((Tenemos que mentir, solo soy un impostor, just a little bit – Impostor Catriel y Paco Amoroso))
Este 2026 será el año en el que, allá por los primeros días de agosto, pueda decir sin mentir que llevo más de 20 años en la profesión. Era verano de 2006 cuando, por puritito azar, una buena amiga que hacía sus prácticas en lo que era Punto Radio Cuenca, entonces instalada de manera casi pirata en plena calle Carretería, me habló de un hueco en Cadena COPE, casi igual de pirata que Punto Radio, tanto que sin licencia y en pleno gobierno municipal socialista de Martínez Cenzano tenía que irse a emitir desde la biblioteca municipal de Chillarón, donde mandaba el PP, para poder criticar a gusto.
Por no hacerlo más largo, veinte años después me encuentro ante ustedes en este espacio, en posición de poder asegurar que nunca, jamás, he hablado mal de un compañero de profesión en el ejercicio de sus funciones. He debatido, he discrepado, pero siempre intentando conservar un respeto gremial que no estoy seguro de si ha sido siempre recíproco si hablamos del resto del universo hacia mi persona. Esa virginidad mía a la hora de juzgar a un compañero de profesión dependerá ahora de lo que usted piense de Vito Quiles.
Si es de los que defiende que se trata de un periodista incómodo, tendrá que tomarme a partir de ahora como un juntaletras que habla mal de un colega. Si por el contrario es del bando de enfrente, el que considera, cuanto menos, que no supera la etiqueta de ‘agitador’, podré presentarme ante usted con la confianza de seguir siendo considerado un periodista que sigue sin hablar mal de un compañero. Sin ser neutral, si me permito el lujo de dejar esto por escrito es por la convicción desde dentro de esta artesanía del trabajo que desempeño de que hay que tomar partido, y en este caso no caben los grises.
No voy a hablar de ideología en ningún tramo de estas líneas, solo de lo que creo que debería ser este espacio que nos hemos permitido en esta sociedad de confiar la manera en la que consumimos información en manos de profesionales. Si nos limitamos a reducir el debate a lo absurdo y nos enredamos en ponernos de acuerdo sobre si Vito es o no periodista, caeremos en la bisoñez de dar por hecho que claro que lo es, porque tiene un título colgado en la pared, firmado por el Rey, que así lo acredita. Pero si ampliamos el foco y nos preguntamos si Vito ejerce el periodismo, la respuesta debería ser nítida. No, no lo ejerce.
Del mismo modo que yo tengo el carné de conducir y soy un mal conductor cada vez que cojo una rotonda por dentro. Todo este preludio tiene solo un objetivo, y es presentar en estas líneas las herramientas necesarias para que usted decida si Vito ejerce o no ejerce la misma profesión que yo. Tras años de tropelías, amenazas y desafíos amparado en un manoseado concepto de ‘libertad de prensa’, algo está cambiando en la manera de calificar al sujeto. Si no estará cambiando que hasta Eduardo Inda pone en duda que sea un profesional.
Para tomar partido, primero hay que desprenderse de la ideología militante. Si Vito fuera de su cuerda, no se empeñe en tener que defenderlo solo porque es de su bando. Si usted odia a Pedro Sánchez, a sus siglas y a sus ministros, deje a un lado la víscera antes de tomar una decisión. Una vez consiga este extremo, evite ahora en caer en comparaciones con el equipo de enfrente.
Si va a usar el argumento de que Wyoming y los de negro hacían lo mismo que Vito hace un siglo en ‘Caiga Quien Caiga’ podrá creer que tiene razón para solventar el debate, pero no sería cierto. Tras los dos primeros pasos, si usted es capaz de valorar al susodicho estrictamente por cómo desempeña su labor, vayamos a la siguiente fase.
Si entendemos por Periodismo la función de intermediar entre una realidad y un punto de vista aplicando la artesanía del contraste y la contextualización, es fácil dar por explicado que el único objetivo del periodista es ofrecer al consumidor de la información las herramientas suficientes como para poder formarse una opinión cimentada en el encofrado de la veracidad.
Es por ello que, si bien todas las opiniones son, o deberían ser, respetables de partida –aunque con matices–, toda aquella opinión edificada sobre el andamio de unas conclusiones falsas, torticeras o envenenadas no podrán, jamás, gozar de la misma categoría que aquella opinión amparada en factos inciertos.
Opinador, piense que su opinión es una tarta de queso y arándanos, y ahora decida cómo quiere cocinarla. Si usted usa el queso encontrado en la basura y le añade unos arándanos pochos, no pretenda que su tarta esté tan rica como la del vecino, que a tiempo madrugó para ir a la quesería primero y a la arandanería después, a por producto fresco en los dos casos. Su tarta será respetable, sí. Pero será, al menos en la comparación, una mierda de tarta.
Humberto del Horno

