Gitanos, toreros y de Albacete

Cuernos y Escarnios, por Julio Martínez Romero

Hablé el pasado 2 de noviembre con el maestro Sebastián Cortés para que me contara alguna anécdota del que ha sido el gran torero gitano de todos los tiempos, Rafael de Paula, que acababa de morir. La mayoría, inconfesables. Cientos de recuerdos de arte y de sentimiento. El día que lo conoció, en un tentadero, los dos juntos y Curro Romero por delante, se fue a casa pensando qué puede hacer un torero después de ver a Paula mover los trastos. Las raíces del pueblo gitano marcan al hombre, aunque no quiera. Haga lo que haga, le sale la raza. En el caso del toreo, como en el cante, todo va un poquito más allá. Lo que en el payo sería sobreactuación, en el gitano es el alma. Cortés, que ha sido el padre taurino de cientos de chavales que algún día soñaron con ser torero en Albacete, es uno de los grandes estandartes del arte romaní. Él y su tío, Manuel Amador, el gitano de los ojos verdes, son los inspiradores de una saga torera que está en los libros de historia. 

En realidad, la abrieron antes el propio Amador y su primo Juan Correas, una dupla de soñadores a los que llamaban cariñosamente los gitanillos de Albacete. Juan dejaría un hijo rejoneador, Antonio Correas. Ellos pusieron el germen en los años 50 y todavía hoy sigue dando frutos. Si bien no es gitano, sí tiene ese ramalazo artístico que tanto recuerda a los toreros de ese corte. Lo podríamos ubicar en el grupo que comandará para siempre Juan Belmonte, torero quincallero que fue, por cierto, mecenas y espejo de Rafael de Paula. Hablo de Neyzan Espín, alumno de la Escuela Taurina, de 18 años y reciente triunfador en el certamen Promesas de Nuestra Tierra, que organiza precisamente Manuel Amador hijo, también matador de toros y empresario de la plaza de Albacete. Concomitancia torera y manchega que tuvo una cumbre este fin de semana en Puertollano. Neyzan, que es el ‘regalo de Dios’ de los hebreos, indultó un novillo magnífico de la ganadería de Piedra Escrita y cuajó una faena soberbia, mezclando el arrojo de la juventud con la personalidad y el sentimiento que le corre por dentro.

Es hermano de otro torero que abandonó antes de tiempo, pero que mostró condiciones. Fran de Vane, así se anunciaba en los carteles. Se dio a conocer tras ganar este certamen en el que, ocho años después, se ha presentado Neyzan en sociedad. A él le brindó el novillo indultado y así oficiaron el traspaso a la inversa del legado del toreo de arte en Albacete. Tiene el sentido del temple bien desarrollado, algo autóctono en los toreros de la tierra, y ese desparpajo que liga muy bien la voluntad de triunfar con el toreo más personal. Es el primero en llegar a la escuela taurina y el último en irse. Este tipo de toreros no han destacado nunca por la estadística, aunque Espín ha adquirido un oficio y una técnica que le puede llevar un escalón por encima del cliché de los artistas. Más medrosos que otros, quizá eso vaya también en su ADN. Cuando cogen la espada, suele correr peligro cualquiera que ande cerca menos el toro. Pero cuando brota la inspiración y los hombros se relajan, ahí se quiebra el toreo y emerge algo que solo tienen estos toreros: el duende. Una forma de torear que “se escucha con los ojos y se ve con los oídos”, dejó escrito José Bergamín después de ver en Vista Alegre a Rafael de Paula, al que apoderaba su editor, Manuel Arroyo. De ese enlace saldría esa maravilla que es La música callada del toreo. Paula fue ese nexo que unió la inteligencia del hijo del quincallero Belmonte y la quintaesencia de los gitanos toreros. 

Pese, como digo, a no ser gitano, la historia de Neyzan me ha llevado a repasar la historia de los toreros de raza, estrechamente ligada a nuestra tierra. Sebastián Cortés evocaba a Cagancho, Gitanillo de Triana o Curro Puya como el trío de ases del toreo calé previo a Rafael de Paula, pero solo llegó a ver al genio jerezano, que toreaba con los brazos, porque las rodillas las tenía de adorno, con cinco o seis operaciones que le impedían salir corriendo, como tantas veces le habría gustado. Siglos atrás fueron otros los gitanos que lo intentaron. Y también tuvieron que correr, aunque por otros menesteres. Fue el caso del ‘Tragabuches’, un torero gaditano formado bajo el paraguas de la escuela rondeña de Pedro Romero. Torero, de día y contrabandista, de noche. Su carrera se truncó camino de Málaga, donde iba a torear una corrida homenaje al felón de Fernando VII, que ya estaba de vuelta para destrozar el embrión de la España constitucional. Sufrió un accidente a caballo y tuvo que regresar a casa antes de tiempo. Allí se encontró a su mujer, ‘La Nena’, una bailaora bellísima, fornicando con un sacristán. A él le cortó el cuello y a ella la tiró por el balcón. Huyó a la carrera para convertirse en bandolero. 

Cuentan de otro torero gitano al que apodaban “Sentimientos”, Juan Núñez, que vio de luces la muerte de Pepe-Hillo en 1801 y que fue un ferviente patriota contra el invasor francés. Coetáneo de ‘Tragabuches’, en 1808 evitó una bronca tremenda del público de Madrid. Después de una estocada horrible, un bajonazo que hizo asomar las tripas del toro, se giró al tendido y gritó: “que mueran así todos los gabachos”. Los insultos se tornaron en loas al torero y vivas a España. Ahora los vivaspaña son de otra condición, más etílica que bélica. 

De Albacete, esos dos iconos, Manuel padre y Sebastián, muy castigados por el toro, pero con grandes cotas artísticas. Amador Correas consiguió rendir Sevilla, Madrid, Valencia, Palma de Mallorca o Barcelona. Pura torería. Fue precisamente en Barcelona donde tuvo lugar una anécdota genial. Se anunció el 15 de marzo de 1964, todavía como novillero, después de haber sido declarado triunfador de la feria de la Merced un año antes. Esto le convirtió en un ídolo en la ciudad condal, hasta el punto de que, en la mañana de ese 15 de marzo, el cantante Enrique Vargas ‘El Príncipe Gitano’, muy de moda en ese momento, fue a saludar a Amador a su habitación del hotel y a contarle a todos los gitanos que andaban por allí el pedazo de torero que era ese joven de Albacete y la que iba a formar por la tarde. Así que a Amador se le ocurrió brindarle uno de sus novillos, pero no le dijo nada para que fuera una sorpresa. Llegado el momento, se acercó a una barrera donde creía que estaba el artista porque gran parte del público empezó a aplaudir hacia esa zona, en la que se había levantado una persona. Esa persona comenzó a hacer aspavientos y a gesticular en exceso, acaparando la atención del momento. Amador se acercó y, sorprendido, descubrió que se trataba de Salvador Dalí y no dudó en dedicarle la muerte del utrero. Ya en su siguiente ejemplar, localizó a Vargas y sí pudo brindarle la faena. Aunque tuvo sus dudas, porque temía que Dalí volviera a montar el numerito y a estropear su intención de agradecerle a ‘El Príncipe Gitano’ su deferencia con él. 

Sebastián Cortés lo dejó antes de tiempo por una cornada terrible, pero antes logró el reconocimiento de sus compañeros, que es el más valioso para cualquiera que se viste de luces. Siempre se recuerda cuando en Sevilla le tocaron la música toreando con el capote. Ahora lo hacen con cualquiera. Antes, solo con los virtuosos. Cortés lo fue y todos los toreros le rinden pleitesía cuando se lo encuentran en el callejón de Albacete. Su hijo Antón tocó el cielo de Madrid y dio varias vueltas a España con ese pellizco tan personal que un día le brindó en Las Ventas a la entonces recién casada princesa Leticia, que ve ahora cómo su hija Leonor sigue los pasos de su padre volando por Albacete. Antón Cortés ha sido uno de los toreros de Albacete que realmente ha saboreado las mieles del éxito y ha pisado la alfombra roja del toreo. Manuel de Paz, su tío, hermano de Sebastián, matador de alternativa, pero con una carrera más discreta en lo numérico. Gran artista y personaje entrañable. Y Manuel Amador hijo, otro de esos toreros con un sello inconfundible, que ha sabido prosperar en la industria con mucha inteligencia. Empresario y también apoderado de Samuel Navalón, deja siempre que puede algún lapazo en el campo. Él ha sido quien le ha dado la oportunidad a Neyzan Espín de torear este certamen televisado. Y aunque no recoja el relevo real de los toreros gitanos de Albacete, sí que le corre por dentro esa vena artística y ese duende que los hace especiales. Albacete tiene un nuevo torero: Neyzan Espín. 

Julio Martínez Romero

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Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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