Nuestra feria taurina de Albacete es de las pocas que mantiene el metraje y la solidez en el calendario pasada la gran crisis de 2008. Veremos, eso sí, cómo salimos de la gran crisis que está por llegar desde Ormuz y el impacto que pueda tener en la tauromaquia. La guerra de Ucrania hizo mucho daño y esta de Irán no debe tratarse como algo del más allá. Albacete, digo, es uno de los grandes termómetros de la industria taurina previa a la ultraderechización de la fiesta. Aguanta el tipo en cuanto al número de abonados y tiene una filosofía más o menos similar a la que tenía a principios de siglo. No brilla por los ‘no hay billetes’, pero tampoco peca de ladrillo visible.
A eso ha contribuido en los últimos cursos Manuel Amador, de la mano de Simón Casas, que es viejo roquero y que, pese a que coquetea con los tecnócratas que nos invaden, conserva todavía ese espíritu de proporcionalidad y sabe mimetizarse con los territorios. Ellos van a mandar en la plaza estos próximos años y pueden correr el riesgo de jugar a llenarse los bolsillos por encima de sus posibilidades. Un formato que está funcionando bastante bien en Las Ventas de Madrid y que viene de abrir la Puerta del Príncipe de Sevilla, pese a que se la cerraron a Morante.
Ese reemplazo de las esencias por los dineros. Venderse al mejor postor a base de darle lo que quiere, un producto muy asimilable, de fácil consumo. Los toros como complemento a su postureo. Comida rápida. El taurino de pata negra ha mutado en un hombrecillo happy meal que sabe mucho de negocios, que tiene más diplomas que la clínica dental del doctor Precioso, pero que puede contribuir a que la hierba nunca más crezca en nuestra casa, que es el coso. Afortunadamente, encima de los hombros de Amador hay una cabeza y no un mono con dos pistolas.
Que debe conducirse por los caminos de la excelencia es obligatorio para él. El Ayuntamiento, en tanto en cuanto supervisor, debe velar por ello. Lo que no ha de permitirse es sustituir el modelo Albacete por otro de mucha cantidad y poca calidad. Es lo que hemos visto en la recién terminada feria de Sevilla. Un éxito de público casi sin precedentes y un atentado contra la afición que empieza a tener demasiados precedentes, plaza a plaza, provincia a provincia.
Cualquiera podrá pensar que, si las plazas se llenan, los toreros triunfan, la gente es feliz y el empresario gana dinero, ¿de qué vamos a quejarnos? Es lo del aficionado del Real Madrid frente al nuevo pipero: no es solo ganar, hay que jugar bien. El toro es innegociable. No solo el trapío y la categoría sino la diversidad. En diez días de toros caben muchos encastes, diversos hierros y, por supuesto, toreros de todo tipo y condición. Los locales no deben perder su espacio. Albacete debe ser lanzadera de toreros, siempre y cuando haya méritos.
Prioridad local, pero con condiciones. Lo que no tiene sentido es la regularización masiva de otras épocas con toreros con Albacete en el DNI que no estaban ni para torear el Cotolengo, siendo demasiado generosos. Las figuras deben estar, si es que quedan figuras. Y los importantes, véase Roca Rey o Morante –a efectos de tirón taquillero- tienen que doblar en la feria y tratar de colocarles ahí al torero de Albacete. Que los diez carteles tengan interés y no solo el día de la figura de turno. Navalón, Molina, Caballero jr., Cristian Pérez, Alejandro Peñaranda. Jóvenes a los que hay que proyectar. De Albacete para el mundo. Otros veteranos, el caso de Andrés Palacios, siempre van a vestir de seda cualquier cartel. Rubén Pinar y Sergio Serrano van a llevar más gente que cualquier matador que venga por intercambio o con pasaporte galo. La corrida dura, sin embargo, debe tener un cartel importante para conseguir que vengan aficionados a esos festejos y no convertirse en el contenedor de los manchegos.
Nuestra feria es modélica en ese sentido y muy bien valorada siempre extramuros. Eso hay que potenciarlo y evitar ese modelo de figuritas juntas con su ganadería debajo del brazo, convenientemente arreglada, para que venga el mentecato que tose con el humo del puro a decir “yo estuve allí”. Caben todos, por descontado, pero una plaza y un empresario que prima al ocasional frente al que ha estado ahí siempre están condenados a la irrelevancia. Dinero, seguro que más. Prestigio, nulo.
El prestigio que, por cierto, hemos perdido como feria. Ya lo he relatado aquí en alguna ocasión. Albacete ya no es la referencia de septiembre y hasta Guadalajara deja más titulares y es más atractiva para la televisión de turno. Murcia, Salamanca, Nimes o Valladolid nos han adelantado por la derecha. Hay que recuperar ese atractivo y eso pasa por la inversión. Tienen que volver los grandes medios a interesarse por Albacete. Se deben ofrecer festejos atractivos para que la gente se desplace. Tenemos una estación de AVE que está conectada de maravilla –cuando funciona-. Por el bien de nuestra plaza y de nuestra feria, que la nueva empresa juegue a ser Albacete y no aspire a convertirse en el botellódromo pijo y clasista de Sevilla y Madrid. En Albacete, el botellón siempre se ha hecho fuera de la plaza. Aunque también nos lo quitaron.
Julio Martínez Romero


