A la Clínica Quirón de Albacete (Santa Cristina)

Carta de Julián Romero (Juli) a los profesionales de la Clínica Santa Cristina que atendieron a su mujer Inmaculada

Hay gracias que son fáciles de decir y hay otras que, por mucho que se intenten expresar, nunca parecen suficientes. Esta es una de ellas.

Durante la larga y cruel enfermedad de mi mujer, hemos recorrido un camino lleno de miedo, incertidumbre, esperanza, dolor y, finalmente, despedida. Un camino que nadie desea recorrer, pero que nosotros hemos tenido que afrontar. Y en ese recorrido tan duro, vosotros siempre estuvisteis ahí.

Cuando la enfermedad te golpea de frente, descubres que los tratamientos son importantes, pero también descubres que hay algo igual de necesario: la humanidad. Una mirada que transmite tranquilidad, una mano en el hombro cuando las fuerzas fallan, una llamada inesperada para preguntar cómo está todo, unas palabras de ánimo cuando ya no sabes de dónde sacar más fuerzas.

Por eso quiero dar las gracias de una manera muy especial.

A David Belmonte.

Gracias por estar siempre. Siempre disponible, siempre buscando una solución, siempre intentando facilitarnos el camino cuando cada paso se hacía cuesta arriba.

En los momentos más complicados nunca escuchamos un “no se puede”, siempre encontraste la manera de ayudar. Pero, sobre todo, gracias por la persona que eres. Hay profesionales excelentes, y luego están las personas que dejan huella para toda la vida. Tú eres una de ellas.

A Andrés, supervisor de quirófano.

No sé si encontraré las palabras adecuadas para hablar de ti.

Para mí no has sido solo un profesional. Has sido mi amigo, mi apoyo, mi refugio en muchos momentos de desesperación. Has gestionado mucho más que quirófanos y procedimientos; has gestionado mis miedos, mis dudas, mis lágrimas y mis esperanzas.

Siempre pendiente de cada paso, de cada detalle, de cada necesidad. Siempre apareciendo cuando más falta hacías. Cuando sentía que todo se desmoronaba, ahí estabas tú.

Hay personas que ejercen su profesión con excelencia. Y hay otras que además entregan una parte de su alma a quienes sufren. Ese has sido tú.

Te estaré eternamente agradecido. Eternamente.

A Rocío, supervisora de enfermería.

Gracias por acompañarnos hasta el final. Gracias por cada palabra de ánimo, por cada gesto de cariño y por esa forma tan especial de hacer sentir a las personas que no están solas.

Mi mujer me dijo en vida que eras un verdadero encanto. Lo decía con una sonrisa que todavía recuerdo. Y tenía razón.

Tu cercanía y tu dulzura fueron un bálsamo en momentos en los que el dolor parecía ocuparlo todo.

A Javier Velasco.

Qué suerte tuvimos de encontrarte en nuestro camino.

Nos descubriste que detrás de un gran médico puede existir una persona todavía más grande.

Siempre disponible. Siempre atento. Siempre preocupado por ella.

La trataste con una delicadeza y un respeto que nunca olvidaremos. Le dedicaste tiempo cuando apenas lo tenías. Renunciaste muchas veces a parte de tu descanso para ayudarla, orientarla o simplemente escucharla.

Eso no se aprende en ninguna facultad. Eso nace del corazón.

Gracias por haber cuidado de ella como lo hiciste. Gracias por haber sido mucho más que su médico.

A Mar y Mercedes.

No sé cuántas veces salí de una consulta vuestra con el corazón roto y, aun así, sintiéndome acompañado.

Habéis llorado conmigo cuando las cosas no iban bien. Habéis sufrido con nosotros. Habéis compartido la carga emocional de una enfermedad devastadora como si también fuera vuestra.

Jamás olvidaré aquella frase: “Cuando lleguéis, pasar directamente y buscadnos; ella no puede estar fuera por si coge algo que agrave su estado”.

Puede parecer una frase sencilla, pero para una familia que vive pendiente del estado de una persona a la que ama con toda su alma, significaba mucho más. Significaba protección. Significaba cuidado. Significaba que os importaba.

Y eso nunca se olvida.

Gracias por cada lágrima compartida, por cada abrazo, por cada muestra de cariño y por cada esfuerzo realizado para que mi mujer estuviera lo mejor posible.

A Miguel Parra.

Sinceramente, necesitaría muchas horas, muchos días y probablemente muchas páginas para poder agradecerte lo que has hecho por nosotros.

Porque hay ayudas que se ven y otras que quedan en silencio. Tú has estado en ambas. Con el teléfono siempre disponible, a cualquier hora, cualquier día, sin importar cuándo ni cómo.

Siempre que te hemos necesitado, has estado ahí.

Has sacrificado horas de tu vida, de tu descanso y de tu familia para ayudarnos. Has respondido llamadas cuando podrías haber estado desconectado, has estado pendiente cuando nadie te obligaba a estarlo y nos has acompañado en momentos que nunca olvidaremos.

Hay personas que cumplen con su trabajo y hay personas que entregan una parte de sí mismas a los demás. Tú perteneces a ese reducido grupo de personas excepcionales que hacen mucho más de lo que se les pide, simplemente porque tienes un corazón enorme.

Eres increíble.

Gracias. Gracias por cada llamada atendida. Gracias por cada consejo. Gracias por cada momento en el que apareciste cuando más falta hacía.

Gracias, gracias, gracias y gracias… y mil veces más gracias.

Tú y yo sabemos el porqué.

Y eso quedará para siempre entre nosotros.

A todas las enfermeras y al personal de limpieza.

Porque muchas veces sois quienes estáis cuando los médicos ya se han ido, cuando la noche se hace larga, cuando el cansancio vence y cuando el miedo aparece en silencio.

Gracias por cada sonrisa, gracias por cada conversación. Gracias por cada gesto de ternura.

Gracias por tratar a mi mujer con dignidad, cariño y respeto hasta el último momento.

Y, por último, quiero hacer extensivo mi agradecimiento a todos los profesionales de la Clínica Santa Cristina que han formado parte de este camino y que han contribuido a que mi mujer recibiera los mejores cuidados.

Mi mujer ya no está aquí.

Daría cualquier cosa porque nada de esto hubiera sido necesario y porque ella siguiera aquí conmigo.

Pero si algo me consuela al mirar atrás es saber que estuvo rodeada de personas extraordinarias. Personas que la cuidaron, la respetaron, la quisieron y lucharon por ella hasta el final.

Nunca podré agradeceros todo lo que hicisteis por nosotros.

Nunca olvidaré vuestros nombres.

Nunca olvidaré vuestros corazones.

Gracias por cuidar de ella.

Gracias por acompañarnos.

Gracias por ayudarnos a seguir adelante cuando sentíamos que ya no podíamos más.


Julián Romero (Juli), esposo de Inmaculada Martínez

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