Samuel Navalón saludó para empezar a un Montalvo suplente muy bonito para ser suplente, pero en Albacete, como mucho. Un toro precioso de hechuras, pero muy por debajo del prototipo de animal que exige Las Ventas. Madrid quiere trapío. No es cuestión de tamaño, cuernos o kilos. Lo que funciona en el foro es la primera impresión que da aquello cuando sale por toriles. Y este de Montalvo hubiese tenido problemas para salir adelante, ya digo, en Albacete.

Lo cuidaron mucho y bien en los primeros tercios pese a un vigor cuestionable, quizá más por el exceso de celo y codicia que por la justeza de fuerzas. Salvó la papeleta Javier Perea con los palos con algún apuro, pero con su habitual solvencia. Lo pasó peor su hermano Alberto, vestido de mulillero. Un detalle bonito y curioso. Ha vestido de rojiblanco y de blaugrana. Ha lucido la franja vallekana y hoy vistió de blanco mulillero. Las cosas del toreo.

No hubo brindis y se confirmó ya en el prólogo que el problema era la fuerza por defecto y no las ganas de embestir por exceso. Navalón estuvo técnicamente perfecto. Componiendo la figura y buscando siempre afinar las impurezas del pírrico montalvito. Consiguió evitar los enganchones y lavar cada embestida, especialmente en los muletazos al natural, pero el bendito aficionado le sugirió que diera de baja al bicho. Abusó de la paciencia de Madrid y se pegó un arrimón que tuvo el mismo eco que una manifa de mujeres no normativas en el ensanche de la casita del gañán Bad Bunny. En los toros siempre fuimos más de Los Banis. Remató por una suerte de bernadinas sin ayuda del todo intrascendentes y cobró un buen espadazo que cayó en buen sitio, al mismo tiempo que un aviso censor. Presumía Ángel Teruel, el viejo, de haberse ido del toreo, en figura, sin haber escuchado un aviso.
Al quinto toro, otro sobrero de Fermín Bohórquez tan desgarbado como noble, le recetó un soberbio quite por chicuelinas. El problema es que la corrida ya pasaba de las dos horas, el calor era insoportable y la corrida pesaba varias toneladas de pelmazo. No le hicieron ni caso. Nunca fue la indiferencia propia de este coso, pero tampoco lo era la falta de rigor, de integridad y el abuso del buenismo para justificar todos los desmanes de una fiesta en un auge decadente, más pendiente del ‘somelier’ de turno que del rendimiento del torero. Del desempeño del toro, mejor ni hablamos. La plaza de Las Ventas es el nuevo Hipódromo. Va todo el mundo, pero nadie sabe muy bien a lo que va. Al día siguiente no se acuerdan y se juran a sí mismos que no volverán a beber.

Salió Navalón a por el sexto tras la clamorosa vuelta al ruedo de Ismael Martín, valiente matador banderillero. José Garrido ya le había cortado una oreja al primero y eso quiere decir que Navalón estaba, entonces, fuera de la primera plana. Por eso se fue a porta gayola, o mejor dicho a recibirlo de rodillas como a 40 kilómetros de la puerta de chiqueros. Salió el toro, acucharado, musculado y con una belleza idílica. El recibo capotero, intercalando largas de rodillas y verónicas de saldo, fue más lúcido que lucido. Lo picó Daniel López con la solvencia de siempre. Se fue entre ovaciones, como acostumbra. Gran picador de Albacete, uno de los mejores del panorama actual. Javier Perea tuvo que lidiarlo bajo la atenta y acongojada mirada del hermano, cobijado en un callejón en el bajo del 3. Estuvo brillante Perea, aunque tuvo que actuar más de la cuenta por culpa de las cochambrosas banderillas de Las Ventas, cuyo arpón es tan eficaz como el vaso de agua entre los diecisiete cubatas de un sábado de feria. Lo mismo podemos decir de las varas de picar, que se rompen a diario porque las han ubicado en el sol para que puedan refugiarse del sol los vips. Y vara que no pasa por el pilón y se seca, vara que se rompe. El tercio de varas en Las Ventas es la metáfora de la tauromaquia en Madrid, lo que nunca volverá a ser.
Brindó Navalón al público y ligó después varios derechazos de rodillas muy jaleados por el público. Volvió a suceder después muletazos con más velocidad que calidad. Notó que los tendidos no le hacían ni caso y decidió colocarse en el sitio. Y ahí llegó al percance. En un parón del toro, fruto de la falta de casta, Samuel no se movió y fue revolcado a placer. Se levantó lleno de sangre en la parte trasera del muslo derecho, justo por encima de la corva. Quizá fuera sangre del toro, porque no cojeaba mucho el torero, que se quedó en el ruedo para seguir a lo suyo. Desbordado por el toro e incapaz de dominar la embestida más allá de los alardes de valor, que en Madrid sirven para lo mismo que un fontanero en el Titanic. Se pasó de faena y se echó a matar bordeando el segundo aviso, que acabó sonando como aperitivo de una estocada contraria que fue tan efectiva como necesaria. Faltaban entonces diez minutos para las diez de la noche. Casi tres horas de bodrio. Le preguntaron a un paisano que qué le había parecido el final de Ben Hur: «Necesario». Lo mismo en Las Ventas.
Navalón podrá triunfar en Albacete, Valencia y muchas plazas amables, pero Madrid es otra película muy diferente. La actitud es innegable, pero urge cuidar intangibles como son la colocación, la viveza y la alegría en las suertes. Los quites, los saludos y las bernadinas sin ton ni son forman parte de un aderezo forzado y no de la personalidad de un torero que, creo, aún no sabe quién o qué quiere ser. Condiciones tiene todas las del mundo, pero este miércoles dejó ir en Madrid un toro de triunfo de Montalvo. Y Madrid puede que perdone, pero jamás olvida. A Dámaso González le contaban los pases. Ahora cuentan cada torero de Albacete que pasa por Las Ventas. Y más que sumar, restan. Estamos en un bache preocupante y no hay visos de mejora. Houston, Albacete tiene un problema.


