((Y qué importarán cuatro paredes, y qué importará si no las conoces; aquella primera casa en Madrid donde la mugre casi me come a mí… El Hogar – Chica Sobresalto))
Mi abuelo y todos los abuelos de los abuelos que le precedieron trabajaron la tierra con sus manos, y tanto lo hicieron que al final el árbol genealógico apuntaló un discreto camino de prosperidad a fuego lento, y en esas estamos. Si miro hacia atrás un par de generaciones, en una familia provinciana media, lo que daba muestra de poderío y progreso era que algún descendiente llegara a la universidad. A la que fuera. Lo que presumía mi abuela cuando decía que sus chicos se iban a Madrid a estudiar…
En la generación que me precede, tener una vivienda nunca había sido un objetivo vital, como no lo es ahora comprarse un pantalón vaquero o dos billetes ‘low cost’ para ir a Roma a pasar un fin de semana. Se compraba y se vendía al toque, sin especulación, con los pueblos aún por vaciar y con las grandes ciudades aún lejos de reventar.
De otro salto a la generación de la que me saqué el carné, eso que la modernidad quiso denominar ‘millennials’, la cosa cambia. Yo, que allá por el 84 fui diseñado en una vivienda protegida de Badia del Vallés que el abuelo Marcelino pagó a riñón por unas 600.000 pesetas, me encuentro cuatro décadas después en un purgatorio en el que proclamarme propietario se me hace cuesta arriba.
El preludio viene a cuenta de la aprobación esta semana del Plan de Vivienda del Gobierno. Decir que nace muerto quizá sea pesimista, pero andan aún buscándole el latido a la criatura. Si el objetivo era no contentar a nadie, chapó. Si, por el contrario, la premisa era consolidar «el quinto pilar del Estado del Bienestar» –Isabel Rodriguez dixit–, quizá quepa alguna pega.
Como primero son las musas y después viene el teatro, vamos a lo abstracto antes de a lo concreto. La dotación real, 7.000 millones de euros en cinco años, no va a servir para ampliar el parque público, porque echando la cuenta, los ladrillos destinados a vivienda protegida apenas se llevarán 300 millones de euros.
Un plan que se empeña en incentivar al propietario y no en proteger al receptor de un derecho constitucional está condenado al fracaso, si es que la intención es ponerse de lado del ciudadano. Sí, por el contrario, el objetivo es beneficiar a los de siempre, –los que ponen los ladrillos y los que los financian–, van por el buen camino.
El concepto ‘intervención del mercado’ siempre asusta, pero más valiente sería poner coto a los grandes fondos que expulsan a los vecinos de sus barrios que dar una propina al casero que no sube el alquiler.
El plan no regula alquileres, no abre la mano a contratos indefinidos, no tolera prórrogas obligatorias y no penaliza a grandes tenedores que no le quitan el precinto a sus decenas de pisos para seguir retorciendo lo que llaman ‘el mercado, amigos’.
Un último lunar, el que más me duele. Los ‘jóvenes’ siempre tienen su epígrafe en cuanto a tener más facilidades para la compra de vivienda. Y yo, ocasional portavoz gracias a estas líneas de los que militan en ese limbo de vida adulta aún por salir del cascarón, solo puedo cabrearme un poquito más.
Humberto del Horno

