(Madrid, Madrid, Madrid, Hala Madrid, y nada más. Y nada más. Hala Madrid)
Asumiendo que ser opinador no es cosa fácil si se quiere ejercer desde la tibia equidistancia, hoy soplo las velas de mi primer aniversario como columnista en El Digital de Albacete corriendo el riesgo de caer mal, al menos, a la mitad de los lectores.
La libertad de cátedra que el director me prestó hace ya 365 días me permite el atrevimiento a desprenderme de la habitual observación del tablero político para adentrarme, sin que sirva de precedente, en la parcela de los sentimientos casi primarios que un escudo es capaz de provocarme.
Mis primeros recuerdos pasan por un póster de la plantilla del Real Madrid que, allá por la 87-88, lucía una de las paredes de la sala de estar de casa. Apretando la memoria, me viene a la cabeza la imagen de mi padre armado con el palo de una vieja zambomba y señalándome uno a uno a todos los jugadores que posaban para la ocasión. Yo, buen alumno, recitaba sus nombres. ‘Agustín. Butragueño. Sanchís’.
La vocación madridista, como cualquier otra, no es de hoy para mañana. Quiso la genética que llegara a este mundo con pies planos, a tal punto que la medicina de la época vino a dictaminar que me vería obligado a llevar plantillas especiales dentro de los zapatos para que mis pezuñas en formación cogieran la curva estándar como cualquier otra de un niño de 4 años. Como a cualquier chiquillo, lo de ir a consulta daba pereza. La estrategia paterna para aliviar el susto pasó entonces por convencerme que me iban a tomar medidas para hacerme unas botas de fútbol, y así fue como me plantaron sobre una camilla, ataviado con un uniforme del Real Madrid, marca Luanvi, con el 9, el de Hugo Sánchez, a la espalda.
Y de esa guisa, el sanitario comenzó a untarme ambas peanas a base de escayola, lo que serviría después para conformar el molde de las dichosas plantillas. Las botas de fútbol nunca llegaron, pero las plantillas naranjas me acompañaron hasta que los pies me dieron el siguiente estirón.
Fue poco después cuando aquellos pies pisaron el Bernabéu. Seguía siendo el año 89 y el Real Madrid se presentaba ante su afición, con John Toshack como entrenador. Sería la temporada de los 107 goles. De todos ellos, hasta 38 de esas dianas precedieron otras tantas volteretas de Hugo Sánchez, pero en aquella grada, aún no lo sabíamos. Durante la exhibición que los jugadores ofrecían a sus aficionados, el mejicano, mirando hacia la grada donde un niño de 4 años con plantillas de plástico, levantó la mano. «Te ha saludado a ti», me dijo mi padre. No era verdad. Pero como si lo fuera.
No tardé mucho en ver mi primer partido. Marzo, año 90, día 25. San Humberto, para más señas. El Real Madrid recibía al Tenerife el mismo día que en Televisión Española se emitía el último capítulo de ‘Los Trotamúsicos’. 5-2 para el Madrid. Hierro, Ruggeri, Martín Vázquez y dos de Hugo, que esta vez no me saludó. Mi amor incondicional ya estaba condenado a ser eterno.
Y la vida siguió pasando salpicando recuerdos de puro fútbol. Hoy, el chaval de las plantillas calza un 47, y tiene tan arqueadas las plantas de sus pies como blanco el corazón.
Toda esta memoria es una buena materia prima para explicar la ilusión que persigue a uno cuando amanece un día importante. Hoy toca Champions. Más allá del resultado, y para quien no lo entienda: cada suspiro que ilustre el día de hoy hasta que se me corte el aliento cuando el balón eche a rodar viene patrocinado por un catálogo de recuerdos que me transportan a mi infancia solo con invocarlos.
Hala Madrid.
Humberto del Horno

