Julio Escudero, considerado el último pescador tradicional de Las Tablas de Daimiel, ha fallecido en Daimiel (Ciudad Real) a los 97 años, dejando tras de sí no solo una larga vida, sino también el legado de toda una forma de entender la relación entre el ser humano y la naturaleza.
Con su muerte desaparece una de las figuras más representativas de la vida ligada históricamente a este humedal manchego, donde nació en 1930 y al que permaneció unido hasta sus últimos días. Hijo de una familia de pescadores, creció en una época en la que el Guadiana marcaba el ritmo de la economía y la vida cotidiana, aprendiendo desde niño un oficio tan duro como esencial.
Escudero recordaba con frecuencia las condiciones extremas de aquellos años: inviernos de hielo, madrugadas interminables y jornadas físicamente exigentes. “Pasaba muchísimo frío”, evocaba al rememorar cómo debía calentarse las manos para poder seguir manejando el trasmallo en plena noche.
Durante décadas, la pesca fue el sustento de numerosas familias en el entorno de Las Tablas. Escudero capturaba carpas y cangrejos que luego vendía en Daimiel, formando parte de la alimentación básica de la zona. Entre todas las especies, el barbo comizo -al que llamaba “picarro”- ocupaba un lugar especial. De hecho, con 86 años protagonizó uno de los momentos más simbólicos de su vida al capturar un ejemplar tras más de 30 años sin registros en el parque. Emocionado, lo devolvió al agua, interpretando aquel gesto como una señal de recuperación del ecosistema.
Su vida también fue testigo directo de la transformación del humedal: la desecación progresiva, la apertura de canales y la sobreexplotación de los acuíferos que alteraron profundamente el equilibrio natural. Mientras muchas familias abandonaban la zona, él decidió quedarse. “Yo de aquí no he salido a ningún lado”, afirmaba, reflejando un arraigo inquebrantable.
Colaboró con Félix Rodríguez de la Fuente
Con la declaración del parque nacional en 1973, dejó la pesca para integrarse en la plantilla del espacio protegido, donde trabajó hasta su jubilación. Desde entonces, se convirtió en un testigo privilegiado y defensor del entorno, llegando incluso a colaborar con Félix Rodríguez de la Fuente en grabaciones en el parque.
A lo largo de su vida recibió diversos reconocimientos, como la placa al mérito regional concedida en 2001 por el entonces presidente José Bono. Sin embargo, quienes le conocieron destacan sobre todo su sabiduría, su memoria y su capacidad para transmitir una forma de vida prácticamente desaparecida.
Condolencias de Page
El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, ha lamentado su fallecimiento, señalando que “se marcha también una forma de entender la vida, pegada a la tierra y al agua”, y ha recomendado su libro Flor Ribera. La gente del río en La Mancha como una forma de honrar su memoria.
Expertos y antiguos responsables del parque han coincidido en destacar su figura como clave para la conservación del humedal. Jesús Casas, exdirector conservador, lo definió como “un libro abierto” cuya memoria fue fundamental para reconstruir el ecosistema: “Gracias a cómo nos contaba lo que había, pudimos imaginarlo y trabajar para recuperarlo”.
Una humilde vivienda
Su humilde vivienda, conocida como “la casilla”, se convirtió durante años en un lugar de encuentro para técnicos, gestores y visitantes, donde se compartían conocimientos, decisiones y también historias. “Allí se ha ilustrado mucha gente”, recordaba Casas.
Otros especialistas han subrayado su extraordinaria capacidad para interpretar la naturaleza: desde reconocer aves por el sonido de sus alas hasta anticipar los ciclos del humedal. También su generosidad al compartir ese conocimiento con cualquiera que se acercara.
En el plano personal, siempre evocaba con emoción a su mujer, Pascuala Rodríguez de Guzmán, “su rica”, con quien compartió vida y algunos de sus últimos momentos ligados a la pesca, como la última vez que comieron juntos barbos del Guadiana.
Hasta el final, Escudero mantuvo la costumbre de acercarse al agua, fiel a un paisaje que entendía como pocos. Con su muerte no solo se va un hombre, sino también la memoria viva de Las Tablas de Daimiel y de una relación ancestral con el río que ya forma parte de la historia.

