Conviene empezar por donde hay que empezar para que la crítica sea justa. Olatz Rivera Olmedo no se equivocó al obligar a Víctor San Bartolomé a permanecer fuera del terreno de juego durante la acción que precedió al 2-1 de la UD Las Palmas. Puede parecer una norma injusta, puede generar situaciones tan discutibles como la vivida por el Albacete Balompié en Gran Canaria y seguramente dará mucho que hablar durante esta temporada, pero la colegiada aplicó el protocolo que tiene encomendado.
Dicho esto, la actuación de Rivera dejó muchísimo que desear en otros aspectos del encuentro. Lo preocupante no fue una gran decisión imposible de resolver ni un partido convertido en una batalla, sino precisamente lo contrario: Las Palmas-Albacete fue un choque bastante limpio, sin grandes conflictos entre futbolistas y sin una tensión extraordinaria, y aun así la árbitra transmitió durante demasiados momentos la sensación de no tener controlado el criterio con el que estaba dirigiendo.
Ese es probablemente el aspecto que más debería preocupar después de su actuación en el Estadio de Gran Canaria. Un árbitro no demuestra autoridad inventándose tarjetas rápidamente ni interviniendo constantemente, sino consiguiendo que los 22 futbolistas sepan qué está permitido, qué no y dónde se encuentra el límite. Rivera no consiguió transmitir esa seguridad y acabó complicándose un encuentro que, desde el punto de vista arbitral, no parecía destinado a presentar demasiadas dificultades.
En el 2-1 acertó Rivera, aunque la norma resulte difícil de entender
La jugada que más indignación provocó entre los albacetistas necesita una explicación diferente porque aquí cargar contra la colegiada sería injusto. Las Reglas de Juego 2026/27 establecen que un jugador de campo cuya lesión provoque que el partido sea detenido, o que necesite reconocimiento o tratamiento dentro del terreno de juego, debe abandonarlo y permanecer fuera hasta que haya transcurrido un minuto desde la reanudación, salvo una serie de excepciones expresamente contempladas.
Eso es lo que explica que Víctor San Bartolomé estuviera fuera del campo mientras el Albacete defendía con diez hombres en los instantes finales. Lluís López reconoció después del encuentro que, «a nivel de norma», la acción estuvo «bien ejecutada», aunque considerase difícil de comprender que un futbolista que había recibido realmente un golpe terminara perjudicando de esa manera a su equipo.
El propio San Bartolomé fue todavía más claro al explicar que no pretendía perder tiempo, sino que realmente había recibido un golpe y en un primer momento no podía continuar. «La norma dice que tienes que salir un minuto» y «te condiciona mucho», señaló el centrocampista, que terminó calificando personalmente como «muy injusta» una situación que resultó determinante por producirse precisamente en los últimos instantes del encuentro.
Por tanto, aquí el debate debería dirigirse fundamentalmente hacia la norma y sus consecuencias, no hacia Rivera. Una regla concebida para combatir las pérdidas deliberadas de tiempo puede terminar dejando con diez jugadores a un equipo cuyo futbolista realmente ha recibido un golpe, y eso abre un debate evidente sobre si el remedio puede generar situaciones competitivamente más injustas que aquellas que pretende solucionar.
El agarrón a Carlos Neva sí deja muchas más dudas
Mucho menos defendible fue lo ocurrido durante la primera mitad en el área de Las Palmas. Carlos Neva fue objeto de un agarrón cuando trataba de acudir al remate de un balón servido desde la derecha, una acción en la que el defensor local utilizó claramente los brazos para impedir la progresión del futbolista del Albacete.
La intensidad del contacto siempre puede alimentar el debate habitual sobre cuánto debe existir para señalar penalti, pero precisamente ahí está una de las obligaciones del arbitraje: mantener un criterio reconocible. Rivera dejó continuar y el VAR tampoco consideró que existiera un error claro y manifiesto que justificara la intervención, por lo que la jugada terminó sin castigo para Las Palmas pese a dejar suficientes argumentos para la protesta albacetista.
Además, la acción contrastó especialmente con el listón disciplinario que la colegiada había colocado durante otras fases del encuentro. Si se decide intervenir con enorme severidad en disputas ocurridas a 50 metros de la portería, resulta difícil entender que después se permita dentro del área una utilización de los brazos mucho más evidente y con unas consecuencias potencialmente mucho mayores.
Demasiadas tarjetas para buscar una autoridad que no llegó
La primera señal preocupante había aparecido ya en el minuto 17. Sergio Ortuño vio la amarilla por una acción sobre Jefté en el centro del campo que difícilmente parecía tener la entidad necesaria para estrenar tan pronto el capítulo disciplinario, pero Rivera optó por mostrar una tarjeta que condicionaba al centrocampista del Albacete durante prácticamente todo lo que quedaba de partido.
Kirian recibió otra amarilla pocos minutos después y en el 29 llegó la de Víctor San Bartolomé, nuevamente en una disputa en la zona central y después de una acción en la que el futbolista albacetista había llegado incluso a tocar el balón. Más que conseguir autoridad, la acumulación temprana de amonestaciones empezó a transmitir la impresión contraria: que Rivera necesitaba recurrir a las tarjetas para intentar obtener un control del partido que todavía no había conseguido mediante su criterio.
No se trata de pedir que un árbitro guarde las tarjetas en el bolsillo independientemente de lo que ocurra. Se trata de comprender que la autoridad arbitral también consiste en saber cuándo una acción merece una amonestación, cuándo basta una falta y cuándo incluso es conveniente dejar jugar, algo especialmente importante en una categoría tremendamente física como Segunda División.
Por momentos dio incluso la sensación de que el nivel de intervención aumentaba dependiendo de la reacción en la grada que generaba cada acción. Un colegiado tiene que ser capaz de aislarse de los decibelios que llegan desde la grada y aplicar exactamente el mismo criterio en las dos direcciones, porque de lo contrario los jugadores comienzan rápidamente a detectar incertidumbre y el partido puede acabar convirtiéndose en algo mucho más difícil de dirigir de lo que realmente era.
Un partido que pedía tranquilidad, no protagonismo
Las Palmas-Albacete no fue un encuentro especialmente complicado para un árbitro. No hubo una sucesión de entradas violentas, enfrentamientos constantes, tanganas o momentos de una tensión extraordinaria que exigieran tomar decisiones disciplinarias al límite. Hubo fútbol, disputas normales de un partido de Segunda División y alguna acción controvertida que cualquier colegiado de la categoría tendrá que resolver prácticamente cada jornada.
Precisamente por ello la actuación resulta más preocupante. Rivera pareció incómoda durante distintos momentos de un partido que pedía fundamentalmente tranquilidad, un criterio estable y capacidad para dejar jugar, y convirtió varias acciones relativamente sencillas en decisiones que terminaron provocando protestas y aumentando innecesariamente la temperatura del encuentro.
Eso no significa que todo lo que perjudicó al Albacete fuera responsabilidad arbitral. Los blancos defendieron mal los dos goles, cometieron errores evitables y desaprovecharon varias ocasiones clarísimas para empatar antes del minuto 84, por lo que sería absurdo utilizar a Rivera como explicación de una derrota que también tuvo numerosas causas futbolísticas.
Pero una cosa no elimina la otra. El Albacete pudo hacer más para llevarse algo de Gran Canaria y Olatz Rivera pudo arbitrar bastante mejor.
Segunda División va a exigir mucho más
Rivera cuenta con una trayectoria arbitral importante, es internacional y pertenece al grupo Élite de UEFA, además de haber dirigido durante los últimos años encuentros de máxima exigencia en el fútbol femenino y haber dado ya pasos dentro de las categorías masculinas nacionales. La propia RFEF la designó hace apenas unos meses para dirigir la final de la Copa de la Reina en este mismo Estadio de Gran Canaria.
Precisamente por ese currículum cabe exigirle mucho más de lo mostrado en este Las Palmas-Albacete. Segunda División es una categoría en la que habrá estadios llenos, jugadores permanentemente al límite, partidos decisivos, protestas, tensión clasificatoria y encuentros que exigirán al árbitro una combinación especialmente difícil de encontrar: contundencia para tomar decisiones y templanza para no convertirse en protagonista.
En Gran Canaria faltó especialmente lo segundo. Si un partido relativamente limpio y sin una dificultad arbitral extraordinaria terminó haciéndose grande por momentos, queda mucho margen de mejora antes de afrontar encuentros en los que realmente haya que apagar incendios.
La temporada no ha hecho más que comenzar y los árbitros, exactamente igual que futbolistas y entrenadores, pueden corregir errores y crecer con el paso de las jornadas. Olatz Rivera necesitará hacerlo porque la categoría le va a exigir mucho más. En el episodio de San Bartolomé cumplió correctamente una norma discutible y sería injusto cargarle ese problema, pero en el agarrón sobre Neva, en el manejo de las tarjetas y, sobre todo, en la gestión general del encuentro dejó una actuación demasiado discreta para el nivel que requiere el fútbol profesional.


