Amianto: el material cancerígeno que pone en alerta a Albacete, La Gineta y Barrax por un gran vertedero

El peligro se produce principalmente cuando se liberan fibras y son inhaladas

Durante décadas estuvo sobre nuestras cabezas sin que apenas se hablara de él. Se utilizó para fabricar cubiertas, depósitos de agua, tuberías, bajantes y conductos de ventilación. Era barato, resistente, aislaba del calor y soportaba el fuego. Sus propiedades lo convirtieron en uno de los materiales más habituales de la construcción durante buena parte del siglo XX.

Ahora ha vuelto a situarse en el centro del debate en Albacete. Como ha publicado El Digital de Albacete, una empresa pretende construir un depósito con capacidad para casi 300.000 toneladas de residuos con amianto entre Albacete y La Gineta.

La Junta de Comunidades ha abierto durante 30 días hábiles el periodo de información pública de la solicitud de Autorización Ambiental Integrada y del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto, situado en el paraje de La Castra, entre Albacete, La Gineta y Barrax, aunque perteneciente al término municipal de la capital.

Pero ¿qué es exactamente el amianto?, ¿por qué es peligroso?, ¿dónde puede encontrarse todavía? y ¿qué ocurre con él cuando es retirado?

Un mineral natural formado por fibras diminutas

El amianto, también denominado asbesto, es el nombre utilizado para identificar un grupo de minerales naturales con estructura fibrosa. No se trata, por tanto, de un producto químico inventado en una fábrica, sino de un material extraído de la naturaleza que fue incorporado posteriormente a miles de productos industriales y constructivos.

La peculiaridad que lo hace peligroso se encuentra en sus fibras. Cuando un material que contiene amianto se rompe o se manipula, esas fibras pueden dividirse longitudinalmente hasta alcanzar un tamaño extraordinariamente pequeño, incluso cientos de veces inferior al original. Esa capacidad facilita que permanezcan suspendidas en el aire y puedan ser inhaladas.

Existen seis variedades reguladas. La más utilizada históricamente fue el crisotilo, conocido como amianto blanco, aunque también se emplearon la crocidolita, denominada amianto azul, y la amosita o amianto marrón. La Organización Mundial de la Salud considera cancerígenas todas las variedades, incluido el crisotilo.

¿Por qué se utilizó tanto?

El amianto reunía características muy apreciadas por la industria: era resistente al calor, al fuego, a la abrasión y a determinados agentes químicos, funcionaba como aislante térmico y acústico, tenía baja conductividad eléctrica y, además, resultaba económico.

Estas propiedades explican que se utilizara masivamente en España durante el siglo XX. Su empleo quedó totalmente prohibido en diciembre de 2002, pero la prohibición no hizo desaparecer los millones de elementos instalados durante las décadas anteriores.

El producto más extendido fue el fibrocemento, una mezcla de cemento y fibras de amianto. Todavía puede encontrarse en placas onduladas o planas de tejados y fachadas, conducciones de agua, bajantes, depósitos, chimeneas y conductos de climatización.

También apareció en falsos techos, protecciones contra incendios, aislamientos, frenos, embragues, calderas, hornos, instalaciones ferroviarias, barcos y algunas pinturas o materiales plásticos fabricados antes de su prohibición.

El peligro está en las fibras que llegan al aire

La presencia de una antigua cubierta de fibrocemento no implica automáticamente que las personas situadas cerca estén inhalando amianto. El riesgo depende del estado del material y de su capacidad para liberar fibras al ambiente.

Un elemento que permanece en buen estado, sin perforaciones, roturas o deterioro visible, no presenta el mismo riesgo que una placa envejecida, fragmentada o sometida a obras. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo señala que los materiales instalados antes de la prohibición pueden permanecer hasta el final de su vida útil siempre que estén bien conservados y no exista riesgo de liberación de fibras.

La situación cambia cuando se corta, lija, taladra, golpea o rompe el material. También aumenta el peligro durante una demolición, al desmontar una cubierta deteriorada o al retirar escombros después de un incendio o un derrumbe.

Las fibras desprendidas pueden resultar imperceptibles a simple vista. Al ser inhaladas, pueden alojarse en los pulmones, atravesar membranas y depositarse en otras partes del organismo.

Cáncer de pulmón, mesotelioma y asbestosis

La exposición al amianto se encuentra relacionada con enfermedades de especial gravedad. Puede provocar cáncer de pulmón, cáncer de laringe, cáncer de ovario y mesotelioma, un tumor poco frecuente pero muy agresivo que afecta principalmente a la membrana que recubre los pulmones o la cavidad abdominal.

También puede causar asbestosis, una fibrosis pulmonar crónica producida por la acumulación de fibras en los pulmones. Esta enfermedad va reduciendo progresivamente la capacidad respiratoria y no tiene un tratamiento que revierta el daño pulmonar ya ocasionado.

A estas patologías se suman las placas pleurales, la fibrosis pleural difusa y otros daños respiratorios. La combinación entre exposición al amianto y consumo de tabaco incrementa especialmente el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón.

La OMS calcula que la exposición laboral al amianto provoca más de 200.000 fallecimientos anuales en todo el mundo y representa más del 70% de las muertes por cáncer relacionadas con el trabajo. El peligro se produce principalmente cuando se liberan fibras y son inhaladas.

Enfermedades que pueden tardar décadas en aparecer

Uno de los aspectos más inquietantes del amianto es el largo periodo que puede transcurrir entre la exposición y la aparición de la enfermedad.

Una persona pudo trabajar con este material durante los años setenta, ochenta o noventa y comenzar a sufrir sus consecuencias mucho tiempo después. Algunas patologías relacionadas con el amianto tienen periodos de latencia de hasta 40 años.

Esta circunstancia explica que, pese a llevar prohibido más de dos décadas, todavía continúen diagnosticándose enfermedades relacionadas con antiguas exposiciones laborales.

Los sectores históricamente más afectados han sido la construcción, los astilleros, la industria ferroviaria, la fabricación de fibrocemento, el mantenimiento industrial y las demoliciones.

Retirar una cubierta no es un trabajo doméstico

Encontrar placas que puedan contener amianto no significa que deban desmontarse inmediatamente ni que cualquier particular pueda retirarlas por su cuenta.

Romperlas, cortarlas para transportarlas o arrojarlas a un contenedor convencional puede liberar fibras y poner en riesgo tanto a quien realiza el trabajo como a otras personas próximas.

La normativa establece que los trabajos con amianto deben ser ejecutados por empresas especializadas inscritas en el Registro de Empresas con Riesgo por Amianto, el RERA. La retirada exige además un plan de trabajo previamente aprobado por la autoridad laboral y la aplicación de procedimientos destinados a reducir al mínimo la exposición.

Los materiales deben desmontarse evitando su rotura, acondicionarse, embalarse, etiquetarse y transportarse como residuos peligrosos hasta una instalación autorizada.

¿Por qué se necesitan depósitos específicos?

La prohibición del amianto impide fabricar o comercializar nuevos productos, pero no elimina el instalado durante décadas. A medida que las construcciones envejecen y se reforman, aumenta la cantidad de placas, tuberías y otros elementos que deben retirarse.

Cuando un material con amianto alcanza el final de su vida útil, debe gestionarse como residuo peligroso. No puede abandonarse en el campo, depositarse en un contenedor de escombros ni mezclarse con residuos ordinarios.

Ese es el contexto en el que aparece el proyecto de La Castra. La documentación plantea nueve vasos con capacidad conjunta para aproximadamente 279.989 toneladas, una entrada estimada de 11.200 toneladas anuales y una vida útil de 25 años. El promotor calcula el tránsito de entre seis y siete camiones por jornada de actividad.

Los residuos previstos serían fundamentalmente elementos de fibrocemento no friable que tendrían que llegar embalados, encapsulados, precintados y sin posibilidad de manipulación directa dentro del recinto. Las cargas con embalajes dañados no deberían ser admitidas.

El debate abierto en Albacete

La necesidad de retirar y gestionar correctamente el amianto no elimina el debate sobre dónde deben situarse estas instalaciones, qué capacidad deben tener o cómo puede afectar su actividad al territorio.

En el caso de La Castra, las principales dudas se centran en el transporte por carretera, la proximidad de explotaciones agrícolas, la posible dispersión de polvo o fibras, los accesos de los camiones y el impacto sobre el paisaje y la economía rural.

El órgano ambiental ha exigido analizar especialmente la presencia de cultivos de pistacho ecológico en el entorno, instalar puntos de muestreo ambiental y estudiar las rutas utilizadas para transportar una mercancía considerada peligrosa.

El proyecto no está aprobado definitivamente. La información pública permitirá presentar alegaciones y, posteriormente, la Junta deberá decidir si emite una Declaración de Impacto Ambiental favorable, si impone nuevas condiciones o si considera que la ubicación y las medidas planteadas no resultan adecuadas.

El amianto, por tanto, representa una doble realidad. Es un material que debe desaparecer progresivamente de edificios e infraestructuras por sus graves efectos para la salud, pero su retirada genera toneladas de residuos peligrosos que deben ser transportados, controlados y almacenados con unas garantías especialmente estrictas.

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Javier Romero

Director y fundador de El Digital de Albacete. Nacido en Albacete. Más de 15 años de experiencia en medios de comunicación en radio, televisión y prensa digital, como Intereconomía radio, Cadena SER, Punto Radio, ABTeVe y VOZ Castilla-La Mancha.
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