(( Ya no me importa el pasado, ya no busco la salida, ojalá que este puto verano dure 400 días Cora Yako – 400 días)
Las cuatro olimpiadas de vida profesional como director agencia de noticias que soporta ya mi veterana espalda en forma de 16 años cubriendo información política me dan la sabiduría suficiente como para tener claro que, una vez pasada la Semana Santa del año precedente a una cita electoral, lo que empieza para el cronista es un auténtico calvario que va más allá de una semana de pasión.
Quedan, eche la cuenta si no se fía, 400 días, ni uno más, ni uno menos, para que empiece en Castilla-La Mancha una nueva campaña electoral, aunque a todos los efectos desde el próximo Lunes de Pascua ya podrá entenderse que estamos en la recta final, con lo que eso conlleva para candidatos, electores y juntaletras.
Los personajes del diabólico videojuego experimentarán, como jueces o como parte, todas las escenas bíblicas que vemos en estos días desfilar por las calles de la región. Algunos serán resoli, otros serán torrija.
Llegará el 23 de mayo y solo uno podrá montarse en un borrico para ser aclamado entre palmas y ramos de olivo en la llegada al Palacio de Fuensalida, su Jerusalén particular. Las imágenes de aquellos que tengan que figurar en los carteles que cuelguen de las farolas necesitarán, sí o sí, la fuerza de todos sus costaleros para llegar a buen puerto, como los que empujan en Lunes Santo a la Virgen de la Misericordia en Guadalajara. No será suficiente, ya que más allá de los hombros que soporten tan pesado banzo, habrán de buscar fieles como los encuentra Nuestro Padre Jesús de Medinaceli en los Martes Santo de Ocaña.
Seguro tendrán pasión y solo uno tendrá gloria, pero todos ellos se enfrentarán al estruendo de tambores de túnica negra como si de la Tamborada de Hellín se tratara; y acudirán a su Virgen de los Dolores como lo cada Jueves Santo pasa en Villanueva de los Infantes.
Y serán, no quepa duda, burlados como se burla al Nazareno a golpe de turba en las calles de Cuenca en la madrugada del Viernes Santo, con clarines a cada curva y la Virgen de la Soledad llorando su rastro.
Entre espinas y traiciones tendrán sus señorías que empezar a alfombrar el camino de todo lo que está por venir. En cada una de las hermandades que velan ya sus armas, las pocas o muchas que tengan, están los estrategas viendo cómo se afronta el último tramo. Los que aspiran, afilando cualquier martillo; los que gobiernan, soportando como soporta el yunque del Camino del Calvario conquense.
Los de Paco Núñez saben que se gana más mordiendo que lamiendo, mientras en Vox tendrán que encontrar al candidato que mejor sepa hacerse el muerto para dar la menos sombra posible a la doctrina abascalista. El revolutum de la izquierda tendrá que tomar nota en Andalucía e intentar verlas venir, con poca o ninguna esperanza. A los que gobiernan, en cambio, solo les queda abrazarse a Emiliano, quien, cual Coloso de Rodas, viene contemplando durante la última década cómo todos los aspirantes le van pasando por debajo de las piernas con poco mucho ruido y nueces pocas.
Y aunque los caminos a seguir están así telegrafiados, la distorsión del pedrosanchismo todo lo eclipsa. El tablero saltará por los aires si a la vuelta del recuento de votos en Andalucía, a su excelencia se le ocurriera convocar elecciones. Guarden esto y déjenme un café pagado si llegara a pasar.
Humberto del Horno

