Fito Cabrales volvió a demostrar este sábado en Albacete que, además de oficio y carisma sobre el escenario, tiene ese instinto que distingue a los artistas que nunca pierden de vista lo importante. En plena noche grande en el campo José Copete, con 15.000 personas entregadas a una nueva parada de la gira Aullidos, el líder de Fito y Fitipaldis protagonizó uno de esos momentos que trascienden al propio concierto.
La banda bilbaína estaba firmando una actuación de altos vuelos, de esas construidas sobre himnos, músculo instrumental y una conexión absoluta con el público. Habían sonado ya temas como A contraluz, Un buen castigo, Por la boca vive el pez, Me equivocaría otra vez o Entre la espada y la pared, en una noche en la que el José Copete se había convertido en un enorme coro generacional. El concierto avanzaba con la precisión habitual de una formación impecable, con Carlos Raya a la guitarra, Coki Giménez a la batería y el resto de la banda sosteniendo un directo sin fisuras.
Pero hubo un instante en el que la música dejó de ser lo más importante. Fito paró el concierto para pedir la entrada de las asistencias y atender a una chica que se encontraba indispuesta entre el público. No fue un gesto apresurado ni una pausa sin más. El cantante dejó claro que no quería seguir hasta tener la certeza de que todo estaba bien, en una muestra de cercanía y humanidad que el público recibió con respeto y aplausos.
El momento rompió por unos minutos el ritmo del recital, pero reforzó todavía más la conexión entre artista y asistentes. En una noche marcada por la nostalgia, los clásicos y la solidez de un repertorio que fue alternando canciones del nuevo disco con piezas esenciales de su carrera, Fito se ganó también al público con un gesto sencillo y contundente: parar cuando había que parar.
Y eso ocurrió precisamente en un tramo del concierto especialmente intenso. Tras la carga emocional de Volverá el espanto, acompañada por imágenes de una Gaza devastada, y después de un pasaje más íntimo con Cielo hermético y Cada vez más cadáver, el recital vivía uno de sus momentos de mayor profundidad. Fue ahí cuando la atención se desvió del escenario al público, y Fito decidió que no había canción que pudiera sonar por encima de la preocupación por una asistente.
Una vez confirmada la atención a la joven, el concierto retomó su pulso. Y lo hizo con Whisky barato, devolviendo la energía a un José Copete que respondió como había hecho durante toda la noche: entregado de principio a fin. Después llegarían más himnos, los guiños de la gira, la recta final con La casa por el tejado o Soldadito marinero, y unos bises que cerraron otra noche grande para la música en directo en Albacete.
Pero entre tantos estribillos coreados y tantos móviles en alto, uno de los recuerdos que deja el paso de Fito y Fitipaldis por la ciudad no tiene que ver con una canción. Tiene que ver con un artista que entendió que, antes que seguir tocando, lo primero era asegurarse de que una persona estaba bien. Un gran gesto, de esos que también explican por qué Fito sigue ocupando un lugar tan especial para varias generaciones.


