ASÍ SUENA | Como un cupón de los ciegos

Artículo de opinión de Humberto del Horno

((En el mismo folio, la lista de la compra y una canción como un Cupón de los ciegos; rima la soledad con el atún en aceite vegetal en oferta, ¡vaya precios sin competencia!)) La Cabra Mecánica

‘Pasky’ tiene ya 54 años, y defendió la portería del BM Ciudad Imperial hasta que la vida le puso ante el reto de tener que empezar a continuarla sobre una sola pierna. No era la primera vez que tenía que superarse. Hace diez años, un infarto como cualquier otro, de esos que no avisan, le mandó un primer aviso. Pero para quien se alista a las órdenes del deporte y lo hace con vocación, un achuchón no es suficiente.

De aquel contratiempo de una década ha, sobrevenido en la localidad de Herencia, recuerdan las crónicas que entró en parada total y que volvió a la vida gracias a los profesionales sanitarios. De no haber sido deportista, no habría 

«Mi cabeza pensó que fue gracias a ese deporte que estoy vivo y por eso hice lo posible para recuperar. Le pregunté a la doctora si podía volver al balonmano y me dijo: ‘ya hablaremos'», rememora ‘Pasky’. 

Una década más alfombrada de nuevo de balonmano le llevó hasta un 2025 en el que sitió molestias en un gemelo. Lo que parecía una afección muscular de alguien acostumbrado a hacer ejercicio, acabó en amputación de pierna. Aún así, solo sabía levantar la cabeza. 

María Esperanza, Begoña, Esther y Julia tienen en común, además del ADN castellanomanchego, la muesca en el revólver que te da el haber pasado un ictus y no dejar de intentar recuperar una vida normal. 

Todas ellas han sufrido daño cerebral sobrevenido, extremo que además de paralizar sus cuerpos, detuvo su tiempo y el de sus familias.

En enero de 2022, Esperanza salía de casa rumbo al dentista, hablando con su marido por teléfono. De repente, un derrame cerebral la derribó y, con ella, cayó la normalidad de toda una familia. En segundos, su vida se partió en dos: la de antes y la de después.

A Begoña Fernández la búsqueda de trabajo la llevó a dejar su León natal para instalarse en Toledo. Peleó una eternidad de horas detrás de muchas barras, como empleada de establecimientos hosteleros, hasta que, con mucho esfuerzo, pudo abrir su propio bar en la localidad de Polán, que regentaba con su hijo mayor, Óscar. Pero en septiembre de 2021, con la mente en Canarias, donde a sus 46 años iba a disfrutar de su primeras vacaciones familiares, su destino cambió.

Fue su hijo pequeño, Hugo, el que le advirtió que algo le pasaba en la cara. Pero Begoña, no le dio mucha importancia y, tras dejarle en el colegio, fue al centro de salud. Al llegar allí, se desplomó. Aunque ella no lo recuerda, cuando estaba ingresada en el Hospital Virgen de la Salud, el ictus le volvió a repetir, con la fatalidad de que estaba sedada y le pillo un cambio de turno, circunstancia que agravó sus secuelas.

Esther tenía 13 años cuando una meningitis le quitó la capacidad de ver, de moverse y las ganas de vivir. Fue su pasión futbolera y su idolatría por Fernando Hierro, por aquel entonces defensa del Real Madrid, lo que la hizo reconectar con la vida.

El destino de Julia Díaz Martínez cambió cuando tan sólo tenía 10 años, una edad en la que el sufrimiento y el dolor van contra natura. Pero llegaron sin invitación, cuando celebraba en un parque de bolas una fiesta de cumpleaños de colegio. A la vuelta de la esquina, el daño cerebral, ese que fue y será siempre su compañero de cuarto. 

Tener la oportunidad, la mía en particular, de ejercer esta profesión cada día, me permite contar historias, que es de lo que se trata. Pocas vocaciones ha despertado una Facultad de Periodismo que se limiten a narrar los gritos de sus señorías en el Congreso. La materia prima de esta artesanía que es juntar letras serán siempre las historias humanas.

Y por todas estas historias que hemos podido contar en Europa Press, el Grupo Social ONCE ha tenido a bien concedernos el Premio Solidario 2026, galardón que tendré el inmenso honor de recoger en la tarde de este miércoles en el Rojas de Toledo. 

Que una entidad como la ONCE guarde un ratito para destacar tu trabajo por el simple hecho de hacerlo hace que el fango pese menos en los pies del periodista. Y cuando solo hay ruido, volver a la génesis de lo que fue esta profesión es lo que nos salvará. A los de este lado de la trinchera solo nos queda la buena praxis y un humilde altavoz. Ahí fuera están las historias, aguardando en la oscuridad. Nos pagan por dar la luz, y por hacerlo de la mejor manera posible.

Humberto del Horno

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