Trastos a la fuga: Román busca capotes en el triunfo de Rubén Pinar y Cristian Pérez en Casas Ibáñez

Siete orejas cortó la terna a una interesante y seria corrida de La Quinta, que lidió varios toros de gran interés

El despeje de plaza, el paseíllo y los actos protocolarios fueron de los más particulares en una tarde agradable hasta decir basta en Casas Ibáñez por las fiestas de San Agustín. Los caballos soltaron lo más grande por vía rectal, desbocados por el ruedo. Hasta que consiguieron poner aquello en orden pasaron unos minutos con los toreros esperando. Antes de cambiar la seda por el percal, minuto de silencio, gloria a Manolete, y cada uno a calentar. Entonces se arrancó el himno de España, con matadores y cuadrillas desperdigadas por la plaza. Se paró cada uno donde estaba, como hacen los yankis cuando escuchan sus notas marciales allí donde les pilla. Para entonces, la sorpresa entre bambalinas no era la chapuza, ni siquiera que las entradas de 70 pavos -barreras de sombra- fueran un solarium VIP en La Manchuela. Había carreras y caras de preocupación entre los hombres de Román, que no encontraban las llaves de la furgoneta. Tampoco sabían dónde estaban los capotes. Se habían quedado todos dentro encerrados, con el calor que hacía. Tuvieron que pedirle a Pinar y a Cristian que compartieran trastos. Tu capa es la mía. Al final, a Román le llegaron a tiempo las herramientas, gracias a un paisano generoso que acudió con la radial a hacerle el MTV tunning a la fragoneta. Problemas, soluciones.

El primero de La Quinta era precioso, cárdeno con los bajos claritos y acucharado de pitones, algo bizco del izquierdo. Un toro que entra por los ojos. Salió muy suelto, barbeando las tablas y haciéndose el loco cuando lo llamaban. Estuvo muy hábil con él Rubén Pinar, que tiene un máster en gestión bovina. Hizo todo a favor del animal, que se movió sin estilo y con poquita entrega. Resolutivo con el capote y profesional con la muleta después de brindar al público la faena. Ligó tandas por ambos pitones anticipándose siempre a los cambios de comportamiento del ‘santacoloma’, que fue noble y poco más. Lo mató con habilidad y cortó una oreja.

El segundo apretó mucho en el caballo de Chocolate, que estuvo valiente en la pelea y acabó por los suelos. De milagro no acabaron destrozando las tablas entra la fuerza del fortísimo toro de La Quinta y el peso del caballo, que para la portada de Horse’s Health todavía no está listo. Complicó la vida a los banderilleros, especialmente a Gómez Escorial, que tuvo que huir al sprint en dos ocasiones y se libró de milagro. Desarrolló sentido a la velocidad de la luz y llegó intoreable a la muleta. Ni un pase tenía. Los trastos llegaron a tiempo, pero no hicieron falta. Se puso imposible incluso para entrar a matarlo. Siquiera a cazarlo. Pasó un mal rato Román, que tiene también un doctorado en hacer frente a criaturas del averno. Este de La Quinta recordó a algunos toros de la familia Conradi que también deben de salir. Estos toros también engrandecen la fiesta, porque nos retrotraen a tiempos en los que todos o casi todos era así. Los toreros de entonces no soñaban el toreo ni disfrutaban en la cara de los animales. Eran otros tiempos. ¿Mejores? No lo sé, pero Román hubiera funcionado entonces igual que funciona ahora. Acabó descabellándolo al borde del tercer aviso. Le habría venido fenomenal la radial de La Ibañesa para que no se dilatase tanto la muerte.

El tercero era un toro para casi cualquier plaza de segunda, serio, con longitud de pitón, los dos hacia delante, y largo como él solo. Un torazo que salió además apretando en el capote de Cristian Pérez, que brilló por la inteligencia y la capacidad para encelarlo en las telas sin alterarse demasiado. Lo colocó con facilidad en el caballo, pero fue horriblemente picado. Arregló algo la cosa la excelente lidia de un pedazo de torero como es Álvaro Oliver. Brindó la faena Cristian a José Antonio Camacho, presente en una barrera del tendido cuatro. De categoría, míster. Antes le había pegado dos verónicas sensacionales en un quite breve, pero intenso. Gran toro para la muleta, tanto para el aficionado como para el torero, aunque no en la misma medida. Embistió con emotividad y con poder, aunque fue pegajoso y no terminó de irse nunca de la muleta. Tampoco Cristian consiguió vaciar los muletazos, pese a que fueron todos muy limpios. Faena intermitente basada en la ambición y las ganas de demostrar que va poco a poco depurando su concepto. No es fácil toreando tan poco y conviviendo siempre con hierros de lava. Fue listo para ligar muletazos sin dejar que el toro parara, lo que hizo crecer la faena en intensidad. Remató la faena con un estoconazo formidable. Hubiera sido de premio gordo de no ser porque fue al segundo intento. Antes dejó una muy trasera, pero aun así el palco atendió la doble petición. Gran ovación al otro en el arrastre.

El cuarto era un tren. Un toro que podría salir perfectamente en dos semanas en Albacete. Serio, muy armado y rematadísimo. Fue un prodigio de clase, aunque siempre muy dormidito en la embestida. Se lo hizo todo perfecto Rubén Pinar, que consiguió reducir la embestida y relajarse haciéndolo girar hasta la cadera. Mis ojos vieron una faena elegante y delicada, pero mis oídos escucharon la resurrección por un día de Manolete. Un coro de partidarios del de Tobarra jalearon la faena hasta quedarse sin voz. No gritaban los olés, expelían jabón como los niños que lloraban viendo pasar a la Macarena. Combinaban el agua y ese bien ronco que parece el balido de una oveja. La gente estaba más pendiente de los niños cantores que de la gran faena que ejecutó el matador manchego, que cortó dos rotundas orejas tras una estocada letal. El toro fue también de bandera, embistiendo siempre a los vuelos, sin necesidad de toques. Le ayudó también tener delante a Rubén Pinar, que llega a otra feria de Albacete preparado para volver a subirse al carro.

El quinto, otro toro precioso, cárdeno claro casi blanco, de una proporción lineal como diseñado por arquitectos, que es en cierto modo a lo que aspira llegar la alquimia ganadera. Tenía los pitones destrozados de haberse peleado contra las tablas en los corrales, misma actitud que tuvo en el ruedo, llegando con todo a las tablas. Lo cuidaron desde el principio, órdenes de Román. El puyazo de Francisco de Borja fue perfecto, en el sitio y medido. Brindó la faena al público y estuvo siempre por encima del toro, que se quedaba corto en las embestidas y le costaba romper. Román le hizo las cosas fenomenal, dándole distancia y sitio para buscar que, con la inercia del movimiento, se fuera un poco más allá de la muleta. Al final lo consiguió, porque el animal embestía con todo, incluido el freno de mano. Cuando fue capaz de liberarlo es cuando pudo torearlo a placer. Toro interesante, que no perdonaba errores y que exigía máxima concentración. Gran nivel el mostrado por el espada valenciano, que estará en la primera corrida de la feria y que viene de ser el gran triunfador de la feria de San Isidro en Madrid. Lo mató perfecto, echando la muleta abajo y dejando que el toro diera el primer paso. Entonces, al encuentro, enterró el acero hasta la misma cruceta. El toro se tragó la muerte y resistió con una bravura admirable, hasta el punto de necesitar varios golpes de descabello que enfriaron la petición. Todo quedó en una oreja.

El sexto era otra cosa. Era muy feo, básicamente. Quizá debió haberse quemado de eral porque nadie podría advertir que esos pitones hacia abajo y para adentro acabarán siendo dignos de colgarse en un salón. Era además alto y largo, ni siquiera bonito. Eso que ahora llaman tener lujo. Fue un toro intenso en sus embestidas, vendido caro cada viaje hacia el toreo. Pudo lucir Cristian Pérez a la verónica con varios lances quedándose muy quieto. Brindó al público y se fue peleando con el animal hasta conseguir alargar el viaje, tan cortito y peligroso. Toro de examen final en cuarto de Tauromaquia. Cristian está recién salido de selectividad y le debe servir este para seguir madurando y adquiriendo técnica, oficio y conocimiento. Valor y hambre le sobran. No se aburrió ningún momento buscando limpiar cada muletazo y por momentos lo consiguió. Repitió función con la espada. Pinchazo, primero, y estocada fulminante, de segundo.

FICHA DEL FESTEJO
Viernes 28 de agosto de 2026. Plaza de toros de Casas Ibáñez (Albacete). Media plaza. Toros de La Quinta, muy bien presentados y de juego dispar, destacando el bravo y dulce 4º, y el exigente 5º.

Rubén Pinar: oreja y dos orejas.
Román: silencio tras dos avisos y oreja.
Cristián Pérez: dos orejas y oreja.

Mapfre

Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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