de exigencia.
Tres jornadas y una identidad todavía por construir
El Albacete ha utilizado ya dos estructuras distintas en este inicio de Liga. Primero llegaron los tres centrales y los laterales largos. Después, ante el Oviedo, apareció la defensa de cuatro y Vallejo perdió la titularidad por primera vez esta temporada.
Alberto está intentando encontrar la fórmula que mejor encaje con su plantilla, pero el partido de este sábado deja claro que la solución todavía no ha aparecido. El sistema puede cambiar, pero el equipo sigue necesitando más claridad, más continuidad y más ideas cuando tiene que atacar.
La temporada acaba de empezar y hay margen de sobra para corregir. Precisamente por eso resulta difícil compartir una lectura excesivamente positiva de lo ocurrido. El Albacete no estuvo cerca de su mejor versión y el cambio de dibujo tampoco consiguió darle una identidad más clara.
Por eso, después de escuchar que Alberto González estaba “muy contento”, la pregunta resulta inevitable: ¿pero qué partido has visto, Alberto?


