((Tus amigos y tus vecinos, moderados, por supuesto, no entienden más bien de nada, mucho menos de lo nuestro; hay un atisbo de esperanza y un camino menos recto, pues lo bueno que nos pasa también es culpa de ellos Amor Infinito – Siloé))
Les voy a confesar una cosa, hace justo siete días y a la primera de cambio huí de Madrid tan pronto como pude para intentar esquivar de la mejor manera posible el colapso al que se enfrentaría la ciudad ante la magnitud de los eventos que nos aguardaban en la capital del reino. Que si el Papa, que si Bad Bunny, ya saben.
Lo hice ante el recuerdo de lo que ocurrió hace tres lustros ya, cuando la casualidad quiso que mi vivienda de la época se encontrara al otro lado de la misma manzana en la que ahora pago el alquiler, en un coquetísimo apartamento con balcones hacia la Puerta de Toledo. Era 2011 y la Jornada Mundial de la Juventud que trajo a nuestros dominios a Benedicto XVI, un Papa mucho menos carismático que el actual aunque solo sea por pura incomparecencia del alemán, ya me obligó a enfrentarme a situaciones poco agradables para aquellos que no digerimos bien la multitud.
Y por eso fue que quince años después tocaba escapar por carretera usando cualquiera de tantas radiales que lo mismo te acercan que te expulsan de la capital, lo que me permitió, al nivel del mar, disfrutar de no estar donde me tocaba estar mientras veía por televisión cómo estaban todos los demás.
Ver los actos que han sucedido en la visita papal a la ciudad que habito en la comodidad de un sofá me ha permitido reflexionar con la calma suficiente como para hacerme alguna pregunta y, casi de rebote, encontrar alguna respuesta.
Partiendo de la base de que, ni mucho menos, me incomoda contemplar las casi un millón y medio de devociones que echaron a la calle a cambio de una mirada de Prevost, sí me pregunto dónde está toda esa caridad cristiana que suscita el ‘Papamóvil’ a 50 por hora ante las injustificadas faltas de decencia que marcan el día a día de este Occidente que se nos desgaja por momentos.
Desde la distancia que me da el no ser católico y mucho menos practicante, empecé a entender el tamaño del hito histórico hace un par de semanas, cuando entrevistando a la banda vallisoletana ‘Siloé’ –quien ilustra hoy el encabezado de esta columna– a pocos días de subirse a un escenario ante el Pontífice, firmó: «Es algo que nos honra por muchos motivos, no solo por estar cerca del Papa, sino porque el que acude a la cita va a escuchar algo que le cambiará su vida».
Y del mismo modo en que jamás juzgaré a quien madrugó el sábado para ver pasar gratis al Papa fugaz Castellana para abajo solo porque sí, no encuentro el atril adecuado para criticar al medio millón de personas que hizo la misma cola, pero virtual, para gastarse hasta 500 euros a cambio de ver a Bad Bunny en alguno de los tres mil conciertos que lleva dando en Madrid.
Sea como sea, un León (catorce) y un Conejo (malo) se han puesto de acuerdo para coincidir en el espacio y en el tiempo para movilizar, uno con la palabra de Dios y otro con canciones ininteligibles al oído humano, a muchas más personas de las que jamás moverán todos aquellos que confían su suerte en vociferar un poquito más que el de enfrente.
Y con estos hilos de los que tirar para ver si llegaba a tejer algo coherente, les confieso, me quedé dormido, a 600 kilómetros de mi casa, en ese sofá desde el que se oían las olas.
Humberto del Horno

