Hay tradiciones que suenan. Y en los pueblos de Albacete continúa presente un sonido que marca el pulso de la vida cotidiana de sus vecinos. Coronando las iglesias, las campanas encierran un lenguaje propio, cargado de historia y significado. Un lenguaje que sigo vivo gracias a aquellos que han decidido continuar tradiciones arraigadas.
Es el caso de Ana Barba, conocida como ‘La Campanera’ en Yeste (Albacete) quien desde hace más de una década tomó el testigo de su padre y se ha convertido en la guardiana de este oficio casi olvidado, acompañada en ocasiones de su hermana Nuria.

Un sonido familiar en Yeste, no solo por la cotidianeidad del mismo, sino también precisamente por ese carácter familiar, ya que desde hace décadas, la familia de Ana ha sido la encargada de hacer sonar las campanas. Un legado cuyo comienzo es difícil de fechar, pero que en cualquier caso viene de Juan Agustín Rodríguez, el bisabuelo materno de Ana.
El legado de un pueblo de Albacete y las manos de una familia
Y es que, buena parte de la familia de Ana se ha dedicado a este oficio, que en 2026 estaría casi olvidado si no es por el esfuerzo de esta mujer, que sube hasta la torre de la iglesia para hacer sonar estas campanas, que también tienen nombre propio.
“Que sepamos, el último campanero de Yeste fue mi bisabuelo materno”, explica Ana, que señala que “la tradición viene por parte de mi madre. Primero fue Juan Agustín Rodríguez, mi bisabuelo, luego pasó a Segunda Rodríguez, la tía de mi madre, porque su padre no pudo coger el testigo”, explica, y añade que después la tradición tocó a Matilde Cózar, “mi abuela por parte paterna, y a la vez suegra de mi madre; y por último a Federico Barba, mi padre”. Así, de generación en generación, pasó esta tradición “hasta que mi padre no pudo subir porque es bastante costoso”, como explica Ana, por lo que ella misma se animó a coger el testigo de su familia.

Un testigo familiar, en un sector “que siempre ha sido de hombres, en el que no había mujeres”, como indica Ana, aunque las mujeres de su familia rompieron barreras. “En el pueblo decían que mi abuela Matilde tocaba muy bien, que sonaban muy bien con ella”, explica y manifiesta que “ella tocaba más a menudo, como un oficio, aunque no era remunerado. Era lo que le daba la gente, si tocaba para una boda o para tradiciones”.
Con este relevo generacional, Ana explica que cogió esta tradición familiar de manos de su padre. “Él ya no podía, y no quiero que se pierda”, explica, y manifiesta que “mi padre me enseño los toques de campana”. Y de aquel relevo, han pasado 11 años en los que Ana se ha convertido en ‘La Campanera’, como la conocen en Yeste. Eso sí, destaca que “antes subían hasta 10 veces al día, ahora lo hacemos para ocasiones más puntuales como eventos, misa, bautizos, entierros o comuniones”.

Campanas con nombre propio y toques para cada ocasión en este pueblo de Albacete
Así, confiesa que no todos los toques son iguales y cada uno de ellos tiene sus particularidades. “La gente mayor los sabe distinguir. Saben cuando son bautizos, difuntos o misa”, explica, y destaca que “en cada pueblo es distinto”. Sobre los diferentes toques explica que antiguamente había “toques de difunto rico y de difunto pobre”, y explica que “el difunto pobre eran dos campanas, un toque triste, y si era toque rico, que solía dejar una donación más, se tocaban las cuatro campanas a la vez”. En esta línea, señala que “el toque de misa son las cuatro campanas, y el de boda, tres”. Y de todos estos toques, destaca el de ‘Arrebato’, un toque que se utilizaba “cuando había algún suceso importante en el pueblo como un incendio. Es un toque muy cañero”. En esta línea destaca que las campanas “fueron el primer medio de comunicación”.
Y es que la lista de curiosidades, entre sonidos y campanas, es considerable en este pueblo de Albacete, donde cada una de ellas tiene su nombre propio. “La más grande, que pesa unos 1.200 kilos, se llama María, da a la parte de la Plaza del Ayuntamiento y a nuestro Santo, San Bartolomé”, tal y como señala Ana, que manifiesta que “Juana da al barrio de La Villa, conocido como ‘El Infierno; e Isabel da al valle”. Así, asegura que “están colocadas estratégicamente para que todo el mundo las pueda escuchar”. Eso sí, para mover todos estos kilos, Ana subraya que “es más maña que fuerza”, como dice el refrán.

Del mismo modo, Ana sostiene que cada vez le cuesta más subir para tocar las campanas debido a la situación en la que se encuentra. “Necesitamos un mantenimiento para que no se pierda esta tradición, y que las campanas estén en condiciones para que suenen bien. Si no llevan un mantenimiento suenan mal”, aclara, por lo que reivindica unas condiciones de mantenimiento para seguir tirando de su tradición, que además considera “patrimonio inmaterial”
Ana y su familia se han convertido en los guardianes de una tradición de hace años con una entrega curiosamente silenciosa que mantiene viva una tradición que forma parte del alma de un pueblo. Porque al final los pueblos son eso, su gente y sus tradiciones. La historia de esta familia es la de quienes han hecho el sonido de las campanas su legado, que ha custodiado de generación en generación con mimo. Un relevo que solo entiende de cariño, compromiso y raíces que convierte a esta familia en unos auténticos guardianes de un patrimonio que, mientras siga sonando, seguirá marcando el latido del corazón de este pueblo de Albacete.

