Estuvimos el fin de semana en Sevilla viendo a José Fernando Molina, que no tuvo la mejor de sus tardes, pero que mantiene intacto el crédito para los aficionados de Albacete porque sabemos de buena tinta las condiciones que atesora. No sé si fue el viento, la presión del enorme compromiso que tenía enfrente con una corrida tan seria o que, sencillamente, no tuvo un buen día. Quizá una mezcla de todo. Sería injusto, como pretenden algunos, enterrarlo por una mala tarde. Afortunadamente, Molina es un tío serio y no creo que nadie le tenga que decir cómo estuvo, ya lo sabe él. Y al lado tiene a José Antonio Galdón ‘Niño de Belén’, que suele hablar el idioma de la verdad. A pasar página y a mirar hacia el siguiente compromiso, todavía más fuerte: San Isidro. Toreará el 27 de mayo la corrida de Pedraza de Yeltes. Tiene raza y alma de torero, ha sufrido la dureza de la vida, dentro y fuera de la plaza, y va a triunfar en Madrid. Y allí estaremos para contarlo y para celebrarlo.
La moraleja que sacamos del fin de semana en Sevilla y, en general, de lo visto en este inicio de temporada y el epílogo del 2025 es que la tauromaquia propiamente dicha está en gravísimo peligro de extinción. Los toros están de moda, ya lo hemos dicho en infinidad de ocasiones, pero a un precio letal. El toro como alternativa de ocio y no como espectáculo cultural. No es cuestión de ponerse purista y velar por los santos oficios del toreo. No es esto una reivindicación populista sino una señal de alerta por el riesgo que viene. La integridad, la seriedad y el alma misma de la tauromaquia penden de un hilo por culpa de un sector entregado en cuerpo y alma al dinero fácil. Cierto es que han conseguido modelar un tipo de festejo rentable y muy propicio para que esta sociedad nacida de la pandemia, que salió del confinamiento con una sed de ocio inquietante, pueda explayarse. Todo, además, al cobijo de unas ideas políticas que manosean la tauromaquia por puro interés y que la han travestido de lo que no es.
Es preocupante ver cómo a una parte de la sociedad le genera rechazo el mundo del toro porque lo ubica en la derecha carca del país, o en la extrema derecha. Sería mejor llamarla derecha charca o derecharca. Y si va uno a los toros, se da cuenta de que ese nuevo público, joven y no tan joven, no tiene nada de extrema derecha tal y como la conocemos en la historia reciente. Ni siquiera VOX lo es, pero eso es otro debate que no viene al caso. El problema, digo, es que son los propios taurinos los que arrinconan a su industria para mayor gloria de su bolsillo y de la bolsa electoral del político de turno, al que le han sacado un abono en el callejón para pasearse con su jefe de prensa fotografiándolo todo. El único objetivo es contar que se ha estado en una tarde histórica y que allí estaba yo para verlo. Y si no pasa nada, nos lo inventamos.
El ejemplo de Sevilla es paradigmático y enormemente perjudicial. El mayor culpable, el palco presidencial, dependiente de la Delegación del Gobierno de la Junta de Andalucía, que está entregadísima a la causa. Los elige dóciles, de padres poderosos y con apellidos pomposos. Con nulos conocimientos de tauromaquia, pero con una facilidad pasmosa para subvertir un rito agonizante. Se aprueban toros indignos para la categoría de la plaza, se pasan por el forro los códigos y las normas escritas en el reglamento y se venden al mejor postor repartiendo orejas como si fueran caramelos en una cabalgata. El toreo tómbola de esta época que es un agravio a siglos de lucha, de esfuerzo y de sacrificio de muchos toreros, muchos ganaderos y sobre todo, muchos aficionados que han mantenido con su dinero un espectáculo que ya no tiene nada de verdadero salvo las cicatrices de los matadores y la quiebra de esos hombres de campo que no se han bajado los pantalones.
Hablamos hace unas semanas en El Digital de Albacete con Pilar Bojó, inspectora jefa de la Unidad de Policía Nacional Adscrita a la Comunidad Valenciana y presidenta de la plaza de toros de Valencia, que fue insultada y atacada de manera sistemática por toreros, ganaderos del régimen y empresarios con intereses creados por no darle varios despojos a Tomás Rufo en la pasada Feria de Fallas. Su mayor pecado, cumplir el reglamento y no ceder ante el lícito y lógico desconocimiento de un público nuevo al que hay que enseñar, pero no adoctrinar. Y la doctrina que sobrevuela en la élite del taurineo es la del todo vale. Sería interesante que esa industria que manda se preocupara por hacer pedagogía y tratar de explicar cómo funciona una corrida de toros y conseguir que los amateurs sepan discernir entre lo bueno y lo malo. O entre lo correcto y lo incorrecto, porque sobre gustos nada hay escrito.
En el momento en que se evita buscar la excelencia, se cae en la mediocridad. Si te presentas a un examen buscando el 5, lo normal es que suspendas. El objetivo debe ser siempre el 10 y el resultado siempre será positivo, pase lo que pase. El principal problema es que aquellos que velan por la integridad son minoría y van siendo poco a poco purgados de la primera línea, ya sea en los palcos, en las plazas, en el campo o incluso en los medios de comunicación. Es la teoría del reemplazo de la que ya hemos hablado en alguna ocasión. Su teoría es que vamos a la plaza buscando el error y la trampa para censurarla. Mienten a sabiendas. Lo que buscamos en una plaza de toros es la verdad y la pureza. Un ejemplo es el de Cristian Pérez. Las Ventas se puso en pie ante su verdad, su entrega y su pureza. No es que Cristian sea fino estilista ni su concepto tenga matices depurados, pero siempre busca el 10. Su 10. Por eso, casos como el de Cristian Pérez se cantan siempre y primero desde estos foros de aficionados y no desde las tribunas que manosean a diario y con mal estilo los que, por desgracia, mandan en esto.
Este fin de semana estuve en Sevilla con Anabel Moreno Muela, prestigiosa jurista, aficionada cabal y presidenta de plaza de toros. Ella misma subió muchas tardes al palco de la Maestranza y a ella la sacaron de allí a patadas los taurinos. Les estorbaba. Dicen que era muy dura o muy exigente. Para nada. Simplemente era aficionada y guardaba y guarda respeto por su plaza de Sevilla. El de Sevilla es un coso de primerísima categoría y como tal ha de tratarse. Desde la prensa y desde el palco. Para desgracia de la afición, es una plaza que ha caído y que va a costar mucho levantar. No hay una masa en los tendidos que se levante contra la mala praxis de toreros y de picadores y al más mínimo conato de bronca o protesta rápidamente se disipa porque nadie se suma a ellas. En Las Ventas sí que se mantiene ese sector que no traga con todo. Seguramente pequen de intransigentes en algún momento y sean extremadamente severos en su juicio, pero mucho más injusto es para el toreo y para el torero un público adiestrado para el aplauso y para el ole. No me atrevo a pronosticar un futuro sólido porque no tengo ninguna esperanza. Tengo la suerte de visitar decenas de plazas por España, Francia y América todos los años y la conclusión es que se ha perdido no una batalla sino la guerra. Los aficionados son una minoría maltratada y el ambiente en las plazas de toros se ha teñido de público mitinero. Una clá que va ensanchando día a día, festejo a festejo, la cornada a la grandeza de la Tauromaquia. Albacete, al menos, mantiene intacta su feria y tiene un reducto de aficionados que no calla ni callará ante la deriva actual. Esperemos que el palco sepa elegir y no sea cómplice, como acostumbra, de un crimen cultural que no podemos ni debemos permitirnos.
Julio Martínez


