José Fernando Molina y una frágil voluntad que no evitará el banquillo

El torero de Albacete pasa de puntillas en la feria de San Isidro con un lote muy grande y de pocas opciones de Pedraza de Yeltes

La presencia de José Fernando Molina en San Isidro supo a la vez a justicia y a ultimátum. Premio a lo hecho en el pasado y órdago a un presente dubitativo. Por la mañana, la UCO en Ferraz por orden del juez Pedraz. Por la tarde, los toros del juez Pedraza. Los ‘brontosaurius’ de Salamanca, que no conocen la operación bikini. El primer toro de Molina estaba más en Aldeanueva por la vía de El Pilar que por los titulares de Pedraza de Yeltes. En la línea de los toros que surgieron de ese gran cerebro de la dehesa que fue José Matías Bernardos, alias ‘El Raboso’, al que obligaron a casarse para no tener que dividir la finca familiar y perder la ganadería en una herencia más cuantiosa que el ajuar de la ‘roommate’ del cuentanubes Zapatero . Nada mejor que casarlo a la fuerza con su prima la coja para unir fuerzas en materia de hectáreas. Se casaron un domingo y después del cocktail le preguntaron a Raboso que qué iba a hacer: «Pues lo de todos los domingos, me voy al pueblo con el caballo a ver a mi novia». La dehesa de las tentaciones. El siglo XX de España se mea en esta basura llamada siglo veintiuno. Ni los romanos tolerarían tal afrenta.

Serio por cada poro de su colorada piel, el segundo toro de la tarde, ‘Tontillato’ de nombre, fue todo lo tonto que pudo en los primeros tercios. Mentiroso y sin definirse. Brindó Molina a una señora en el bajo del 10, aunque a punto estuvo de abrirle un chichón a Cristian Pérez, bien situado en esa zona del callejón con el gran alcalde de Arganda del Rey, Alberto Escribano. El lanzamiento de montera me recordó al de algún novicio de los dardos en Aguas Nuevas. Los buenos, como mi amigo Mario ‘El Pollo’, se iban a Las Vegas a competir. A mí me mandaban a por botellines para no molestar. Siempre ha habido clases. Nada pudo hacer Molina con la mole de carne. Un ser vivo porque lo dice la biología. En la práctica, un imaginable escaparate de hamburguesas del ‘borriking’. Dejó Molina muletazos de gran estilo y poder, pero neutralizados por un animal inoperante. Sin toro nada tiene importancia. Mató bien aunque el toro tardó en sentir el acero. Se quedó con la cara echada en el ruedo y el cuerpo en lo alto. Muerto en vida. Muerto de pie. Ya huele a feria de Albacete. En el arrastre le tocaron Pan y Toros en homenaje a nuestra tierra. La banda de música de Madrid es genial y su director, mi amigo Rafael Zahonero, torero y militar, un tipo entrañable.

Cuando salió de Ferraz Ucolandia, así la bautizó mi camarada Fernando Jáuregui, arrastraron al cuarto de la tarde. Los guardias estuvieron doce horas buscando nada en los despachos de la mamandurria sanchista. La noche de antes, al infatigable Juan Luis Galiacho y a mí nos dijeron, entre copiosas raciones de birra y salchichón de tercera -cortesía de Pedro ‘El Guarro’-, que al día siguiente iban a registrar la sede del PSOE. España es más previsible que una palomina en el Abelardo Sánchez, en el que ya no hay ni patos. Prioridad aniMAL. Entre tanto, se caló Molina la montera como el que besa el balón antes de la tanda de penaltis. Madrid ya estaba más a la final del Rayo que a los toros. Salió un pedazo de ‘bou’ de nombre ‘Hurante’, ovacionado de salida por su tamaño. Pesaba 567 kg., pero le cabían mínimo 100 más. Fue bravo y encastado en los primeros tercios. Derribó y destrozó al caballo en varas. Género cierta psicosis y le pegó un porrazo terrible a Víctor Martínez, banderillero de la tierra. Se lo llevaron a la enfermería y, entre enormes comillas, la gente entró en la faena. Turno de Molina.

Arrancó por inexplicables estatuarios. Conviene ir a favor del toro, pero pesan más las ganas. Mucho valor del manchego, que consiguió después ligar un tanda jaleada por el tendido. En Madrid, eso sí, ya solo quedaban los barras mansas. De tanto ligar coqueteó con la terrible noria, el gran pecado capital para los mandamientos venteños. Salía el trolebús de Pedraza como aquellos del Puerto de San Lorenzo que le tocaba sufrir a Manuel Caballero a finales del XX, abiertos y sin celo. Imposible ligar estando cruzado. Disposición, toda la del mundo, pero se topó Molina con un animal que se movía más por martinetes que por alegrías. Eligió la suerte contraria para dar de baja al bicho, pero marró. Media en lo alto que serviría para el churro, pero no para el Bruce Bogtrotter de Pedraza, el niño gordo de Matilda, por si acaso se me pierden. En vez de pienso le echaban pasteles de chocolate. Doble silencio para Molina y tiempo para pensar.

El inicio soñado de temporada que le habían preparado no ha servido para nada. Condiciones tiene, pero ha perdido el sitio y la alegría que tenía como torero. Él sabrá qué es lo que quiere, pero Albacete merece verlo mejor. Más, de momento, no. Ahora le toca banquillo. Lo esperaremos porque confiamos en su capacidad, pero ha dejado ir una oportunidad que otros muchos hubieran deseado.

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Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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