“Sueña la margarita con ser romero” o “Cuando paso por el Puente, Triana, contigo vida mía” son versos que abren algunas de las sevillanas más populares, esas que cualquiera que haya pisado la Feria de Abril ha bailado alguna vez. Coplas que en apenas estos días volvían a llenar de música y color las casetas de El Real y que, más allá de su esencia andaluza, guardan una conexión mucho más profunda con Albacete de lo que muchos imaginan.
Orígenes compartidos entre Sevilla y Albacete
Y es que, muchos apuntan a que las sevillanas deben mucho al folclore manchego, señalando numerosos estudios a que son el resultado de una evolución y transformación de las originales seguidillas. De modo que Sevilla y en nuestro caso, Albacete, guardan un estrecho vínculo gracias a una seña de identidad tan importante como es el folclore.
El musicólogo y director del departamento de Etnografía del Instituto de Estudios Albacetenses, Julio Guillén, exponía que “se desconoce el lugar en el que surgió la seguidilla”, pero concretaba que esta muestra de folclore “surgió a finales del siglo XVI”. De hecho, concretaba que en esa época “ya era un género bastante conocido y extendido por algunas ciudades de España”.

De la improvisación popular a la tradición
La seguidilla pronto se convirtió en un género popular, explicando el musicólogo que precisamente por este motivo “incluso se desconoce el nombre exacto con el que se originó”, sin embargo, aludía a la existencia de varias teorías. La primera de ellas hace alusión a que “proceden de las coplas de la seguida”, comentaba, detallando que “la seguida es que después de los romances se ponían a cantar coplas de este tipo y que eran completamente distintas a las de los romances”.
La otra de estas teorías relaciona las seguidillas “con la imposibilidad de parar una vez que se empezaban a cantar las coplas”, detallaba Julio Guillén. Al respecto, recordaba que, en sus orígenes “la gente se inventaba las coplas sobre la marcha, improvisando las seguidillas y una vez que empezaban no paraban de cantar”. Estudiosos como José Manuel Pedrosa, inciden en que las seguidillas y las sevillanas “son un término superado pero no eliminado”, explicando Julio Guillén que esto quiere decir que “ahora mismo no es la música que está más de moda pero sigue viva”.
No sabemos con exactitud cómo fue la primera seguidilla que se cantó allá por el siglo XVI, pero lo que sí conocemos es cómo ha evolucionado este género y cómo ha llegado hasta nuestros días. Reconocía Julio Guillén que el de las seguidillas “posiblemente sea uno de los más antiguos que hay en España y que ahora mismo siguen vivos”. Hacía referencia también el musicólogo a otros estudiosos como “Basilio Sansebastián y Don Preciso, quienes afirman que “la seguidilla nació en La Mancha”, incidiendo en que “es una cuestión que dan por hecho, ya que no se sabe con exactitud”.

La evolución de las seguidillas manchegas hacia las sevillanas actuales
Un particular género que ya en el siglo XVIII contaba con una estructura muy marcada y que tiene mucho en común con las seguidillas manchegas más actuales y conocidas. Las seguidillas de Albacete, Ciudad Real o zonas de Cuenca y Madrid guardan elementos comunes que mantienen casi inalterables desde hace siglos. Sobre este aspecto, desgranaba el director del departamento de Etnografía del Instituto de Estudios Albacetenses que “la seguidilla del siglo XVIII ya tiene una estructura en coplas, una unión con una base musical muy característica y unos versos cantados en métrica de cinco y siete sílabas”, a lo que cabría sumar “los pasos de baile” tan característicos de este popular género musical.
En el caso de las sevillanas, explicaba Julio Guillén a El Digital de Albacete que “ya en el siglo XVIII se diferencian de las seguidillas manchegas o las seguidillas que pudiera haber”. Es decir, a finales del siglo XVIII “ya se habla de que Sevilla o el área de esta zona de Andalucía tiene unas seguidillas propias que no son las seguidillas castellanas o seguidillas manchegas”.

Se trata a priori de dos géneros musicales diferentes, pero tienen mucho más en común de lo que puede parecer. Al respecto, desvelaba Julio Guillén que las sevillanas “tienen la misma estructura general que las seguidillas”. En concreto, explicaba que “también están estructuradas en coplas y tienen un acompañamiento musical parecido”, pero además detallaba que “los versos también se parecen a una copla de seguidilla”. El punto diferenciador es que “las sevillanas tienen un ritmo más rápido y los pasos de baile están sacados de la Escuela Bolera”.
Posteriormente, en el siglo XIX “las sevillanas se estandarizan y evolucionan hasta convertirse en las que hoy conocemos y que se bailan en la Feria de Abril”, concretaba Julio Guillén. Igualmente, puntualizaba que “también hay otro tipo de seguidillas que no son las estándares, como por ejemplo las seguidillas sevillanas corraleras”, se trata de un tipo de sevillanas que no están estandarizadas y que son muy típicas de Lebrija. Además de las sevillanas corraleras, también ponía como ejemplo este musicólogo “unas seguidillas muy antiguas que también son sevillanas y que se tocan en determinadas zonas de Huelva especialmente de cara a la celebración de las Cruces de Mayo”, concretando que “tienen otro carácter y cuentan con un toque y un baile distinto”.

Así, el siglo XVIII se perfila como el momento clave en el que las seguidillas, presentes desde el siglo XVI en numerosas ciudades de España, comienzan a evolucionar hasta dar lugar a lo que hoy conocemos como sevillanas. Un género profundamente popular que cada mes de abril llena de música y baile la Feria de Abril, donde miles de personas las interpretan a diario. Lejos de lo que pueda parecer, las sevillanas hunden sus raíces en las seguidillas manchegas, muy presentes en lugares como Albacete. Ambas comparten una misma esencia: estructura en coplas y una base musical muy similar, diferenciándose principalmente en el ritmo, algo más ágil y vivo en el caso de las sevillanas.
De este modo, cada vez que suenan unas sevillanas y alguien se anima a bailarlas en la Feria de Abril, no solo se revive una tradición andaluza, sino que también una herencia compartida que conecta, casi sin que se perciba, con la esencia del folclore manchego. Un hilo invisible que une a Sevilla con Albacete a través de la música, la danza y la historia, recordando que las raíces culturales no entienden de fronteras y que, en cada compás, late una memoria común que ha sabido perdurar con el paso de los siglos.

