La afición de Las Ventas es la que pone a los toreros en los libros de historia. Cierto es que cada vez hay menos historia de toros en los libros de toreros porque el animal ya solo le importa a unos poquitos. Esos poquitos, los que nunca faltan en el tendido madrileño, tienen memoria y la refrescaron con Cristian Pérez, que se puso el mismo traje que en su alternativa en Hellín para reaparecer en la misma plaza en la que casi se deja la vida. Rompió el paseíllo y la plaza se puso en pie para brindarle una ovación de cariño, de agradecimiento y, sobre todo, de respeto a Cristian Pérez. Madrid es de quien lo hace y cuando lo hace. Cristian todavía no es un consentido, pero quien lo conoce sabe que tiene grandes habilidades sociales para caer de pie allá por donde pisa. Y en Madrid cuajó su sinceridad y su disposición ya desde que debutó como novillero. Si el fin es indiscutible, el método para conseguirlo también.
A su primero, un toro negro llamado ‘Pomposico’, a dos de los 600 kilos, lo quiso lucir desde el principio, poniéndolo a galopar en dirección al caballo, que dominó con maestría José Ney Zambrano. Dos puyazos yendo de largo y sabiendo a dónde iba. Le vio Cristian esas condiciones y se fue a los medios con el capote a la espalda. Citó al toro, sujetado en los bajos del 10, con las telas escondidas. Las sacó a ultimísima hora y acabó besando el suelo. Libró la cogida de milagro. Se repuso rápido y volvió por el mismo palo, dejando saltilleras de gran mérito, reconocidas otra vez por los tendidos.

Le brindó la faena al doctor Máximo García Leirado, el hijo y colega de quirófano del legendario Padrós, que a más de un albaceteño le ha salvado la vida. A Cristian Pérez lo recogió en camilla el pasado Domingo de Ramos como un guiñapo. Empezó con la muleta haciendo un guiño al que ha sido siempre el torero de Cristian, Iván Fandiño, muerto en las astas de un toro hace 9 años y tres días.
Pegado a las tablas, pivotó sobre sí mismo con el toro arrancado para cambiarle el viaje por la espalda. Una suerte muy particular y ciertamente llamativa. Tuvo su eco en los tendidos, que tuvieron paciencia con el resto del trasteo, muy condicionado por un viento racheado y molesto. Trompicó demasiadas veces la muleta y el toro acabó por rajarse. Parecía que aquello estaba visto para sentencia, pero Cristian sacó la carta que tenía guardada: la espada. En la suerte contraria, aprovechando la querencia, dejó un estoconazo de libro. Se tiró a matar o morir y antes de recuperarse del envite, el toro ya estaba rodando y los tendidos convulsionados. Empezaron a aflorar los pañuelos y pronto la plaza se tiñó de blanco. Oreja por una estocada de ley. Esas cosas solo pasan en Madrid. Y menos mal.

El segundo, ‘Lirio’ de nombre, tan característico de esta casa de Valdefresno y de estos atanasios, tenía la hechura perfecta del hierro. Salió algo suelto, pero abriéndose mucho en el capote de Cristian, que estuvo listo y solvente. El tercio de varas fue vibrante, gracias al empuje del toro y al buen hacer de Santiago Pérez. Lo lució el torero dejándolo en los medios para que gozará Madrid viendo al toro ir al galope. Salió Peñaranda en su turno de quites para cuajar varias chicuelinas muy toreras, previas a un tercio de banderillas que no pasará a la historia.
Brindó a la afición en los medios y ahí se quedó, de pie, frente a frente con el toro que le iba a cambiar la vida. Salvo las tres primeras embestidas, codiciosas, y en un golpe de mala suerte de una banderilla, el toro le prendió y le dio una fortísima voltereta. Cayó con el cuello y se quedó KO. Hubo unos minutos de incertidumbre y preocupación porque ese cuello ya tiene varias muescas. Su apoderado, el matador Jesús de Alba asomó por la puerta de la enfermería, donde atendían a toda velocidad a Cristian, para pedir paciencia, que el torero iba a salir. Y vaya que si salió. Sin chaquetilla, y con el miedo como única advertencia de su alma.

Sacó su versión más pura y más barroca. Dándole el pecho en los bajos del 10 y cruzando la raya. Poniendo el cuerpo donde otros, la mayoría, ponen la muleta. La primera tanda, al natural y contra el viento, porque el toro embistió por derecho, aunque algo orientado por ese tiempo en el que estuvo esperando a ver quién iba a someterlo. Acudía a los cites sabiendo siempre lo que se dejaba atrás, pero detrás había un torero macho. Supo ganarle la acción e imponer su criterio, reposado pese al desconcierto. Hubo naturales y derechazos de mucho peso y varios remates con molinetes invertidos que pusieron la plaza boca abajo. Pureza canónica entremezclada con ramalazos artísticos, no tan habituales en la tauromaquia del hellinero. Conquistó a los tendidos y terminó por rendirlos en un epílogo por manoletinas de una emoción bárbara. Madrid, en silencio, pendiente de un torero de Albacete. Pocos en la tierra pueden poner eso en su hoja de servicios.

La suerte estaba echada, si conseguía matar por derecho se iba a ir a hombros de Las Ventas. Confuso quizá por varios coqueteos del toro hacia las tablas, eligió tirarse en la suerte contraria. Marró en los dos primeros intentos y fue a la tercera, ya en la suerte natural, cuando logró acabar con el buen Valdefresno. Otro estoconazo. Ya era tarde y la puerta de la gloria iba a seguir cerrada, pero pocas dudas quedan ya de que Cristian Pérez se ha ganado las llaves de muchas otras plazas y, por descontado, una plaza en la feria de Otoño de Madrid. La afición se rindió al torero en una memorable vuelta al ruedo, en la que el torero se agachó a besar el ruedo de la plaza más importante del mundo. Después, andando y con toda la torería a cuestas, entró una vez más a la enfermería.
Alejandro Peñaranda sorteó en primer lugar un animal que lo de bravo de lidia lo llevaba solo en la guía, el DNI de los toros. Lo demás, un sindiós. Alto, desgarbado, feo, flaco y escurrido como una vaca de las que ya ni pare. No paro quieto ya desde salida, pero para huir de los capotes y de los caballos. Dicen que es lo propio del encaste, pero en este no fue ni virtud, ni defecto ni condición. Fue su destino por estar hecho así. Peñaranda estuvo muy profesional, se fajó con el buscándole las vueltas y no aburrió al personal. Lo único que dependía de él lo hizo perfecto: estocada entera y eficaz.

Cerró la tarde con un toro pavoroso de Couto de Fornilhos, con metro y medio de pitón a pitón. Agresivo por delante, pero con una nobleza, un ritmo y una calidad superlativa. Peñaranda estuvo tremendo con él. Hizo todo perfecto, lo cuajó por los dos pitones y lo toreó como gusta en Madrid, dándole distancia y bajando mucho la mano. Ligó muletazos de un temple exquisito y recibió los honores de la afición. Demostró también una inteligencia cocinada durante muchos años, ya desde su brillante paso por la escuela taurina de Albacete, pasando por una etapa con picadores triunfal. Le funcionó el coco y administró de maravilla el fondo del animal, que fue mucho y bueno. Tenía cortada una oreja de gran valor, pero falló con la espada. Saludó una gran ovación y acreditó que merece más y mejor sitio. Se ha quedado fuera de Albacete, pero ahí está la corrida de Asprona para que le den un sitio que se ha ganado con creces.
El mejicano Juan Pablo Sánchez pasó de puntillas con un lote que tuvo ciertas opciones.


