Hay personas que, sin proponérselo, acaban formando parte del paisaje sentimental de una ciudad. Vecinos que, con su sola presencia cotidiana, terminan convirtiéndose en memoria viva de calles, plazas y rutinas compartidas. En Albacete, una de esas figuras era la de un hombre que durante años llamó la atención de quienes se cruzaban con él por un detalle tan singular como entrañable: siempre iba montado en patinete a pesar de su edad. Ahora, esa imagen tan propia de la ciudad queda ya en el recuerdo tras el fallecimiento de Esteban Romero a los 88 años de edad.
Albacete pierde a Esteban Romero, el anciano del patinete que sorprendió a generaciones
Albacete llora la muerte de Esteban Romero, un vecino muy conocido en la ciudad y recordado por una estampa que durante años despertó sorpresa, simpatía y admiración a partes iguales: la de verlo desplazarse en patinete a una edad avanzada.
Su figura no pasaba desapercibida. Para quienes lo conocían, era simplemente Esteban, un hombre entrañable y perfectamente reconocible. Para quienes lo veían por primera vez, resultaba casi imposible no girar la cabeza al encontrarse con un anciano moviéndose con naturalidad en un vehículo que, décadas después, acabaría convirtiéndose en símbolo de modernidad urbana. Mucho antes de que los patinetes vivieran su gran eclosión en las ciudades españolas, él ya había hecho del suyo una seña de identidad en Albacete.
El primer patinete llegado de Italia antes de los años 90 marcó su historia en Albacete
Parte de esa singularidad tiene también un valor casi pionero, y es que Esteban Romero trajo el primer patinete a Albacete desde Italia, y lo hizo mucho antes de los años 90, en una época en la que este tipo de vehículo estaba todavía muy lejos del fenómeno masivo en el que se ha convertido en los últimos años.
Ese detalle, que hoy adquiere un significado todavía más especial, explica en buena medida por qué su imagen quedó tan grabada en la memoria colectiva de la ciudad. Esteban no solo se movía en patinete cuando casi nadie lo hacía, sino que lo hizo durante años con una naturalidad que terminó convirtiendo aquella escena en algo familiar para muchos albaceteños.
Un vecino muy conocido que convirtió su patinete en una seña de identidad
En una ciudad como Albacete, donde la cercanía entre vecinos sigue teniendo un enorme peso en la vida diaria, hay rostros que acaban siendo mucho más que rostros. Son referencias cotidianas, presencias reconocibles que terminan formando parte de la identidad local. Esteban Romero fue una de ellas.
Su patinete era mucho más que un medio de transporte. Era la firma de su paso por las calles de Albacete. Era el rasgo que hacía que cualquiera lo identificara al instante. Era, en definitiva, aquello que lo diferenciaba y al mismo tiempo lo acercaba a la gente, porque despertaba curiosidad, conversación y una mezcla de asombro y cariño difícil de olvidar.
El recuerdo de Esteban Romero queda unido para siempre a las calles de Albacete
Con su fallecimiento el pasado domingo, 19 de abril, Albacete pierde a uno de esos personajes cotidianos que, sin buscar protagonismo, dejan huella. No por grandes discursos ni por focos, sino por algo mucho más valioso: por haber sido capaz de construir una imagen imborrable en la memoria de toda una ciudad.
La muerte de Esteban Romero deja tras de sí un recuerdo profundamente humano. El de un hombre que hizo del patinete su compañero inseparable cuando todavía nadie podía imaginar el protagonismo que este vehículo llegaría a tener décadas después. Y el de un vecino que, con su forma de moverse por Albacete, terminó ganándose el afecto silencioso de muchísimas personas.
Homenaje póstumo en Albacete a una figura singular
Hay personas que no necesitan ocupar titulares durante años para convertirse en parte del alma de una ciudad. Les basta con ser ellas mismas, con repetir una estampa cotidiana hasta transformarla en símbolo y con dejar en los demás una impresión imposible de borrar.
Esteban Romero ya pertenece al recuerdo sentimental de Albacete. A esa memoria urbana hecha de escenas pequeñas, de costumbres únicas y de personas irrepetibles. Y entre todas ellas, la suya seguirá viva durante mucho tiempo: la de aquel hombre del patinete que convirtió un gesto cotidiano en una imagen eterna para la ciudad.

