Al menos, el Día de Castilla La Mancha de este año, celebrado el pasado domingo en Cuenca, ha servido para reivindicar y poner negro sobre blanco el papel de las instituciones en un momento especialmente relevante. Nadie puede negarlo. O quizá sí: apenas unos cuantos tertulianos paniaguados que, pase lo que pase, tienen un horizonte muy definido. Respaldar a los suyos, caigan chuzos de punta; defender una posición, sea quien sea quien la encarne.
Esa actitud da una idea del nivel de división que política y sus protagonistas han logrado generar entre los españoles. Todo parece parcelado, aunque la inmensa mayoría de la sociedad, en todos los ámbitos, está a otra cosa.
Ahora cualquiera es presentado como “un referente del periodismo nacional”. Cada cual puede tener sus referentes, por supuesto, pero quienes defienden sistemáticamente lo indefendible, siempre en la misma dirección, no son referentes de nada. Quienes sostienen determinados discursos porque, de lo contrario, quedarían al descubierto, son oportunistas sectarios y activistas cuya falta de objetividad resulta cada vez más evidente.
Es curioso comprobar cómo muchos de esos supuestos referentes, ya sean del periodismo o de la política, suelen definirse más por lo que combaten que por lo que aportan. Son antialgo o, directamente, antipersona. Forman parte de la opinión sincronizada y se convierten en auténticos voceros, siempre de la misma causa. En el caso al que me refiero, un ejemplo de tantos se trata de uno de los críticos más persistentes y significados del presidente de esta comunidad autónoma. Por eso, pedir un mínimo de coherencia no debería ser demasiado. No parece compatible –ni ético, ni normal– abrazar por la mañana a un dirigente castellanomanchego y, por la tarde, ensalzar como referente a uno de sus más feroces detractores.
Si ahora los referentes van a estar liderados en La 1 de TVE por Intxaurrondo o Gonzalo Miró, algo falla en el sistema.
La mentira y la falsedad no deberían ser aceptadas socialmente. Sin embargo, sucede.
Pasó el día del Corpus y en Toledo, Feijóo lo vivió la noche anterior junto al alcalde y el líder regional del PP. Ahora resulta que los concejales del PSOE y de VOX se salieron del recorrido porque, al parecer, se sintieron relegados. Mientras tanto, el presidente del ejecutivo regional, García-Page, estuvo esa misma noche recorriendo las calles de Toledo acompañado por un referente radiofónico de primer nivel como Carlos Herrera.
Conclusión: Feijóo acertó acudiendo a Toledo y Page acertó igualmente con la compañía de Herrera. Los políticos referentes –aquí sí– se ganan esa condición en las urnas, y los periodistas referentes cuentan con el respaldo de una audiencia líder. En esta región, además, ni les cuento a qué distancia se encuentra de su inmediato competidor.
Añadiré otro nombre de periodista referente en estos momentos. Sin renunciar a una óptica de izquierdas, Antonio García Ferreras, en La Sexta, está demostrando un nivel de rigor periodístico que merece ser reconocido.
Y paso a la oposición, también en nuestra Región. Planificar, pergeñar y organizar estrategias para intentar derribar al líder de la oposición puede ser legítimo en términos políticos. Lo que resulta indecente es hacerlo desde determinados ámbitos periodísticos. Quien gobierna está en su derecho de criticar a quien aspira a sustituirle o de negarle protagonismo político. Pero en el ámbito informativo, silenciar, minimizar u obviar sistemáticamente el trabajo de la oposición y de sus representantes supone una grave anomalía democrática.
Y esto ocurre a diario. No de manera puntual, sino como una práctica cada vez más asumida.
La sensación es que todo se ha normalizado. Que hemos llegado a un punto en el que los excesos dejan de escandalizar, las anomalías se convierten en rutina y lo que debería preocupar acaba aceptándose como si fuera parte del paisaje.
Sin embargo, el escenario actual es diferente. El paradigma político regional ha cambiado. El presidente que gobierna no está, ni mucho menos, políticamente amortizado, mientras que el líder de la oposición tiene posibilidades reales de alcanzar el poder. Todo sigue abierto. Y, en ese contexto, algunos ya empiezan a hacer cálculos para determinar quién puede resultar más conveniente: el que está o el que puede llegar. Basta observar cómo, cuando el principal partido de la oposición organiza o participa en cualquier acto, propio o ajeno, la asistencia es cada vez más numerosa.
Es evidente, además, que el líder de la oposición genera hoy un entusiasmo mayor entre los suyos. Se nota y se palpa. El presidente autonómico conserva una base de apoyo sólida y reconocible, pero alrededor de cualquier poder que se prolonga en el tiempo siempre aparecen quienes empiezan a mirar de reojo hacia el horizonte. Por si acaso. Por si el futuro termina escribiéndose con otros nombres.
De lo que no hay duda es de que el PSOE de Castilla-La Mancha necesita, sí o sí, a su actual líder regional para, al menos, salvar los muebles. De lo contrario, está abocado a un fracaso estrepitoso. Da igual a quién pongan al frente en un hipotético relevo: la impresión es clara y recuerda a lo sucedido recientemente en otras comunidades autónomas.
Por eso llega el momento de elegir. No se puede respaldar a quienes defienden las instituciones y, al mismo tiempo, a quienes las cuestionan o las convierten en objetivo permanente de sus ataques. Ambas posiciones son incompatibles.
Convendría que algunos empezaran a definirse.
Vuelvo al principio porque, dejando a un lado las cuentas y las estrategias, Emiliano García-Page rompió moldes con su discurso en el Día de Castilla-La Mancha celebrado en Cuenca. Fue noticia nacional porque esa defensa de las instituciones no es habitual entre dirigentes socialistas con responsabilidades de gobierno. Son declaraciones que solo pueden permitirse quienes no dependen de determinados pesebres políticos. Quien aspira a seguir en una lista electoral o a conservar una cuota de poder suele medir cada palabra con extrema cautela, no vaya que una opinión inconveniente le cierre alguna puerta.
Y no pierdo el hilo para mencionar también a Paco Núñez y a cualquier otro político con representación parlamentaria. Intentar ocultar su labor, minimizar su presencia pública o permitir que aparezcan únicamente para recibir un leñazo mediático constituye una anomalía impropia de un Estado serio. Además, hace tiempo que se viene comprobando que los votos se consiguen de otra manera. No dependen tanto de salir más o menos en los medios de comunicación, cuya influencia, por desgracia, es cada vez menor.
Conviene añadir que estas dinámicas no siempre nacen de los propios partidos o de los dirigentes políticos. Más bien al contrario. Con frecuencia surgen del afán de algunos de agradar, del seguidismo voluntario y de esa tendencia a anticiparse a los deseos de quienes consideran que tienen poder.
He observado últimamente, aunque no dispongo de una confirmación concluyente, que el presidente del Gobierno regional no ha participado en algún programa nacional que ha hecho parada en la Región. Hay dos políticos en esta Comunidad, uno del ámbito local y otro del regional que le tienen cogida la medida a su papel institucional y como debe articularse su relación con los medios de comunicación.
Ponerse delante de un atril, como sucedió en Cuenca, para trasladar a jueces, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y demás representantes institucionales que cuentan con respeto, respaldo y consideración, no resulta sencillo en los tiempos que corren. Y, sin embargo, en esta tierra se hizo.
Ángel Calamardo
X: @AFCalamardo
Ángel Calamardo

