Los toros han vuelto a Hellín por Semana Santa de la mano de Nacho Lloret con un cartel de gran interés, a la altura de lo que merece una plaza con tanta historia. La corrida del Sábado de Gloria cumplió las expectativas y no fue de premio gordo por culpa de los fallos con la espada. Samuel Navalón salió a hombros con tres orejas en una actuación soberbia; Víctor Hernández pinchó dos faenas de una categoría suprema y El Cid se atrancó con la espada con un lote soso de una corrida de Alcurrucén que, en general, tuvo movilidad y propició el espectáculo.
El primero de Alcurrucén fue el típico toro que viene bien para que los nuevos públicos aprendan, además de pasárselo bien. Tuvo el comportamiento típico de este encaste Núñez, desentendido de salida hasta la enésima potencia y con las puntas de los pitones con propina de jeque árabe. Esto último también empieza a ser habitual en la vacada lozana. Emplazado ‘Castañuelo’ en los medios y pivotando sobre sí mismo en función del lugar desde donde Manuel Jesús ‘El Cid’ o sus peones lo llamaban. Costó centrarlo, pero el matador sevillano ha estado ya en mil guerras y un toro de Hellín no fue capaz de disuadirlo, pese a que su batalla ya no es con la ambición ni con los números. Se les olvidó a los operarios darle un manguerazo al ruedo, que se convirtió en una polvisquera insufrible. El Cid estuvo hábil y solvente en la faena de muleta. Buscando siempre esos naturales marca de la casa que en los últimos años hemos podido disfrutar casi en exclusiva en Albacete. Bajos los sones de Amparito Roca, el torero de Salteras conectó con los tendidos y también fue capaz de subirle los plomos al toro, que lo tenía todo guardado. Tampoco es que tuviera mucho dentro, pero el caso es que El Cid se lo sacó. Con esa difícil facilidad que tienen los maestros y que suele ser inversamente proporcional al interés que genera en el público. Faena aseada en la que estuvo por encima de un toro soso y descastado. Lo mató perfecto al segundo intento después de una primera estocada enhebrada.

El segundo de la tarde, llamado ‘Pianero’, salió con la huella del delito intacta en las astas. Si hubiera alguien al volante en el palco presidencial mandaría esos pitones a analizar. Le tocó en suerte a Víctor Hernández, que hizo todo con mucha delicadeza para cuidar la manifiesta clase del animal, que no mostró, eso sí, excesivos síntomas de fortaleza. Por el caballo pasó porque es obligatorio y nada más. Sirvió el encuentro con el peto para que ese rastro blanco en las puntas de los pitones desapareciera. Sería yeso de darle golpes a las paredes del chiquero. O a lo mejor no. Brilló con los palos Yelco Álvarez en dos pares de soberbia exposición. Brindó la faena a Cristian Pérez, de paisano y con el collarín en el tendido. Estuvo después a la altura del brindis porque cuajó una obra exquisita. Toreando al natural a la perfección. Sin moverse del sitio y rectificando con la muñeca y con el corazón. Un escándalo de faena que, sin embargo, no tuvo eco en los tendidos. Consecuencia del gran remplazo de los taurinos y de echar a los aficionados para convertir los cosos en discotecas. Hubo tres tandas sobrenaturales y momentos de tauromaquia descarnada. La máxima pureza, la entrega total. Con los pies asentados, los riñones encajados, presentándole el bajo vientre y los muslos al toro para que elija. Y eligió irse detrás de la muleta. Buen toro y gran Víctor Hernández. Una faena de tres tandas. No hizo falta más. Se atrancó con la espada justo en el momento en el que un espectador se mareó en los tendidos de sol. Después de unos segundos de espera, acertó a enterrar el acero. Se atascó igualmente con el descabello y se diluyó cualquier opción de éxito. Ahí quedó el toreo. Las orejas, a comérselas a la tasca del Barça que están de lujo.

El tercero, ‘Pitero’, también llevaba la baliza encendida en los cuernos para que se vea bien el accidente. Los veterinarios, no. Esos se lo llevan muerto, pero de accidentes no saben. Más serio, no muy desproporcionado, pero de más alzada y con una envergadura de pitón más llamativa. Lo vio fácil y claro Samuel Navalón, que arrolló ya desde el saludo capotero, sacándose al toro a los medios toreando con calidad. Después, un quite por chicuelinas muy ceñidas para terminar de caldear a los tendidos. Brindis a Cristian Pérez, otro alumni adoptivo de la escuela taurina de Albacete, aunque de otra generación. Empezó de rodillas y exhibió su momento de forma. Navalón ahora mismo le pega pases a un armario empotrado. Lo ve todo transparente y tiene una ambición y unas ganas de ser figura que le ponen las cosas muy fáciles al toro y al público. En una tanda por el pitón derecho, cuando se preparaba para cambiar la muleta de mano y enlazar con el de pecho, se movió antes de que el toro rematara la embestida. Le puso la zancadilla Navalón al de Alcurrucén, pero el que salió perdiendo, lógico, fue el torero. Cayó al suelo y el toro se fue a por él. Le pisó con la rodilla en el vientre y dejó al torero de Ayora sin aire. Se repuso rápido y volvió a lo suyo. Aprovechó la movilidad del animal, algo violenta y descompuesta, para ligar muletazos de todo tipo. Hellín sí entró en esta faena, que remató con unas bernadinas que fueron en realidad saltilleras con la muleta. Se lo pasó muy cerca y la plaza se puso en pie. Igual que hace menos de un mes en Valencia. Navalón invita a soñar y lo único que tiene mal es la voz, todavía tocada por la terrible cornada en el cuello del pasado septiembre. Con la espada, letal. Se tiró con el alma y dejó una estocada entera de rápido efecto. Dos orejas rotundas.

En cuarto lugar, tras el descanso, apareció un toro correcaminos. No dejó de galopar hasta que El Cid consiguió rematarlo. No entraba por los ojos. Acapachado, enseñando las puntas o lo que sea que fuera aquello, y con los cuartos traseros repletos de varetazos. Se fue al caballo con la misma alegría. Si el celo y la codicia son sinónimos, la tercera acepción podría ser este ‘Sonajerito’. Dicen que la reata de los músicos de Alcurrucén es la mejor. Eso se lo inventó Manolo Molés, pero la realidad es que no afinan con demasiada regularidad. Trío de brindis para Cristian Pérez, que recibió también el apoyo y los honores de El Cid. Palabras mayores. La faena, sin más. Voluntad de agradar y facilidad para ligar los muletazos. Algunos muy templados por el pitón derecho, pero sin ningún ajuste. ‘Sonajerito’ fue irregular en sus embestidas y también en su velocidad. Informal. Cuando aminoró el brío del animal fue cuando El Cid se confió más. Por la vía del efectismo. Esos atajos que en Albacete pasan por las dosantinas, esos circulares por la espalda tan de Dámaso. Sí brilló el torero sevillano en los pases de pecho, hasta la hombrera. Muy toreros. El final de faena con trincherillas y pases del desprecio fue un broche elegante para el prólogo de su temporada, en la que volverá a Sevilla y a Madrid, por partida doble. La resurrección de El Cid, no hay que olvidarlo, se debe en gran medida a Albacete. Falló con la espada en repetidas ocasiones, el gran debe de su carrera. Es un torero zurdo, pero mata con la derecha. Es un hándicap enorme. Se quedó a las puertas de escuchar los tres avisos.

Serio y grande el colorado chorreado que hizo quinto. ‘Lisanjero’, en el cartel, aunque a muchos toros historicos les pusieron de nombre ‘Lisonjero’. Quizá una errata. Larga cambiada de rodillas en el tercio de Víctor Hernández para calentar a la gente. Si toreando como Dios manda no le hacen caso, recurrió al atajo. Con todo el valor del mundo. Y para llevar al toro al caballo, saltilleras cambiando el viaje en el último momento y en el centro del ruedo. Torero todoterreno y con versatilidad. Raro será que antes de que acabe el año no hablemos de Víctor Hernández como figura del toreo. En el mismo sitio, por estatuarios, arrancó la obra con la muleta. Sin rectificar la posición. Corregir es trampa cuando juegas a ser el número uno. Salió suelto el toro, que seguramente hubiera ameritado otro inicio, más poderoso y sometido para sujetarlo, pero al público, lo que pide. Después del valor, la cabra tiró al monte. El de Víctor es el Everest. Otra vez el toreo en mayúsculas. Muletazos de enjundia sobre el pitón derecho, dando el pecho y girando con la cintura. Ligando en el sitio y convenciendo al toro de que cerca de él se está mejor. Logró neutralizar esa fuga recurrente y aprovechó eso que se dice siempre del gran valor del toro de Núñez, que es que siempre se va un poquito más allá en la embestida. Y así fue este toro. Quizá más fruto del defecto de la mansedumbre que de la virtud de la entrega, pero el caso es que Víctor Hernández supo aprovecharlo y venderlo arriba. Tremendo. Otra vez, tremendo. Al torero no le termina de gustar que le digamos que nos recuerda a José Tomás, pero es cierto que la expresión corporal, el aplomo y el trazo es puro Galapagar. Y eso es hablar del mejor de todos los tiempos. Con el toro rajado, en su terreno, otro puñado de carteles de toros. Bonus track de circulares, arrimón y desplante a cuerpo limpio. Qué pedazo de torero, Víctor Hernández. Una tarde de cortar tres orejas en Las Ventas. Y las cortará, es cuestión de tiempo. Torea tres tardes en San Isidro, Beneficencia incluida. A Sevilla va con Morante de La Puebla. Si pueden, vayan a verlo. Esperemos, eso sí, que solvente lo de la espada, que le impidió salir a hombros.

‘Pianista’ cerró la corrida, de bella hechura, muy simétrico y con la cara muy torera. No era grande, pero sí muy fuerte. Un toro rematado. En cuanto se encontró con el caballo lo derribó. Cayó Agustín Moreno como la manzana de la Torre de Pisa. Un porrazo muy fuerte del que se levantó visiblemente dolido. Volvió al caballo y dejó un gran puyazo. Quitó Samuel Navalón en los medios por altaneras, esa combinación de chicuelinas y tafalleras que suelen ser muy vistosa. Brindó al público y se quedó en el centro del ruedo para cambiar el viaje por la espalda un par de veces. Se lo pasó muy cerca y la banda de Hellín, que suena de lujo, arrancó por ‘Churumbelerías’, que es el pasodoble más cofrade. Dándole distancia y aprovechando el motor del toro. Pocas cosas hay más bellas que el galope de un bravo. Embistió con toda la potencia motriz de los cuartos traseros y así pasó, un tren con pitones. Requería de mucho mando y de una muleta poderosa. Un animal que le viene fenomenal a Navalón para seguir adquiriendo el oficio. Le costó meterlo en vereda, pero suplió esa carencia de matices técnicos con la entrega y el valor. Un toro complejo y de tremenda importancia. No sé aburrió Navalón ni se contentó con el triunfo ya adquirido. Quiso cortarle también las orejas al difícil y acabar sometiéndolo al natural. Le pasó lo mismo en Fallas y no se puso por el izquierdo. En Hellín sí se quitó esa espinita y lo hizo con gran mérito. Se tiró a matar o morir y la espada, aunque entera, cayó algo trasera y contraria. Necesitó descabellar, pero Hellín premió el esfuerzo y el cariño que Albacete le tiene a Navalón. Oreja de esas que se pueden colgar como diplomas.

FICHA DEL FESTEJO
Sábado 4 de abril de 2026. Hellín (Albacete). Corrida de toros. Toros de Alcurrucén, desiguales de presentación, de buen trapío para la categoría de la plaza y sospechosos de pitones. De buen juego, en general, especialmente el 2º.
El Cid: ovación y silencio tras dos avisos.
Víctor Hernández: ovación tras dos avisos y vuelta al ruedo tras aviso.
Samuel Navalón: dos orejas y oreja.

































