(Vas detrás de todo lo que acaba fatal, también te gusta que te den la razón, ¿vas a pedir permiso o perdón? Permiso o perdón – Viva Suecia)
Devadata, primo y cuñado de Buda, le quiso matar alguna que otra vez. Una de ellas, a pura pedrada desde lo alto de una colina. Fracasó. Al siguiente de los encuentros que ambos tuvieron, el agresor se vio sorprendido por la ausencia de enfado del agredido. «Ni tú eres el mismo que tiró la piedra, ni yo al que se la tiraste. Para el que sabe observar, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo se perdona».
Por qué será que cuesta tanto reconocer un error, qué sociedad esta que nos ha tocado. La obsolescencia programada del ‘Rectificar es de sabios’ hace que solo quede espacio para la huida hacia adelante. En todo. En lo que sea. En el plano público primero y en la realidad que le rodea después.
Yo, que aprendí de muy pequeño el significado de la palabra ‘apechugar’ a base de reprimendas parentales tan oportunas como efectivas para corregir la cabronía que traje debajo del brazo cuando llegué al mundo, no salgo de mi asombro, por rutinario que ya sea, al ver como es más barato tirar para adelante sin mirar atrás sea cual sea el error que acabas de cometer.
Cómo no le va a pasar a los pequeños si le pasa a también a los grandes. Miren a Florentino. Qué más dará si la plantilla que has diseñado no ha dado la talla; si ajusticiar a mitad de año al entrenador en el que confiaste fue mejor opción que escarmentar a los niñatos del vestuario; si destilar una debilidad tan flagrante como sorprendente en sala de prensa ha hecho que te salten las costuras; si el tufillo machista de tus declaraciones ha dejado de estar de moda. Es mejor echar la culpa al otro, no reconocer un error como si la vida fuera en ello, victimizarse, seguir.
Miren a Isabel Díaz Ayuso. A su paripé mariachi no hay por dónde cogerlo, y aún así sale más a cuenta decir que un país te tiene manía, y ya veremos si es verdad, si no lo es, si hay que justificarlo o hay que defender esa teoría hasta el infinito.
Miren a Donald Trump, que se fue a una guerra de dos días y ya va para cien, tantos como cambios de opinión ha experimentado sin ser todavía capaz de admitir que quizá, solo quizá, se le pasó el flequillo de frenada.
Miren a Fernando Clavijo, tan capaz de plantar cara a toda costa al poder establecido a cuenta del hantavirus en las Islas Canarias que igual le dio agitar la media verdad de las ratas nadadoras para culpar después al Gobierno por infantilizar un argumento cocinado por la Inteligencia Artificial. Una vez la realidad ha servido para demostrar la buena praxis del operativo gubernamental, no ha encontrado el hueco exacto para poder retractarse y reconocer algún mérito.
Miren a María Jesús Montero, que después del descalabro tardó menos en hablar de «victoria dulce» que de fracaso sin precedentes en el PSOE de Andalucía; como pueden mirar a Susana Díaz, la misma que en 2018 adelantó elecciones en aquel territorio para medirse la vara con un recién encumbrado Pedro Sánchez, pero terminó por entregar, por primera vez en la historia, un Gobierno autonómico que, con esta inercia, pertenecerá tantos años al PP como lustros fue manoseado por los socialistas.
Y como hemos mirado a todos los anteriores, miremos a todos esos jueces del la doctrina del ‘impute, que algo queda’; como miraremos a los políticos que juzgan antes que la propia justicia; o a los que una vez corrida la tinta de los titulares acusadores no es capaz de recoger cable.
Quién me iba a mí a decir que el más budista de todos iba a ser Juan Carlos. Él, que lo sitió mucho. Él, que admitió haberse equivocado. El mismo que aseguró que no volvería a ocurrir.
Humberto del Horno

