La humilde infancia de Manolo García entre Barcelona y un pueblo de Albacete: «No teníamos agua corriente»

Férez, un pequeño municipio de 600 habitantes, marcó su forma de ver el mundo

Manolo García siempre ha defendido que su corazón es «doble», mitad catalán y mitad albaceteño. Pero si quedaba alguna duda sobre ese vínculo con la tierra de sus raíces, basta con escucharle hablar de su infancia en Férez, el pueblo de sus padres y abuelos, para entender hasta qué punto aquella vida marcó su forma de ver el mundo.

En una conversación reciente en el podcast ‘Por el principio’, el artista abrió la puerta a ese universo rural que lo acompañó en sus años de formación. Una infancia humilde, dura en lo material, pero rica en experiencias, naturaleza y vínculos familiares.

Nacido en Barcelona en 1955, Manolo García creció en un barrio obrero al que sus padres habían emigrado buscando mejores condiciones de vida, dejando atrás precisamente la dureza del campo albaceteño. En aquel entorno urbano, la precariedad era habitual. El propio cantante lo recuerda con crudeza: «No teníamos agua corriente. Yo iba a la fuente con cacharros para cargar agua para cocinar y lavarnos… Yo no sabía lo que era una ducha».

Veranos en Férez

Sin embargo, los veranos en Férez ofrecían una realidad completamente distinta. No menos austera, pero sí más libre, más comunitaria y profundamente ligada a la tierra. Allí, entre bancales de secano, huertos y acequias, el joven Manolo descubría otra forma de vivir.

En el pueblo, los niños crecían en plena libertad, recorriendo campos, corrales y eras sin apenas límites. «En los pueblos reinaba un ambiente más liviano, el aire corría fresco y puro, y los chavales estábamos asilvestrados», recordaba el artista. Aquella sensación de libertad infantil sigue siendo, décadas después, uno de los recuerdos más potentes de su vida.

La vida en Férez estaba marcada por la escasez de agua, un bien que se administraba con cuidado y por turnos entre vecinos. «Había una red de acequias ancestrales. El agua era poca y se repartía por horas. Los pequeños huertos eran de supervivencia familiar», explicaba García, evocando aquellas noches de trabajo en el campo.

También quedaban grabadas en su memoria las matanzas, la convivencia con animales domésticos y la vida compartida en comunidad. En muchas casas se criaba un cerdo, o incluso dos, y las tareas del campo se convertían en acontecimientos colectivos que reunían a vecinos y familias.

Su abuelo, una «bellísima persona»

Pero si hay una figura que destaca en sus recuerdos, es la de su abuelo materno, Julián, al que ha definido como una persona fundamental en su vida. «Era una bellísima persona. Me emociono al pensar en él. Lo tengo siempre en mi mente. Cuando tengo un problema, hablo con él», confesaba el músico.

Julián, hombre de campo y de carácter sereno, había vivido la pérdida de cuatro de sus seis hijas, un dolor que no impidió que cuidara con especial ternura a las dos que sobrevivieron, la madre y la tía del artista. De él aprendió valores que aún hoy reivindica: la sencillez, el esfuerzo y el respeto por la vida.

Las eras del pueblo también ocupan un lugar central en su memoria. Allí se trillaba, se compartía comida y conversación, y se fortalecían los lazos familiares. «Los primos siempre juntos, contando historias. Ese recuerdo es imborrable. Éramos los olores, los sabores… Éramos felices», resumía el cantante. Una felicidad sencilla, basada en la convivencia: «Hoy te ayudo yo a ti, y mañana me ayudas tú a mí. Estaba la compañía, la alegría, comer juntos…».

Manolo García fue testigo directo del final de una forma de vida que hoy prácticamente ha desaparecido en muchos pueblos de la provincia. Una España rural de esfuerzo colectivo, de dependencia de la tierra y de veranos eternos.

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María López

Nacida en Albacete (1996). Graduada en Periodismo por la Universidad de Castilla-La Mancha. He pasado por Cadena SER, Castilla-La Mancha Media y El Español.
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