Desde las alturas de Albacete a la cima del toreo: Cristian Pérez vuelve a Las Ventas

El torero de Hellín revive para El Digital de Albacete la cornada que casi le cuesta la vida, los dos años de lucha en silencio y el regreso a Madrid que puede cambiarlo todo

Hay historias que sólo pueden contarse cuando el tiempo empieza a poner distancia entre los hechos y las emociones. Historias que necesitan que cicatricen las heridas, que se asiente el ruido y que el protagonista encuentre las palabras exactas para explicar aquello que ni siquiera él era capaz de comprender mientras lo estaba viviendo. Han pasado algo más de dos meses desde que Cristian Pérez salió gravemente herido de la Plaza de Toros de Las Ventas después de una de esas tardes que permanecen mucho tiempo en la memoria de los aficionados. Sin embargo, cuando el torero de Hellín (Albacete) recuerda hoy aquel Domingo de Ramos, no habla primero de la cornada, ni de la sangre, ni de las horas de hospital. Habla de algo mucho más profundo. Habla de una decisión que llevaba mucho tiempo tomando forma dentro de él. 

Habla de dos años de silencio, de entrenamientos cuando nadie miraba, de puertas cerradas, de la angustia que provoca sentirse preparado y no encontrar el lugar donde demostrarlo. Habla de la soledad que acompaña a muchos toreros cuando el teléfono deja de sonar y los carteles empiezan a confeccionarse sin que aparezca su nombre. Y habla también de una convicción que le acompañó desde que abrió los ojos aquella mañana en Madrid: si aquella tarde no cambiaba su vida, el de Albacete probablemente dejaría el toreo. Por eso, cuando ahora mira hacia atrás, entiende que lo que ocurrió en Las Ventas fue mucho más que una cornada. Fue el momento en que decidió jugarse el futuro, la carrera y hasta la vida delante de un toro porque sentía que ya no le quedaba otra opción.

DOS AÑOS DE SILENCIO Y UNA ÚLTIMA BALA LLAMADA MADRID

Para comprender lo que ocurrió el 29 de marzo hay que viajar bastante más atrás. Hay que regresar a esos dos años en los que Cristian Pérez apenas encontró oportunidades para demostrar la evolución que había experimentado como torero. Mientras otros ocupaban carteles y sumaban tardes, él seguía entrenando en silencio, preparándose físicamente con una intensidad incluso mayor que cuando tenía compromisos por delante y aferrándose a una profesión que nunca dejó de sentir como propia. 

Cuando habla de aquel periodo no hay rastro de victimismo, pero sí aparece la frustración lógica de quien considera que todavía tiene mucho que ofrecer y no encuentra la ocasión para demostrarlo. «La gente sólo ve lo que ocurre el día H a la hora D», explica durante la conversación con El Digital de Albacete, antes de recordar que durante esos dos años no dejó de entrenar, de torear de salón y de entregarse a su profesión. Precisamente por eso Madrid adquirió una dimensión especial. No era simplemente una corrida más en Las Ventas. Era una especie de examen definitivo. Una última frontera. Un punto de no retorno. 

De hecho, Cristian confiesa ahora que había llegado a una conclusión tan dura como sincera: si aquella tarde no sucedía algo verdaderamente importante, se retiraría. Lo dice sin dramatismo, con la serenidad de quien ha tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre ello. «Tenía claro que si aquella tarde no triunfaba o no hacía que pasara algo grande, me iba a retirar», reconoce. Porque después de la Gran Copa Chanel no llegaron las oportunidades que esperaba, porque sentía que se alejaba de ferias en las que soñaba estar, porque ni siquiera tenía garantizado torear en su pueblo o entrar en la Feria de Albacete, y porque había llegado un momento en el que necesitaba comprobar si todavía tenía sitio en el toreo. Y para eso no existía escenario más definitivo que Madrid.

LA MAÑANA EN LA QUE SÓLO CREÍA EN ÉL MISMO

Las Ventas tiene algo que ninguna otra plaza posee. Madrid no sólo examina a los toreros; también los desnuda. Los obliga a quedarse a solas con sus propias convicciones. Por eso Cristian recuerda con tanta precisión las horas previas a aquella corrida de Dolores Aguirre. Recuerda la responsabilidad. Recuerda la presión. Recuerda incluso haberlo pasado francamente mal durante la víspera. Pero, por encima de todo, recuerda una certeza que le acompañó durante toda la mañana. «Aquel día, por la mañana, el único que confiaba en Cristian Pérez era Cristian Pérez». 

La frase resume una manera de enfrentarse a la vida y también al toreo. Delante tenía una corrida considerada de las más exigentes del campo bravo. Delante tenía una plaza capaz de elevar a un torero o condenarlo al olvido. Delante tenía además un viento infernal que convertía la tarde en un desafío todavía mayor. Y detrás cargaba con dos años prácticamente sin torear. Sin embargo, lejos de sentirse derrotado por ese contexto, Cristian llegó a Madrid convencido de que aquella era su oportunidad. No una oportunidad cualquiera, sino la oportunidad. «Estaba en un estado de concienciación extremo», recuerda. Tan extremo que hoy sigue sorprendiéndose cuando analiza cómo afrontó aquella tarde. 

Habla de una concentración absoluta, de una determinación difícil de explicar y de una sensación que jamás había experimentado con semejante intensidad. Tanto es así que, cuando intenta resumir lo que sucedía dentro de su cabeza, acaba pronunciando una frase estremecedora: «Perdí el instinto de supervivencia». No lo plantea como una metáfora. Lo dice porque realmente sintió que había dejado de pensar en las consecuencias. Que ya no existía el miedo. Que sólo existía la necesidad de triunfar. «Entregué mi vida al toreo, a aquel astado de Dolores Aguirre y a la Plaza de Toros de Las Ventas. Entregué mi vida a Madrid». Y escuchándole resulta imposible no pensar que, efectivamente, aquella tarde salió al ruedo dispuesto a todo.

LA TARDE EN LA QUE MADRID DESCUBRIÓ A OTRO CRISTIAN PÉREZ

Lo paradójico es que cuando Cristian habla hoy de aquella corrida insiste una y otra vez en que la verdadera historia no es la cornada. La verdadera historia son las faenas. Son los muletazos. Es la versión de sí mismo que consiguió mostrar delante de una afición que quizá todavía no conocía al torero en el que se había convertido durante aquellos años de preparación silenciosa. Recuerda que el primer toro ya le echó mano porque estaba exponiendo muchísimo, consciente de que no podía dejarse nada dentro. Recuerda también que la corrida confirmó desde el principio todas las dificultades que había imaginado. Pero recuerda, sobre todo, la sensación de plenitud con la que toreó. «Madrid y el mundo del toro pudieron ver un torero mucho más maduro, mucho más reposado, con más conocimiento y con la cabeza despejada», afirma. Incluso hoy sigue convencido de que aquella primera faena mereció una oreja que nunca llegó. Habla de la petición del público, de los pañuelos en el aire y de la imagen de aficionados muy exigentes del tendido 7 reclamando el trofeo.

Sin embargo, lo que más le satisface no es esa discusión. Lo que más valora es el reconocimiento profesional que llegó después. «La cornada me ha dado mucho bombo mediático, pero las faenas me lo han dado a nivel profesional y de aficionados», explica. Porque, a su juicio, fueron esas dos actuaciones las que hicieron que muchos comprendieran la dimensión del compromiso con el que había salido aquella tarde. Había llegado a Madrid convencido de que sólo existían dos puertas posibles. La Puerta Grande o la enfermería. Y estaba dispuesto a vaciarse para que así fuera. «Me puse donde hay que ponerse para triunfar», resume. Y quizá esa frase explique mejor que ninguna otra la manera en que afrontó cada embestida.

LA CORNADA, EL HOSPITAL Y LAS LÁGRIMAS QUE NADIE VIO

Cuando el segundo toro le echó mano, Cristian fue consciente desde el primer instante de que estaba sufriendo una cogida gravísima. «Sabía que me estaba cogiendo y me estaba haciendo mucho daño», recuerda ahora. Sin embargo, incluso al hablar de esos momentos mantiene una serenidad que llama la atención. Porque, lejos de quedarse con el dolor o con el miedo, sigue poniendo el foco en la entrega que había conseguido alcanzar aquella tarde. «Fue una tarde muy importante y muy feliz», asegura. Y lo explica diciendo que se vació por completo, que derrochó valor, que expuso la vida y que abandonó la plaza con la conciencia tranquila.  Para él, las cicatrices que dejó Madrid forman parte del precio que paga cualquier torero cuando decide ejercer la profesión desde la verdad. «Las cicatrices por valor son nuestras medallas», afirma. Ni siquiera en la enfermería dejó de pensar como torero. Cuenta que intentó tranquilizar a todo el mundo, que insistía en que podía mover las manos y los pies y que quería volver a salir a la plaza. Hasta que, según relata entre sonrisas, le dijeron que le iban a poner un paracetamol y terminaron durmiéndole. 

Después llegó el hospital. Y allí vivió una de las escenas que más guarda en la memoria. La primera persona que vio al despertar fue a su amigo y matador de toros Tristán Barroso, que le estrechó la mano para felicitarle por lo que acababa de hacer en Madrid. Cristian rompió entonces a llorar y le respondió que ni siquiera había podido matar el segundo toro. Aquella reacción resume de forma perfecta el estado mental en el que seguía instalado. No pensaba en la gravedad de la cornada. Seguía pensando en la corrida. Igual que siguió pensando durante semanas en quienes habían sufrido desde fuera. Especialmente en su familia. Habla de su madre con una emoción especial y reconoce que lo pasó francamente mal. Tanto que todavía hoy dice que está cogiendo aliento para lo que viene. Pero hay una imagen que le marcó por encima de todas. 

Semanas después de la cogida preguntó a su mozo de espadas cómo se había vivido aquello desde fuera y la única respuesta que recibió fueron lágrimas. «Lo primero que hizo fue romper a llorar delante de mí», recuerda. Y entonces comprendió mejor que nunca el sufrimiento que habían padecido todos los que le quieren.

LA RECOMPENSA DE VOLVER A MADRID

Por eso el próximo 20 de junio en Las Ventas —fecha finalmente fijada por la empresa para la última corrida del mes y trasladada a horario nocturno— no representa para Cristian Pérez una simple oportunidad profesional. Sería reducir demasiado lo que significa para él volver a hacer el paseíllo en el mismo ruedo donde apenas unos meses antes escribió, entre sangre, valor y una entrega absoluta, la página más trascendental de su carrera.

Cuando habla de esa nueva comparecencia utiliza constantemente una palabra: recompensa. Y no parece una elección casual. Habla de recompensa porque siente que ese regreso nace directamente de todo lo que dejó sobre la arena aquella tarde de Domingo de Ramos. De las cicatrices, del sacrificio acumulado durante años y de una actuación que, más allá de la cornada, convenció a Madrid de que delante tenía un torero dispuesto a jugarse el futuro sin guardar nada para después. «Esa nueva tarde es más una recompensa que una oportunidad; es la recompensa a todo lo que entregué en la plaza», explica. Y en sus palabras se percibe la satisfacción íntima de quien siente que, al menos esta vez, el esfuerzo encontró respuesta.

No es casualidad que hable de recompensa. Cuando Cristian abandonó el hospital todavía desconocía hasta qué punto aquella tarde iba a modificar el rumbo de su carrera. Sin embargo, conforme fueron pasando las semanas empezó a comprobar que algo había cambiado. La afición de Madrid había tomado nota. Los profesionales habían tomado nota. Y la propia plaza que estuvo a punto de verle perder la vida decidió volver a abrirle las puertas. «Madrid me ha cambiado todo», reconoce durante la entrevista. Lo dice porque comenzaron a aparecer conversaciones, proyectos y contratos que ni siquiera imaginaba la víspera de aquella corrida. Lo dice porque llegó a Las Ventas sin apoderado y salió encontrando una nueva estructura profesional a su alrededor.

Lo dice porque, por primera vez en mucho tiempo, dejó de mirar únicamente la siguiente semana para empezar a mirar también el futuro. «Hay cosas habladas, contratos que ojalá salgan, porque son cosas muy bonitas y con las que no me imaginaba verme ni el día antes de torear aquel Domingo de Ramos en Madrid. Ojalá puedan cerrarse porque me pueden poner en el candelero para poder caminar si soy capaz de demostrar en la plaza todo lo que llevo dentro». En el fondo, Cristian sabe que el verdadero cambio no llegó con la repercusión mediática de la cornada, sino con el respeto profesional que generó su actuación. Por eso insiste una y otra vez en que fueron las faenas, más que la tragedia, las que han terminado abriéndole nuevas puertas.

La dimensión simbólica de ese regreso aumenta todavía más al observar el cartel. Madrid volverá a verle anunciarse junto al mexicano Juan Pablo Sánchez y junto a otro nombre profundamente ligado a la tierra albaceteña: Alejandro Peñaranda. Nacido en Iniesta, pero formado como torero en la Escuela Taurina de Albacete, Peñaranda compartirá paseíllo con Cristian en una cita que adquiere así un marcado acento de esta tierra.

No deja de resultar significativo que dos toreros que crecieron bajo el amparo de la Escuela Taurina de Albacete vuelvan a encontrarse en la plaza más importante del mundo. Para la afición albaceteña, el cartel tiene inevitablemente algo de reivindicación y de orgullo. Para Cristian, sin embargo, el foco sigue estando donde siempre ha estado: delante del toro. Porque sabe mejor que nadie que el toreo no concede treguas ni vive de recuerdos. «Igual que una tarde se te da bien, todo se diluye muy fácil», reflexiona.

Por eso rechaza cualquier tentación de acomodarse en lo conseguido. Por eso asegura que el nivel de concienciación con el que afrontará esta nueva comparecencia debe ser incluso superior al que alcanzó el Domingo de Ramos. «No es que tenga que llegar a aquel nivel. Es que tengo que mejorarlo». Y quizá ahí resida la explicación definitiva de quién es hoy Cristian Pérez. Un torero al que Madrid estuvo a punto de arrebatarle la vida y que, sin embargo, regresa al mismo escenario con más hambre que miedo, con más ilusión que vértigo y con la sensación de que aquella tarde en la que creyó estar escribiendo el final de su historia fue, en realidad, el principio de otra completamente distinta

FOTOS

/ Fotos: El Digital de Albacete /

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Nacho Lopez

Nacido en Albacete. Más de 15 años de experiencia en medios de comunicación en radio, televisión y digital, como Intereconomía radio, Cadena SER, Punto Radio, ABTeVe y VOZ Castilla-La Mancha.
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