((En gimnasia tenías tu gracia moviéndote al ritmo del balón, y cada mañana en tu cama morías de ganas de ser siempre el campeón Campeón – Ellos))
Que en el Mundial en el que hasta tres jugadores llevan ya siete goles en su cuenta a falta de otros tres hipotéticos partidos, si es que prosperan; y sin embargo el ‘Pichichi’ sea el presidente del país que acogerá la finalísima de dentro de un par de semanas, no deja de ser disruptivo.
Ocurre que el que es matón en clase es, qué duda cabe, mucho más matón en el patio del recreo. Ocurre también que a uno no termina de dársele bien el matonismo, por mucho ADN que tenga, si no lleva del brazo a un bufón comparsa que le ríe la gracia aunque no se la haga.
Y así es como la dupla formada por Donald Trump y Gianni Infantino está haciendo sonrojar al planeta fútbol a lo largo de todo el torneo.
La primera colleja del matón reída por el bufón fue la prohibición a la selección de Irán de instalar su campamento base en Arizona, como estaba previsto, obligándoles a trasladarse a Tijuana, como quien esconde la basura debajo de la alfombra.
Los primeros incidentes dejaron de ser anecdóticos cuando llegaron los segundos. En suelo estadounidense, jugadores de las selecciones de Uzbekistán se vieron sometidos a controles y registros solo a la altura de acusados de terrorismo. Uno a uno, los jugadores y el cuerpo técnico bajaron del autobús para ser examinados por policías primero y olisqueados por perros policía después. Era el principio.
Casi coincidiendo en coordenadas y minutero, Aymen Hussein, capitán y estrella de la selección de Irak, se enfrentó a una retención ilegal y a un interrogatorio ante agentes migratorios que se alargó durante más de seis horas en el aeropuerto de Chicago. No pudo poner el pie en suelo norteamericano hasta que le hubieron registrado desde la galería del móvil hasta los cordones de las zapatillas. El fotógrafo del equipo, también sometido al tercer grado, tuvo que volverse a su país.
Los controles policiales medidos y dirigidos se cebaron también con la selección de Senegal, con un control circense en plena pista de despegue de uno de los aviones que les tenía que trasladar al césped del primer partido.
Mientras tanto, Omar Abdulkadir Artan, el mejor árbitro de toda África, de pasaporte somalí, no llegó a ver el sello del águila impreso en su pasaporte. Un profesional que, pese a su juventud, ha llegado a lo más alto de su disciplina a nivel contintental.
Incidentes, por llamarlos de algún modo, que se entienden en el caso del matón, no así en el del bufón. Porque es el mismo que a pocos días del Mundial de Rusia, ocho años ha, defendió hasta el hartazgo que cualquier selección, su plantel técnico y sus aficionados deberían poder circular libremente por territorio ruso, condición imprescindible para que el torneo se celebrara.
Por todo lo anterior, no es de extrañar que el bufoncillo haya dado el gusto a su matón de mover los hilos suficientes para rearbritrar el partido que Estados Unidos jugó contra Bosnia para retirarle la tarjeta roja a la estrella del equipo, Folarin Balogun. Y, también por todo lo anterior, confieso aquí el placer de todos y cada uno de los cuatro goles que Bélgica coló en la portería de las barras y las estrellas. Confieso, además, el gozo de ver a los belgas, sabiéndose ya vencedores, imitar sobre el césped el bailecito de Donald Trump. Por confesar, confieso la gracia que me hace pensar que el pelo de fuego del mandatario es apagado por la colita del Manneken Pis, reescribiendo así la leyenda de la estatuilla más famosa de Bruselas.
Humberto del Horno

