San Fermín, ocaso de la tauromaquia que fue

Cuernos y Escarnios, por Julio Martínez Romero

Fue Paco Camino uno de los primeros en rebelarse contra aquello de que el toreo es “una fiesta”. Cuando se habla de ‘la fiesta’ como concepto o sinónimo de ‘el toreo’ o ‘la tauromaquia’, se puede entender bien que se refiere a lo que pasa en el ruedo. No obstante, los calificativos de fiesta nacional están cada vez más desvirtuados. Plazas de toros convertidas en escenarios y toreros, en showmans para el deleite de los que se cobijan en la nueva moda. “Vamos a los toros porque está de moda”, genial. En el caso de Madrid, esta ralea de viceversos travestidos de pijillo y niños ricos han conseguido que Las Ventas sea ya una suerte de Bernabéu. A las botellas de agua hay que quitarles el tapón para entrar y si te llevas la merienda y algo para pasar la tarde, te lo quitan. Que, mira tú, hay tardes de toros que solo salvan los estupefacientes. Cada día más, por cierto. Imagina que pasa esto en Albacete y nos quitan la merienda.

El único lugar del planeta de los toros donde no pasan estas cosas es en Pamplona, que cada julio celebra la feria del Toro, San Fermín, en la que todo importa menos el toro y el torero. Cachondeo a precio de calimocho y buen rollo, más allá de la caterva de terroristas sin picadores que, por suerte, todavía no han debutado. Esperemos que no lo hagan nunca y su mayor delito sea sacar pancartitas de ‘Puta España’. Quid pro quo: ‘Puta ETA’. El caso es que la plaza se llena cada tarde, pase lo que pase en el ruedo, y todos los días hay triunfo, con o sin orejas. ¿Dónde está el problema? Todo es un problema. El toro ya ha perdido su lugar: se están lidiando corridas indignas de presentación y afeitadas hasta los tobillos. Los toreros han entendido eso que se dice la idiosincrasia de la plaza, que en Pamplona es idiotincrasia. Cuanto peor lo hagas y más defectuosa sea la estocada, mayores serán las probabilidades de triunfo. Hasta el antitaurino Cayetano cortó un día cuatro orejas. 

Y el problema es que nadie alza la voz porque eso da dinero y genera rendimientos. Una tauromaquia idiotizada que se ha convertido en una fiesta. La fiesta del torero y del borracho de turno que se devora a sí mismo. Ya no hay filtros, baremos o escalafones. Todo vale con tal de cortar las orejas. Todo vale para cortar las orejas. La fiesta de los despojos. Por ello, hay muchas plazas, pueblos, provincias y empresarios que han decidido que Pamplona es el ejemplo a seguir: plazas llenas, bolsillos más llenos todavía, nulo feedback del que paga, gente contenta –en el sentido etílico del término- y toreros cada vez más baratos. Y el motivo es bien evidente. Si conseguimos que las plazas se llenen porque sí, dará igual anunciar a tal o cual torero. La cantidad suicidará a la calidad.

En el momento en el que una figura, o mal llamada figura, quiera imponer un caché o unos requisitos, el empresario le dirá que hay otro torero que llenará la plaza igual por la mitad de sus honorarios. El sueño de los empresarios. Y caeremos en las ferias de relleno, véase el caso de Pamplona, que tiene la misma repercusión en la temporada que la clase práctica de Alcadozo por San Isidro. De Pamplona trasciende el encierro, carrera para corredores. Los eyaculadores precoces de los 100 metros cornudos. Dicen que los encierros son aburridos, que ya no son lo que era. Coño, pues no los veáis. Yo no veo ni medio festejo de San Fermín desde hace años, salvo cuando me llevaron de despedida de soltero y acabamos bebiendo de la bota de los macarras y sacando a hombros a Morante. Este año me han pedido que narre los encierros en la radio y me ha servido para que me contraten de speaker en los tanatorios. Aparte de la anécdota, lo triste. Si bien la tauromaquia va perdiendo poco a poco sus grandes feudos y los aficionados van desechando plazas y ahorrando costes en la temporada, dichos feudos y dichas plazas se van llenando cada vez más de otro tipo de público que asiste a un espectáculo en las antípodas del que era. Fútbol con balón de rugby.

Se queja la mayoría de que los encierros ya no molan. ¿Y las corridas sí molan? Toros afeitados por doquier, salvo cuando torean los tiesos. Animales casi casi amaestrados, con sospechas de haber bebido también de la nevera abertzale. Toreros cortados todos por el mismo patrón, tramposos, ventajistas y pésimos estoqueadores. Palcos presidenciales vendidos al empresario de turno y productores encantados de haberse conocido y de ganar dinero a costa de escupir en un espectáculo que ya ha perdido su componente cultural. Cada feria que se sucede en la temporada va firmando una nueva capitulación. No caben más esquelas en los libros de historia del toreo. Valencia fue de las pocas que salvó el honor en las Fallas. Fue triunfador Samuel Navalón, por cierto, que vuelve este sábado a torear allí. Lo contará El Digital de Albacete, siguiendo como siempre y en exclusiva a los toreros locales allá donde hagan el paseíllo. 

La feria de abril de Sevilla fue un bochorno de dimensiones desconocidas hasta ahora. Decir que la salvó Morante es como asegurar que Messi salva a esta Argentina mundialista choricera, que gana cuando el árbitro le da las orejas. Argentina es un poco San Fermín, buen marketing que ampara todas las trampas que pueden existir. Y si hace falta, inventan otras. San Isidro en Madrid terminó de reventar el tontómetro que se ha impuesto en la tauromaquia. Más puertas grandes que botellines, más público que nunca y récord en ridículos por tarde. Hubo quienes se dieron de hostias en el tendido porque uno le vomitó encima a otro. La plaza de Potahontas. Pamplona hace ya que se perdió. Bilbao, con los ‘Choperras’, es el Racing de Santander de Dmitri Piterman. 

¿Albacete? Mantiene el tipo, aunque, como denunciamos a menudo, ha perdido el impacto extramuros. Su rigor es una montaña rusa en función de cómo tenga el día el desnortado palco. Su exigencia, una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Veremos hasta cuándo. Es cuestión de tiempo que las empresas se conviertan en policías bolivarianas y empiecen a someter y a perseguir a los aficionados que los pongan contra el espejo de su infamia. Mientras se siga censurando al que sabe y premiando al ignorante, las plazas serán una Oficina de Artes Escénicas de Badajoz plagadas de santaollalas y nachosabades. Los que queramos toros recurriremos a la nostalgia y a Paco Camino. El resto irán a la fiesta, que ha transmutado en estúpida prioridad nacional: “bever los toros”. San Fermín está a años luz de la tauromaquia que fue. Y la que es intenta ser San Fermín. Cojo un muelle, lo tiro por el retrete…

Julio Martínez Romero

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Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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