Hay historias que necesitan años para poder contarse completas. Decisiones que en el momento en que se toman parecen casi rutinarias y que solo mucho tiempo después revelan su verdadera importancia. Y hay coincidencias tan rotundas que cuesta considerarlas simples casualidades. España tiene ya dos estrellas sobre su escudo, dos Mundiales separados por dieciséis años, varias generaciones de futbolistas y una profunda transformación dentro de la Selección, pero existe un hilo que une las dos noches y que conduce directamente hasta Albacete.
En la primera estrella no hubo que buscar demasiado. Se vio en directo ante cientos de millones de personas. Andrés Iniesta, nacido en Fuentealbilla, apareció en el minuto 116 de la final contra Países Bajos, recibió el balón de Cesc Fàbregas y golpeó con la derecha para marcar el gol más importante de la historia del fútbol español. España ganó 1-0 y se proclamó campeona del mundo por primera vez.
En la segunda, la huella albaceteña estaba mucho más escondida. Para encontrarla hay que retroceder hasta 2013, entrar en los despachos de la Real Federación Española de Fútbol y detenerse en otro hombre nacido en la provincia de Albacete: Ginés Meléndez. Aquel año buscaba un entrenador para la Selección Sub-19 y, tras estudiar distintas posibilidades y pedir referencias, terminó reuniéndose con un técnico riojano que llevaba alrededor de año y medio sin dirigir a ningún equipo. Se llamaba Luis de la Fuente. Meléndez decidió contratarlo.
El acuerdo inicial era de apenas tres meses. Trece años después, aquel entrenador ha llevado a España a ganar su segundo Mundial.
De Fuentealbilla al minuto 116
Para comprender la dimensión albaceteña de esta historia hay que volver primero a Sudáfrica. España nunca había ganado un Mundial y ni siquiera había disputado una final. El equipo dirigido por Vicente del Bosque llegó al partido decisivo de Johannesburgo después de eliminar consecutivamente a Portugal, Paraguay y Alemania, siempre por 1-0, y al otro lado esperaba Países Bajos.
Pasaron los 90 minutos sin goles y también buena parte de la prórroga. El encuentro parecía encaminado a los penaltis hasta que apareció Iniesta. Fernando Torres puso el balón en el área, la defensa neerlandesa despejó, España recuperó la posesión y Cesc Fàbregas encontró al manchego entrando por la derecha. Iniesta controló y cruzó el disparo ante Maarten Stekelenburg. Gol.
Aquel instante convirtió para siempre a un pequeño municipio de la provincia de Albacete en parte de la historia del fútbol mundial. Iniesta había nacido en Fuentealbilla el 11 de mayo de 1984, había pasado por las categorías inferiores del Albacete Balompié antes de marcharse a La Masia y, curiosamente, había debutado con la Selección absoluta precisamente en el Carlos Belmonte, el 27 de mayo de 2006. Cuatro años después sería el hombre que marcaría el tanto que dio a España su primera estrella.
Desde aquella noche, el primer Mundial español quedó unido para siempre a Albacete.
El otro albaceteño de esta historia
Lo que nadie podía imaginar entonces es que la provincia volvería a aparecer años después en la genealogía de la segunda estrella. Esta vez no sería mediante una jugada sobre el césped, sino a través de una decisión tomada lejos de los focos.
El protagonista es Ginés Meléndez, nacido en Los Chospes, pedanía perteneciente al municipio albaceteño de Robledo, en 1950. Su nombre quizá nunca haya tenido entre el gran público la dimensión mediática de los grandes futbolistas o seleccionadores, pero su influencia en el fútbol de formación español ha sido enorme.
Entrenador, profesor y formador de técnicos, Meléndez desarrolló buena parte de su carrera ligado a las categorías inferiores de la Federación. Ocupó distintas responsabilidades, entre ellas la dirección técnica del fútbol base, la coordinación de las selecciones nacionales y la dirección de la Escuela Nacional de Entrenadores durante doce años. Permaneció 17 años en la estructura federativa y fue una de las figuras clave en la construcción de un modelo que convirtió a España en una referencia internacional en la formación de futbolistas y entrenadores.
Su trayectoria habla por sí sola. Como seleccionador conquistó los Europeos Sub-19 de 2006 y 2011 y participó durante años en la formación de generaciones de jugadores que terminarían dando el salto al fútbol profesional y a la Selección absoluta. La propia Federación ha destacado en distintas ocasiones su papel como uno de los hombres que ayudaron a construir el modelo de cantera español.
Pero entre todas las decisiones que tomó durante su larga etapa en Las Rozas hay una que, vista con la perspectiva del tiempo, adquiere una dimensión enorme.
Una vacante en la Sub-19 que cambiaría la historia
El año era 2013. Julen Lopetegui había dado el salto a la Selección Sub-21 y había que buscar a un nuevo técnico para hacerse cargo de la Sub-19. Ginés Meléndez, entonces responsable del fútbol base de la Federación, comenzó a estudiar distintas opciones.
Entre los nombres que manejó estuvo el de Fernando Morientes, aunque el exfutbolista se encontraba entonces ligado al Real Madrid y no podía asumir el puesto. Meléndez recurrió después a Iñaki Sáez, histórico entrenador de la Federación y ex entrenador del Albacete Balompié, una persona de enorme experiencia en el fútbol español, para pedirle consejo. Sáez le dio un nombre: Luis de la Fuente.
Meléndez no se conformó con aquella primera referencia. También consultó a Pablo Blanco, responsable de la cantera del Sevilla, club en el que De la Fuente había trabajado anteriormente, y las opiniones volvieron a ser positivas. Quedaba la última parte del proceso: conocer personalmente al entrenador.
Luis de la Fuente viajó a Madrid, se reunió con Ginés Meléndez y el albaceteño decidió darle una oportunidad. El contrato inicial era de solo tres meses para hacerse cargo de la Selección Sub-19. Probablemente nadie podía imaginar entonces hasta dónde iba a llegar aquella decisión.
De tres meses a campeón del mundo
De la Fuente llegó a la Federación lejos de los grandes titulares y en un momento complicado de su carrera como entrenador. Había pasado alrededor de año y medio sin dirigir después de su etapa en el Deportivo Alavés y no pertenecía al grupo de técnicos que copaban las portadas deportivas.
Sin embargo, aquella primera oportunidad terminó convirtiéndose en el inicio de una larga trayectoria dentro de la Federación. En 2015 conquistó el Europeo Sub-19 con una generación en la que ya aparecían futbolistas como Rodri Hernández, Mikel Merino o Unai Simón, jugadores que años después volverían a coincidir con él en la Selección absoluta.
El camino, no obstante, no fue siempre ascendente. España atravesó posteriormente varias campañas complicadas en las categorías inferiores y De la Fuente vivió momentos de incertidumbre. Fue entonces cuando Ginés Meléndez volvió a aparecer.
El albaceteño no solo había sido quien le abrió la puerta de la Federación. También fue uno de los hombres que respaldaron su continuidad cuando los resultados no acompañaban. Meléndez mantuvo su confianza en el entrenador riojano y, antes de abandonar la RFEF, impulsó además su salto hacia la Selección Sub-21. El tiempo terminó dando una dimensión extraordinaria a aquella apuesta.
De la Fuente conquistó el Europeo Sub-21 de 2019, obtuvo la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio y, en diciembre de 2022, fue elegido seleccionador absoluto tras la salida de Luis Enrique. A partir de ahí comenzó la etapa que terminó confirmando todo lo que Ginés Meléndez había visto años atrás.
La Eurocopa que confirmó la apuesta
España llegó a la Eurocopa de 2024 sin aparecer para muchos entre las grandes favoritas. Se marchó de Alemania como campeona después de completar un torneo prácticamente perfecto.
La Selección superó a Croacia, Italia y Albania en la fase de grupos, eliminó a Georgia en octavos, dejó fuera a Alemania en la prórroga de los cuartos de final y derrotó a Francia en semifinales. En la final, disputada en Berlín, España se impuso por 2-1 a Inglaterra gracias al gol de Mikel Oyarzabal en el minuto 86.
Era la cuarta Eurocopa de la historia para España y suponía también la consagración definitiva de Luis de la Fuente al frente de la Selección absoluta.
Aquel técnico que había llegado once años antes a Las Rozas con un contrato inicial de tres meses ya era campeón de Europa. Y en la primera casilla de aquella larga trayectoria seguía apareciendo una decisión tomada en 2013 por Ginés Meléndez.
La segunda estrella
Pero todavía faltaba un capítulo para que esta historia terminara conectando de manera casi perfecta con aquella noche de Andrés Iniesta en Johannesburgo. El Mundial de 2026.
España llegó al torneo celebrado en Estados Unidos, México y Canadá como campeona de Europa y terminó alcanzando algo que hasta entonces solo había ocurrido una vez en toda su historia: volver a disputar una final de la Copa del Mundo.
Dieciséis años después de Sudáfrica, España volvía a encontrarse a un solo partido de una estrella.
Esta vez ya no estaba Andrés Iniesta sobre el césped, pero en el banquillo se encontraba Luis de la Fuente, el entrenador al que Ginés Meléndez había abierto las puertas de la Federación trece años antes.
La Selección volvió a proclamarse campeona del mundo y añadió la segunda estrella a su escudo. El círculo quedaba así cerrado de una manera difícil de imaginar cuando aquel técnico riojano llegó a Madrid para mantener una reunión con el responsable albaceteño del fútbol base federativo.
Mucho más que un fichaje
Reducir la importancia de Ginés Meléndez únicamente al hecho de haber contratado a Luis de la Fuente sería, sin embargo, quedarse en la superficie. Su influencia dentro del fútbol español fue mucho más profunda y estuvo ligada a una manera concreta de entender la formación.
Durante años trabajó para conseguir que las categorías inferiores compartieran una misma filosofía y que los entrenadores no funcionaran como compartimentos aislados. Los técnicos colaboraban entre ellos, pasaban de dirigir una categoría a ayudar en otra y compartían conocimientos sobre jugadores, sistemas de juego y metodologías. Era una escuela de futbolistas, pero también una escuela de entrenadores.
Y Luis de la Fuente fue uno de los ejemplos más claros de ese modelo. Llegó para entrenar a la Sub-19, ascendió posteriormente a la Sub-21 y terminó tomando las riendas de la absoluta. Cuando España volvió a proclamarse campeona del mundo en 2026, llevaba más de una década creciendo dentro de aquella estructura.
Hay además otra conexión extraordinaria. Lionel Scaloni, seleccionador argentino y rival de España en la final mundialista, también se formó como técnico en la Escuela Nacional de Entrenadores de la Federación durante la etapa de Ginés Meléndez. Entre sus profesores estuvo precisamente Luis de la Fuente.
La final del Mundial de 2026 terminó enfrentando, por tanto, a dos entrenadores vinculados de una u otra manera con aquella escuela y aquel modelo de formación en el que Ginés Meléndez tuvo un papel fundamental durante años.
De Fuentealbilla y Los Chospes a la cima del fútbol mundial
Quizá esa sea la verdadera dimensión de esta historia. España tiene dos Mundiales y Albacete aparece en ambos, aunque de formas completamente distintas.
La primera estrella nació de una acción que duró apenas unos segundos. Un pase de Cesc Fàbregas, un control de Andrés Iniesta y un disparo que atravesó la portería neerlandesa antes de hacer estallar a todo un país. El protagonista era un futbolista nacido en Fuentealbilla y formado en sus primeros pasos en el Albacete Balompié.
La segunda necesitó muchos más años para poder entenderse desde su origen. Una vacante en las categorías inferiores, varias llamadas, una recomendación, una reunión y la decisión de un albaceteño llamado Ginés Meléndez de dar una oportunidad a Luis de la Fuente.
El fútbol recuerda sobre todo los goles porque son los momentos en los que todo se hace visible. Mucho menos visibles son las decisiones tomadas años atrás, cuando todavía no existen copas que levantar ni millones de personas pendientes de un partido.
Por eso la huella de Albacete en los grandes éxitos recientes de la Selección española tiene dos caras muy distintas. La de Andrés Iniesta es una imagen eterna, la del balón entrando en la portería de Johannesburgo. La de Ginés Meléndez es mucho más silenciosa: confiar en un entrenador, respaldarlo y ayudar a construir una estructura de formación que terminó llevando a ese técnico hasta el banquillo de la campeona del mundo. Una ocurrió bajo todos los focos. La otra comenzó lejos de ellos.
Pero hoy, con dos estrellas sobre el escudo de España y una Eurocopa conquistada entre ambas, las dos historias pueden contemplarse juntas. De Fuentealbilla salió el hombre que marcó el gol del primer Mundial y de Los Chospes salió el hombre que un día decidió darle una oportunidad al entrenador que terminaría conquistando el segundo.
Los grandes éxitos de la Selección española tienen muchos nombres, muchos protagonistas y muchos lugares detrás. Pero hay uno que aparece una y otra vez en los momentos que cambiaron su historia: Albacete.

