Tarazona de la Mancha no es solo conocida por su célebre carnaval o por sus fiestas tradicionales. Durante décadas, el acordeón ha ocupado un lugar privilegiado en la vida social del municipio, convirtiéndose en la banda sonora de bailes populares, verbenas, reuniones familiares y celebraciones patronales.
Antes de la llegada de los equipos de sonido y las grandes orquestas, el acordeón era uno de los instrumentos más apreciados en los pueblos manchegos. Su capacidad para interpretar melodías y acompañamientos al mismo tiempo lo convertía en el compañero ideal de los bailes populares. En Tarazona de la Mancha era habitual que un acordeonista animara fiestas en casas, patios, salones o plazas. Pasodobles, jotas, y valses formaban parte del repertorio que hacía bailar a jóvenes y mayores.

Una tradición transmitida entre generaciones
Si la tradición del acordeón sigue viva en Tarazona de la Mancha es gracias a Antonio González ‘Colorín’, que ha vivido de forma pasional la música, acompañado siempre de su inseparable acordeón. Su hijo, Antonio González, nos cuenta que “cuando solo tenía 9 años, a mi padre ya le encantaba la música y le gustaba ir a ver a un vecino que tocaba el acordeón. Un día este vecino le ofreció probar, y a partir de entonces fue tocando cada día, hasta que se fue familiarizando con ese instrumento del que ya nunca se ha separado. Estaba claro que tenía un don especial para la música, porque enseguida surgieron las primeras melodías de aquel acordeón. Dado el interés que mostraba, continuó su aprendizaje dando clase con los vecinos del pueblo que tocaban y le podían enseñar. Eran tantas las ganas de aprender música, que mi abuelo lo apuntó a clases de solfeo, y le compró un acordeón. Unos años después, a la edad de 12 años, ya estaba tocando en bodas, bautizos, comuniones, y otras celebraciones en pueblos a los que iba en bicicleta. Lo que tenía claro es que no quería dedicarse al campo por tradición familiar, así que decidió dedicar toda su vida a la música, algo que compaginó con su trabajo de taxista. Además de tocar solo, también formó parte de grupos y orquestas con las que hizo actuaciones. Hoy en día, a sus 91 años sigue tocando, practica todos los días, y es todo un ejemplo para la gente del pueblo que empieza con este instrumento”.

Antonio González ha seguido los pasos de su padre, y ahora es el profesor de acordeón en la Escuela Municipal de Música de Tarazona de la Mancha. “En los años 80 llegó la ‘Universidad Popular’ a Tarazona, y como mi padre estaba en activo, el ayuntamiento abrió un aula de acordeón y le ofrecieron dar clases en el centro. Se apuntó un montón de gente y eso hizo que la tradición de este instrumento siguiera. Mi padre fue el que me inculcó la pasión por el acordeón y me enseñó a tocarlo, y después seguí estudiando en el conservatorio de Albacete. Cuando llegó el momento de su jubilación, a finales de los 90, su plaza se quedaba libre y me la ofrecieron, así que ya me quede yo como profesor de acordeón, y hasta ahora. En Casasimarro también había un gran profesor que era Isabelo Garrido, que montó en la localidad una gran escuela de acordeón, pero luego se tuvo que ir fuera a trabajar y lo dejó. Más tarde nació allí la Escuela de Música Municipal, y me llamaron para dar clases de acordeón, y así siguió también la tradición allí. Por último, en el aula de ‘Musicarte’ de Casas Ibáñez, también pusieron interés en el acordeón, y voy de vez en cuando a dar clases. Es muy reconfortante, porque a estas clases acude mucha gente de los pueblos de alrededor, y de toda la Manchuela”, explica.

Clases colectivas
De este modo, la Escuela Municipal de Música de Tarazona de la Mancha sirve como nexo de unión entre las aulas de acordeón de varios pueblos de la Manchuela, para organizar una clase colectiva que une a distintas generaciones de músicos. “Como estoy dando clases de acordeón en diferentes pueblos de la comarca, se me ocurrió la idea de que, además de las clases semanales en cada escuela, también podía montar clases colectivas y juntar a todos los alumnos de las diferentes aulas para poder hacer cosas juntos. Estas clases son muy enriquecedoras, porque se juntan distintas generaciones, tanto hombres como mujeres, y de perfiles muy dispares, pero todos con una pasión común por la música, y ganas de aprender a tocar el acordeón. Me di cuenta de que no solo es practicar en casa solo, había que compartirlo con alguien. Además, de esta manera tienen la oportunidad de conocerse, contar su experiencia, las cosas que han aprendido, y compartir opiniones, y considero que es una forma de aprender muy buena. Una vez que ellos han trabajado cierto material por separado, nos juntamos a ponerlo en común, y es muy enriquecedor y dinámico, y se hace muy ameno el estudio del instrumento”, celebra.

De estas clases colectivas han salido cosas muy positivas. “Me encanta la magia que se crea, porque cada uno tiene su historia, y viene muy bien a nivel terapéutico. A veces surgen en los alumnos ciertas inseguridades, pero cuando se juntan y hacen equipo reman todos para el mismo sitio y se les quitan los miedos. Además, cada uno tiene su propia historia personal, hay gente mayor que se apunta porque se ha jubilado y necesita una distracción, o alguno que se encuentra solo, o gente de mediana edad que necesita desconectar de su trabajo con una afición como es la música, o gente joven que quiere aprender a tocar y empezar con este instrumento. Incluso hay personas que están pasando por un mal momento, y venir a ensayar les sirve de ayuda para salir de esa situación y sentirse más activos y alegres. Esto se puede comprobar cuando hacemos las actuaciones de fin de curso, porque la gente que participa se la ve muy feliz. En estas actuaciones, además, cada uno tiene su papel dentro del conjunto, y cada uno aporta lo que puede, y eso es muy bonito, porque lo dan todo. Yo me encargo de que encajen todas las piezas, y es una maravilla verlo funcionar. El objetivo de estas actuaciones colectivas es mostrar lo que hemos trabajado durante todo el año, y han servido también para que los alumnos aprendan a enfrentarse al público en un escenario, y para que los alumnos tengan la oportunidad de tocar en los pueblos donde viven, y puedan verles actuar sus familiares y vecinos. Para ellos es una motivación muy grande y una responsabilidad, y les deja con una sensación de subidón increíble de cara al verano, para seguir practicando con el instrumento”, señala.

Un instrumento que sigue despertando un fuerte sentimiento de identidad
Hoy en día, el acordeón continúa presente en Tarazona de la Mancha y alrededores, gracias a estas clases y a los encuentros musicales que mantienen vivo este patrimonio sonoro. “Es un instrumento muy versátil, hay de distintos tamaños y distintos pesos, y se adapta a cualquier tipo de persona. Esto permite que todo aquel que le ponga empeño y le apetezca, pueda aprender a tocarlo. Por esta razón, el alumnado que acude a las clases es muy variopinto. Vamos desde los 12 años hasta los 91. Por ejemplo, hay un alumno que se llama Oriol que lleva tocando desde los 3 años. Se podría decir que ha nacido con un acordeón debajo del brazo, y con 12 años que tiene en la actualidad, tiene la idea de ser músico profesional en un futuro, algo que me llena de satisfacción. Me gusta ver a Oriol con 12 años tocando junto a mi padre con 91 años, porque eso quiere decir que la tradición del acordeón va pasando de generación en generación”, concluye. Mientras haya alguien que vuelva a hacer sonar un acordeón, esta tradición seguirá escribiendo su propia historia en Tarazona de la Mancha y sus alrededores.


























/Fotos cedidas/

