Morante de La Puebla, cuatro décadas de gloria, sangre y sufrimiento

‘Cuernos y Escarnios’, por Julio Martínez

El matador de toros Morante de La Puebla sufrió este lunes en Sevilla la cornada más grave de su carrera, que suma ya más de tres décadas en los ruedos, contando su etapa de novillero y becerrista. Un toro de la ganadería de Hermanos García Jímenez le prendió por la zona del ano y le perforó el recto. Pronóstico muy grave, sobre todo en grado potencial, dada la sensibilidad de la zona a las infecciones, que, de aparecer, sí podrían agravar el estado de salud del torero, que continúa recuperándose. Esta cornada es la undécima de su carrera, en la que también ha sufrido lesiones y fracturas importantes, además de varios procesos depresivos que le han marcado como hombre y como torero. 

El 1 de mayo de 1999 recibió su bautismo de sangre, con permiso de un puntazo recibido en la muñeca de la mano izquierda cuando era novillero, en la plaza de toros mejicana de Aguascalientes. Lidiaba una corrida con el  hierro de Xajay y llegaba al país azteca con enorme expectación, después de haber obtenido el 19 de abril su primera Puerta del Príncipe en Sevilla. En un descuido, el toro le alcanzó en el gemelo de la pierna izquierda y le infirió una cornada grave. Eso fue un sábado, pero Morante iba a dejar entrever una conducta habitual en el transcurso de su carrera: la poca simpatía que le generan los hospitales. 

Solo dos días después ya estaba en su casa de la Puebla del Río en Sevilla después de un viaje en avión traumático, con fuertes dolores y episodios de fiebre. El pitón alcanzó un nervio que le dejó sin sensibilidad hasta el tobillo. Estaba anunciando a los pocos días, el 15 y el 17 de mayo en la feria de San Isidro, pero tuvo que dejar su puesto vacante, que cogieron Vicente Bejarano, que confirmó la alternativa el día del patrón, y José Luis Bote. Las cosas del toreo, que en aquellos estertores del siglo XX contaban muchas más cornadas en la parte alta del escalafón, quisieron que fuera el propio Morante quien cogiera dos sustituciones del también herido Jesulín de Ubrique. La segunda de ellas, un 2 de junio, para lidiar una corrida del hierro albaceteño de Daniel Ruiz, que esa tarde corneó gravemente a Miguel Abellán.

En el mes de julio, el día 25, Morante estaba anunciado en la plaza de toros de Tudela junto a Manuel Caballero. Ambos obtuvieron el triunfo, aunque Morante solo pudo matar un toro tras recibir un fuerte golpe en la muñeca izquierda, esa que ya de novillero conoció el daño que hacen los toros. Ese percance le mantuvo cerca de un mes parado. Regresó a mediados de agosto y cogió rápidamente el ritmo, pero otro toro lo frenó en seco, seguramente en el percance más grave de su trayectoria junto al del pasado lunes. Sucedió el 10 de septiembre en la madrileña localidad de San Martín de Valdeiglesias. El toro de nombre ‘Polizón’, de la ganadería de Los Millares le propinó una escalofriante voltereta que le fracturó una vértebra lumbar. Estuvo ingresado 20 días en el hospital de la Cruz Roja de Sevilla y pasó prácticamente tres meses casi postrado en la cama. Fruto de esa lesión perdió medio centenar de corridas. 

Reapareció seis meses después, el 4 de marzo del año 2000, en la plaza de toros riojana de Calahorra, el mismo día en que Curro Romero fue ingresado a consecuencia de un herpes que le afectó al ciático. El destino iba a querer que, en ese mismo año 2000, el 22 de octubre, el Faraón de Camas anunciará su retirada para siempre tras torear mano a mano en La Algaba con Morante de La Puebla, cuya temporada de ese año estuvo teñida de sangre por partida doble. 

El 29 de abril, en una tarde portentosa en La Maestranza, cambió la Puerta del Príncipe por una cornada de dos trayectorias en el muslo izquierdo de 30 centímetros en total. Le había cortados dos orejas al primero de su lote de Victoriano del Río y salió en el sexto, ‘Barbiano’, a arrancarle otra para lograr el triunfo, que hubiera sido el segundo consecutivo en su Sevilla, conquistada un año antes. Para entonces, aunque a alguno le cueste creerlo, Morante ya era un ídolo en Sevilla, pese a que luego su relación haya vivido continuos altibajos. 

ALBACETE, ORIGEN INVOLUNTARIO DE UN DESENCUENTRO HISTÓRICO

Sería en Albacete, el 14 de septiembre de ese mismo año, cuando Morante volvió a pasar por la enfermería. Un cúmulo de infortunios. Aquella corrida empezó con bronca porque, después de varias temporadas, la pareja de alguacilillas que trabajaba en la plaza, formada por Vanesa y Rosi, no salió al despeje de plaza. Huelga y plante a la empresa porque no les dejaban una cuadra o un espacio en las dependencias del coso para los caballos. En su lugar, dos señores que pagaron el pato y el descontento de la afición manchega, que quería a sus alguacilillas de vuelta.

Se lidió una corrida de Daniel Ruiz de juego extraordinario. El tercero, sin embargo, lució el hierro de Charro de Llen, un sobrero que nunca debió salir. Y es que, al toro titular, mal presentado, le penalizó más la bronca de salida que un tropezón que justificó la devolución, pese a que estaba teniendo gran comportamiento. Los palcos, ya ven, siempre tan protagonistas. Ese toro sobrero, más propio de la calle por su fea hechura y unos pitones destartalados, no tuvo condición alguna. Para colmo, no pudo ser picado. Derribó en el primer envite y el palco cambió el tercio sin haber recibido el puyazo. Morante se fue pronto a por la espada, pero fue corneado en la suerte suprema. Una cornada de 5 centímetros en el muslo izquierdo que le llevó a la clínica del Rosario, aunque por poco tiempo, porque pidieron el traslado a Sevilla la misma noche del percance.

Esta cornada de Albacete le impidió estar en la feria de San Miguel de Sevilla, hecho que le sirvió al empresario debutante, Eduardo Canorea, en comandita con el albaceteño Ramón Valencia, que se hicieron con el control de La Maestranza tras la muerte de don Diodoro, iniciar su particular guerra contra Morante. Recordábamos antes el festival de La Algaba que puso fin a la carrera de Curro Romero. Pues bien, ese festival, y por tanto la despedida del maestro, habría de haberse celebrado en la Maestranza, a beneficio de la Asociación de Padres de Niños con Cáncer de Andalucía, pero los empresarios no les cedieron el coso para tal fin y se tuvieron que ir a La Algaba. 

En enero de 2001, Morante hizo su debut en la plaza colombiana de Bogotá y cuajó una faena exquisita a ‘Rompecuñas’, un toro muy bien presentado de Garzón Hermanos, aunque peligroso y demasiado mirón. El público de la Santa María vibró con el matador sevillano, que, como ya habría hecho un año antes en Sevilla, trató de matarlo en la suerte de recibir. Al tercer intento, el toro le prendió por el escroto y le dejó una cornada que no revistió mayor gravedad. ¿Qué hizo? Corriendo al aeropuerto y de vuelta a España. Una constante en su carrera, evitar en la medida de lo posible la estancia en hospitales. 

En 2002, el 27 de septiembre, volvió a cobrar en la localidad cordobesa de Pozoblanco. Un toro de Torrestrella le propinó una cornada de 10 centímetros en la parte alta del muslo izquierdo que le desgarró la musculatura. Esa noche también durmió en su casa de La Puebla. En ese año 2002, Morante no toreó en la feria de abril por nuevas desavenencias con la empresa. 

ENCERRONAS Y RETIRADAS

En 2003 sí aparece por primavera en La Maestranza, pero tiene lugar el primero de los episodios que marcan las turbulencias del Morante de esa segunda etapa, un Morante que ya es figura del toreo. El 12 de octubre se encerró con seis toros en Jerez, aunque la intención del diestro era haberlo hecho en Sevilla, algo a lo que la empresa se negó. Tal fue el cabreo entre las partes que, al año siguiente, el maestro de La Puebla vuelve a quedarse fuera de la feria de abril. Para tocarle los costados a Canorea junior y a Ramón Valencia, decide dar un golpe en la mesa y se anuncia con seis toros en solitario en Las Ventas de Madrid. Eso sería el 11 de abril, domingo de Resurrección. A los pocos días, después de una encerrona intrascendente, anuncia su primera retirada de los ruedos por motivos de salud mental y pone rumbo a Estados Unidos para enfrentarse a un tratamiento que le ha acompañado desde entonces: el electroshock. 

Una retirada, como todas, muy breve y en un silencio cómplice. A principios de 2005 ya estaba otra vez vestido de luces. Un torero nuevo, mucho más profundo y asolerado que iba a dejar una de las temporadas más brillantes de su carrera en lo artístico. Para el recuerdo, una tarde en octubre en Valencia, esa faena a ‘Pajarraco’ de Cuvillo, y una mañana en Espartinas en la que se enfrentó a un antepasado del toro que, en 2009, lo convertiría en leyenda en Madrid, ‘Alboroto’, de Juan Pedro Domecq. Un rabo le cortó a aquel y quién sabe que habría pasado si su tocayo, cuatro años después, hubiese durado un poquito más en Las Ventas. 

En junio de 2007, ya apoderado por Rafael de Paula, se encerró con seis toros en la Corrida de Beneficencia en Las Ventas. La tarde no iba muy allá y el quinto toro le propinó una cornada en la frente y un puntazo en la espina iliaca. Aun así, salió a matar el sexto y cuajó una de esas obras que permanecen en el recuerdo de los aficionados. Incluso llegó a poner banderillas y acabó cortando una oreja. El rey don Juan Carlos I se saltó cualquier protocolo y lo abrazó en el palco real como abraza un padre a su hijo herido. A los pocos días, Morante volvió a retirarse del toreo de manera temporal. 

Morante y el Rey Juan Carlos I (EFE)

El mes de agosto de 2009 fue el más duro en la carrera del diestro cigarrero. Aquel año fue glorioso para el torero, que completó en Sevilla una feria de abril antológica. Para el recuerdo, dos faenas a toros de Juan Pedro Domecq y de Jandilla y un recibo capotero a un victorino que hizo sonar la música. En San Isidro, el 21 de mayo, le confirmó la alternativa al albaceteño Rubén Pinar y dejó aquella tarde la actuación de un torero con el capote en Las Ventas más importante de todos los tiempos. Los quites al toro ‘Alboroto’, de Juan Pedro Domecq, forman parte de los momentos destacados de su carrera. Pero, lo dicho, llegó agosto de 2009 y Morante pagó el peaje de un año de máxima entrega. 

El día 7 actuaba en el Puerto de Santa María junto a Julio Aparicio y José María Manzanares. Durante la lidia del quinto toro, que provocó el deleite del público portuense, sufrió un traspiés al pisar la muleta. Se tropezó Morante y el toro no le perdonó. Lo cogió por el muslo y después, yacente en el suelo, volvió a hacer presa. El resultado, cornada grave de dos trayectorias que le destrozó el abductor y varias colaterales de la vena safena interna. A los once días, regresó a los ruedos en la feria de Málaga, y, diez días después, otra vez al hule. 

El 28 de agosto, en San Sebastián de los Reyes (Madrid) un toro con el hierro de El Torreón, propiedad del maestro colombiano César Rincón, que fue padrino de alternativa de Morante, lo dejó colgando del pitón izquierdo a la altura de la corva. Consiguió pese a ello matarlo y le cortó una oreja, pero ya no regresó al ruedo. Tenía 16 centímetros de cornada en el muslo izquierdo.

No sería hasta 2013 cuando volvería a pasar por el quirófano. Fue en Huesca, el 10 de agosto, en plena feria de la Albahaca, mientras lidiaba un mano a mano con Enrique Ponce. Un toro de Gerardo Ortega le cazó cuando lo estaba cuajando al natural y, otra vez en el muslo izquierdo, volvió a calar el pitón. Hizo presa, pero no soltó, por lo que el torero giró varias veces con el cuerno dentro. Hasta tres trayectorias le disecaron el fémur, con 65 centímetros de cornada entre las tres. Y tres fueron las horas que estuvieron los médicos operándole. Estuvo tres días en la UCI y tuvo que recibir hasta dos transfusiones de sangre. La reaparición, menos de un mes después, al más puro estilo Morante, matando seis toros en solitario en la tradicional corrida goyesca de Ronda (Málaga) con gran éxito. 

En los años posteriores, convivió Morante con tardes de gloria y con los momentos seguramente más decadentes de la carrera, en las que no se encontraba como torero. Antes de que llegara la pandemia perdió parte del rumbo y del boato de figurón del toreo, pese a que seguía siendo uno de los matadores con más tirón en la taquilla. En 2017 anunció otra de sus retiradas, motivada por el tamaño de los toros, tras una tarde de petardo en El Puerto de Santa María. Al año siguiente ya estaba otra vez delante de esos mismos toros. Fue tras la pandemia cuando encontró unos niveles de regularidad casi insólitos en un torero de su corte, destacando dos grandes hitos, la temporada de 2022, en la que alcanzó la cifra de 100 corridas toreadas, y la tarde del 26 de abril de 2023, cuando cortó un rabo en la Maestranza de Sevilla. 

2025, SANGRIENTA CONSAGRACIÓN

Desde entonces, varios parones más causados por sus tormentos. Se mantuvo alejado de los ruedos entre mayo y julio de 2024. Regresó a finales de julio en Santander y el 31 de agosto, tras torear en Palencia, cortó finalmente la temporada aquejado de problemas mentales y cuadros depresivos incompatibles con la vida de torero y con una vida normal, en general. Ese invierno volvió a pasar por la terapia de electroshocks, un martirio para el hombre, para el torero y para su memoria, que perdió gran parte de las múltiples hazañas conseguidas. Eso sí, le permitió reencontrarse consigo mismo y volver a los ruedos. Y esa temporada, la del pasado 2025, fue de ensueño. Logró, por fin, salir a hombros de Las Ventas en una feria de San Isidro de antología. Un año plagado de percances, salió Morante casi a cogida diaria, hasta que el 10 de agosto en Pontevedra, justo 12 años después de la última cornada, volvió a sentir el pitón en sus carnes. En un pase de pecho a un toro incierto de Garcigrande, llegó la cogida. 16 centímetros divididos en dos trayectorias de pronóstico grave en el muslo derecho. Otra vez, nada más ser operado, pidió el alta voluntaria para marcharse a casa a seguir con la recuperación. 

Una trayectoria de casi 30 años de matador de toros que no ha estado marcada por los percances físicos, pese a haber recibido doce cornadas y varias cogidas que le han producido lesiones físicas de importancia. No obstante, han sido las cornadas de la mente las que más han hecho mella en un torero histórico, el mejor de su generación y uno de los más importantes, si no el que más, de todos los tiempos. 

Mapfre

Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
Botón volver arriba