El palco presidencial, último chivo expiatorio del régimen de los taurinos

Cuernos y escarnios, por Julio Martínez

La recién acabada feria taurina de Fallas en Valencia, que ha tenido a Samuel Navalón como gran triunfador, ha reabierto una polémica que no es nueva en el mundo del toro, pero que ha terminado de destapar y evidenciar la profundísima brecha que hay entre los aficionados, el público ocasional y el partido que la prensa taurina ha tomado por los segundos en detrimento de los primeros. 

Por todos es sabido cómo a lo largo de la historia la industria taurina ha invertido sumas importantes de dinero en comprar periodistas para que no hablen mal de tal o cual torero, de tal o cual ganadería o de tal o cual empresa. En realidad, esto sucede en todos los gremios, no es algo autóctono de la tauromaquia, pero sí que se hace más evidente que en ningún otro la presencia de estos parásitos que contaminan una disciplina a la que presuntamente admiran y de la que, de rodillas, siguen viviendo

El último objeto de su teledirigida vehemencia ha sido Pilar Bojó, inspectora jefa de la Unidad de Policía Nacional Adscrita a la Comunidad Valenciana y presidenta de la plaza de toros de Valencia que, con la calculadora visual en la mano, con el criterio presidencial y con el rigor que ha de mantenerse en un coso de primera categoría, decidió no conceder trofeos al matador Tomás Rufo en dos de sus actuaciones en la feria. “Antes que nada soy aficionada a los toros”, dice Bojó, que ha atendido a El Digital de Albacete para reiterar que su decisión estuvo basada en una polémica artificial: “Había gritos y gente que pitaba, pero no había mayoría de pañuelos”. 

Soy de los que piensa que el reglamento ha de ser interpretable en multitud de ocasiones. Un reglamento que está anticuado en muchos aspectos y que recoge, por ejemplo, la obligatoriedad de que un toro tenga cuatro palos de banderilla en el lomo para poder pasar al tercio final. Y si no es así, aunque el ruedo esté impracticable o aquello sea imposible, hay presidentes que se ponen tercos. Qué estupidez. De igual modo, hay faenas que no conquistan al gran público, pero que merecen el aplauso, el reconocimiento y la petición de premio por parte del aficionado, que suele ser minoría en las plazas. Y en ese caso, está justificadísimo conceder la primera oreja, pese a que el reglamento establezca que ha de ser pedida por una mayoría de asistentes.

Qué decir de los ridículos indultos o de las discriminadas vueltas al ruedo a los toros merecedores de ella. Por regla general, los palcos presidenciales no acatan el reglamento y siempre operan a favor de obra del espectáculo. La suerte de varas es otro de los ejemplos perfectos. De las estocadas defectuosas mejor ni hablamos. Por ello, cada vez que aparece un presidente, en este caso presidenta, la señora Bojó, que sí abraza el reglamento y que pone criterio, rigor y aguanta el tipo frente a un público que lo desconoce por completo –no está obligado a conocerlo-, salen de la cueva todos esos notarios del taurineo para insultarla, vejarla y humillarla

Bojó explica que “tiene clara” su decisión y que la han hecho protagonista de algo que no tiene ningún interés. “Cuando la plaza está blanca, hay mayoría”, sentencia. Y es evidente que en las dos faenas de Tomás Rufo no había mayoría de pañuelos. Evidente, claro, para el que ve con los ojos abiertos y no cegado por los intereses. Porque para un porcentaje mayoritario de la prensa taurina, los toreros no son toreros sino clientes. Y cuanto mejor le vaya a mi cliente, mejor me irá a mí. 

Valora la presidenta valencia la “libertad de expresión” y respeta todas las opiniones, aunque alguna sea mejor no leerla. Y pese a todo, concluye Bojó, “merece la pena subir al palco de Valencia, es un privilegio”. “Valencia es plaza de primera y el criterio del palco, de los cuatro presidentes, es un criterio de primera”, sentencia. 

Hay que tener clara una circunstancia no menor y casi siempre obviada por los más palanganeros. Al torero hay que valorarlo y enjuiciarlo en función del toro al que se mide. Hay faenas que se premian de manera desmedida y nadie se acuerda de un toro que, en muchas ocasiones, ha dado gran juego y ha posibilitado dicho éxito. Se conceden premios asimétricos que, casi siempre, caen del lado del torero. 

Por eso, cuando vemos y conocemos quién habita el palco presidencial por tomar decisiones de este calado, no queda sino celebrar. Celebrar y agradecer que haya personas que hagan prevalecer el rito, el criterio y la integridad del espectáculo. Ojalá pudieran llegar más lejos y entrar en otras materias como el afeitado, el peso de los caballos de picar, los útiles de la lidia y las malas artes de la industria, pero la señora Bojó simplemente ha aplicado la lógica, las matemáticas y el sentido común. Como le he trasladado a ella, viendo quién te insulta, puedes darte por satisfecha. 

Los palcos de las plazas de toros tienen una misión, que es evitar que las corridas se conviertan en un circo y en una subasta de despojos, entre otras. Una tarea didáctica. Y en las plazas de primera solo merece premio aquello que es extraordinario. Cuando un torero no alcanza la plenitud con un toro que, a ojos de todos los presentes, posibilita el lucimiento, nunca puede haber premio gordo. Más si cabe cuando la estocada es defectuosa. Esto ha de ser así y, por mucho que se enfade, el público tiene que entenderlo. Si un gol es en fuera de juego, se anula. Y ya puede protestar la gente. 

Que se enfade Tomás Rufo es entendible y es respetable. Está en juego su carrera y su futuro y tiene todo el derecho a pensar que ha sido injustamente tratado. Cuando hay un movimiento sincronizado de taurinos y periodistas para intentar cancelar a una presidenta por no premiar a su cliente, eso no cabe en un espectáculo serio. La prensa, hasta no hace mucho, también tenía esa capacidad y ese privilegio de ser didáctica y de tratar de hacer distinguir al recién aterrizado lo bueno de lo extraordinario. Ahora, todo es maravilloso, el torero siempre está cumbre y la culpa es del toro, del presidente o del tendido 7, que va a la plaza a reventar a los toreros. 

En el caso de Albacete hemos tenido momentos de todo tipo, con presidencias que le han bailado el agua a la figura de turno, que se han dejado llevar por el triunfalismo o que han actuado en base a intereses creados para perjudicar a unos u a otros. Pero también se han tomado decisiones acertadas y se ha hecho velar por la categoría de la plaza. Eso sí, estas han sido puntuales. Por eso, hace falta un criterio único. Hace falta revisar reglamentos y, por descontado, hacen falta aficionados en los palcos de las plazas de toros. Además, si la tauromaquia está en el Ministerio de Cultura, ¿por qué seguimos teniendo árbitros del Ministerio de Interior?

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Julio Martínez Romero

Julio Martínez Romero (1995). Periodista, director de El Toril de Onda Madrid y editorialista en Buenos Días Madrid. Antes, en esta casa, redactor en El Enfoque, junto a Félix Madero. Se inició en Cadena COPE, primero en información local (Albacete), y posteriormente en la redacción nacional, como editor de informativos, colaborador en toros y redactor en programas magazine. Pasó también por la sección de Economía de Servimedia.
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