Enrique, el albaceteño que sobrevivió a los campos de concentración nazi

Enrique López, natural de Hellín (Albacete), sobrevivió a Mauthausen

Hay historias que no deben olvidarse y lugares que todavía impresionan a pesar del paso de los años. Historias de millones de personas como las que encierra Mauthausen, un campo de concentración de la Alemania nazi, ubicado en Austria, que acabó con la vida de miles de personas, muchas de ellas españolas. Clasificado como un campo de exterminio, miles de prisioneros fueron sometidos a condiciones extremas, trabajos forzosos y a una violencia constante. Una de esas personas que, afortunadamente consiguió sobrevivir a uno de los hechos históricos más crueles de la historia moderna fue Enrique López Morcillo, un hombre de Hellín, (Albacete).

Enrique nació en febrero de 1896 en su Hellín natal, el mismo lugar donde falleció en 1989, tras conseguir algo que pocos hicieron: sobrevivir al horror de Mauthausen, uno de los campos de concentración de la Alemania nazi, que se llevó miles de vidas, muchas de ellas de españoles. De hecho, Mauthausen era conocido como el campo de los españoles.

Candela, nieta de Enrique, ha heredado un gran legado de su abuelo: contar su historia. Tanto es así, que Candela, siendo todavía muy joven, acudió en representación de su familia a uno de los homenajes a los españoles de Mauthausen.

Foto: Cedida

Enrique López: un hellinero en Mauthausen

La historia de Enrique López comienza en Hellín. Con una vida normal, Enrique era albañil de profesión, y fue “uno de los que fundó el Partido Socialista en Hellín”, explica Candela, su nieta, a El Digital de Albacete, que señala que “cuando salía del trabajo se reunía con amigos y allí lo organizaron y lo fundaron”. Durante la Guerra Civil “mi abuela servía en una casa”, recuerda Candela, y manifiesta que “pasaron muchísima miseria, muchísima hambre”. Así, señala que “mi abuelo no tenía edad para ir a la guerra, pero se fue a Valencia a colaborar en lo que pudo”, y sostiene que de ahí se vio obligado a marcharse a Barcelona, y finalmente en Francia.

Todo cambió cuando “Franco dijo que de los Pirineos para arriba no había españoles, que los españoles estaban en España”, recuerda. Y es que los españoles eran calificados como personas sin patria en los campos de concentración. Tras un par de años en Francia, “lo hicieron prisionero, primero lo mandaron a una especie de prisión, y de allí, el 19 de diciembre de 1949 entra en Mauthausen”, señala Candela.

Foto: Pixabay

Enrique López llevaba el número 4.790 en el campo de concentración

En los campos de concentración perpetraban verdaderos horrores, pero más allá de las torturas físicas, desprendían a las personas de todo: desde los enseres personales hasta su propia identidad. Tanto es así, que los prisioneros como Enrique dejaron de tener un nombre propio para ser solamente un número más ente millones. En el caso de Enrique, el 4.790. “Le grabaron ese número y entró en el campo”, sostiene Candela.

Unos años de “verdaderas penurias”, como indica Candela, que recuerda que su abuelo no solía hablar de ello. “Era tabú”, asegura. “No volvió a probar las espinacas nunca, se las comían tal y como salían de la tierra, apenas hervidas”, explica, y asegura que algunas manías lo acompañaron el resto de su vida, fruto de lo vivido en aquel campo de concentración. “A mi abuelo le cortaron los tendones de varios dedos de la mano”, recuerda, y manifiesta que “mi abuelo nos contó que había una escalera, que llamaban ‘la escalera de la muerte’”.

Foto: Cedida

En esa situación, Enrique coincidió con otro albaceteño. “Santiago Bonaque, un joven de Yeste (Albacete), con quien “entabló una amistad tremenda que mantuvieron mientras vivieron. Fue una amistad muy grande, aunque este hombre jamás volvió a España”, explica Candela, y es que juntos, ambos albaceteños fueron de los pocos albaceteños que sobrevivieron a Mauthausen.

Superviviente de los campos de concentración

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, antes la liberación de los campos de concentración, “mi abuelo nos contó que ya estaban armados y organizados”, explica, y añade que “hay una foto muy icónica en la que los españoles colocaron un cartel muy grande que decía ‘los españoles saludan a las fuerzas antifascistas’”. Para cuando liberaron a Enrique, apenas “pesaba 40 kilos. Era un nombre que medía alrededor de 1,90 metros. Era un señor muy grande”.

Pero lo cierto es que, aunque liberados, los españoles que sobrevivieron no pudieron regresar a casa ni abrazar a su familia como habrían querido. “No volvió a España hasta 1963”, recuerda Candela, y manifiesta que “escribió una carta contándole a su madre que estaba vivo. La carta se quedó retenida casi 2 años. Un hombre se jugó la vida para que su familia la pudiese leer y se la llevó de madrugada”, explica, y señala que “en esa carta decía que estaba vivo y dónde estaba. No pudieron hacer ni un gesto de alegría. Era una familia que ya estaba estigmatizada”.

Enrique junto a su familia / Foto: Cedida

Tras salir del campo de concentración y ante la imposibilidad de regresar a casa, Enrique se quedó a vivir en París. “Mi abuela se fue a vivir a París con él”, explica, y manifiesta que “mi madre me contó que una vez fueron a Hendaya a verle, con muchas recomendaciones, y estando en la frontera no les dejaron cruzar. Se quedaron cada uno en un lado de la frontera”. “Mi madre contaba que la última vez que vio a su padre tenía menos de 9 años y no lo volvió a ver hasta los 23 cuando se casó, y porque mi padre era ferroviario y a ellos les dejaban viajar gratis en tren, porque económicamente era imposible”, señala.

El regreso a casa

Finalmente, Enrique López pudo regresar a su tierra, la que lo vio nacer y la que añoró, donde construyó una casa y una familia, y donde finalmente murió. “Después del campo de concentración no volvió a ir a misa, pero jamás se lo prohibió a mi madre. Él no quiso saber nada, pero nunca se metió en que hiciéramos la comunión o nos casásemos por la iglesia”, añade. “Se mantuvo con sus convicciones hasta el final”, asegura, eso sí, “fue al entierro de mi abuela, su mujer, porque se adoraban. Si yo tengo algún referente de un matrimonio son ellos, para mí son un referente de amor, se miraban, y aunque tenían años, se quedaban embobados, estaban enamorados”.

Foto: Cedida

La historia de Enrique López no es solo la de un testimonio de supervivencia, es la historia que muchos no tuvieron la oportunidad de contar. Es la historia de mucho dolor, pero de una fortaleza admirable, como lo es la de los españoles que nunca dejaron de aferrarse a la esperanza de volver a casa desde los oscuros campos de concentración. Una historia de memoria y dignidad que sigue viva hoy gracias a su nieta Candela, que no olvida a aquel hombre «justo y bondadoso” que recuerda. Personas como Candela, que siguen compartiendo los horrores de sus familiares son las que luchan porque esta historia no se repita, porque quien olvida su historia está condenado a repetirla.

“Si yo tuviese que describir a mi abuelo con poquitas palabras, diría que para mí era el hombre más justo, más bondadoso y más bueno que había en el mundo. Era un un buen hombre, era más de dar la mano que de una firma” – Candela.

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Noelia López

Natural de Albacete, Graduada en Periodismo por la Universidad Miguel Hernández. Experiencia en medios de comunicación como VIsión6, Es Radio y Telemadrid
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